viernes, 21 de diciembre de 2012

Por el llanto de una niña

 
Marieta lloraba desesperada en la soledad de su habitación. Intentaba ahogar sus sollozos con la almohada, no quería preocupar a sus padres, bastante tenían estos ya.
 
 
Sus papas, Alberto y María, no le habían contado nada sobre la gravedad de su hermanito, el pequeño Alberto, pero Marieta, a sus ocho años, no era una niña tonta. Una noche descubrió su madre llorando al lado de la cama de Albertito, otro vio caer una lágrima de los ojos de su padre, mientras lo abrazaba en el parque infantil… estaba claro que no habían querido decirle nada, pero que estaban asustados.
 
Un día que Alberto tardaba al regresar del trabajo, aprovechando un descuido de su madre, entró en el despacho de papá y empezó a buscar. Cuando descubrió la carpeta que decía “HOSPITAL ALBERTO” y empezó a leer su pequeña alma se cuarteó. No entendía la mitad de las palabras que leía pero las pocas que conocía no le gustaban nada. Ahora comprendía porqué Albertito ya no jugaba como antes, porqué se cansaba pronto y le dolía el cuerpo. Y sobre todo, el porqué en su casa ahora se reía mucho menos.
 
 
Por la cabeza de Marieta, en la cama, pasaban de forma apresurada estos últimos meses. Todo encajaba. Sus padres apuraban ahora todos los momentos para estar con ellos. Incluso habían hecho algo impensable para la rigidez de su padre en los temas referentes a la educación y los colegios: se los llevaron de viaje un par de días en los que tuvieron que faltar a las clases.
 
 
¿Pero ella qué podía hacer?. Era solo una niña. Daba vueltas embozada en la cama, descubriendo en el claroscuro de su habitación matices que de día le pasaban desapercibidos. La tenue luz roja que las letras del despertador proyectaban en la pared le daban un tono fantasmagórico a sus peluches. Giró la cabeza y se fijó en el despertador. 3:00 23/12.
 
 
Y entonces tuvo la idea.
 
Se aseguró de que la puerta estuviera cerrada, para que la luz no alarmara a sus padres, encendió la luz y empezó a escribir.
 
“Queridos Reyes Magos.
 
Se que os escribo un poco tarde, pero creo que entenderéis el motivo y me perdonareis.
 
Os envié hace un par de semanas otra carta. Rompedla, no quiero nada de lo que ahí os pedí. No quiero nada para mi, solo quiero que le traigáis una cosa a mi hermanito: salud.
 
No quiero que mi hermanito se muera ni que le pase nada malo. Creo que mis papas no se lo merecen. Si hace falta quitarme a mi un poco de salud para dársela a él, por favor, hacedlo.
 
Perdonad los borrones de la carta, y las manchas. No he podido evitar llorar mientras os escribía.
 
Os quiere:
 
Maria Ferrer Santos”

 
Faltaban unas horas para que naciera el Niño Dios cuando Marieta tiró la carta al buzón. La abuela, que esa mañana de vacaciones de Navidad estaba con ellos, no entendía las prisas de su nieta, pero, consentidora como pocas, la acompañaba.
 
 
Marieta contaba los días. No pudo dormir prácticamente nada durante esas vacaciones. Y cuando sus papas, el día seis de enero, volvieron del hospital con Alberto en brazos y luciendo una sonrisa de oreja a oreja, aunque siempre había sido una niña muy reservada, no pudo evitar contestar a su madre cuando ésta le dijo “Ha sido un milagro”. Marieta simplemente le replicó: “Si, un milagro de Reyes”
 
 
Mientras tanto, en el bar de la esquina, Juan tras la barra miraba con desconfianza a esos tres tipos que no hacían más que brindar por el Niño Dios. Como siguieran montando el espectáculo, tendría que echar a la calle con cajas destempladas a esos dos barbudos harapientos y al negro. No le gustaba la gente rara en su establecimiento.
 
Juan V. Oltra

lunes, 10 de diciembre de 2012

Historia de un médico Cartaginés

En el vientre de una mujer embarazada se encuentran dos bebés. Uno pregunta al otro:
- ¿Tú crees en la vida después del parto?
 
- Claro que sí. Algo debe existir después del parto. Tal vez estemos aquí porque necesitamos prepararnos para lo que seremos más tarde.
 
- ¡Tonterías! No hay vida después del parto. ¿Cómo sería esa vida?
 
- No lo sé pero seguramente... habrá más luz que aquí. Tal vez caminemos con nuestros propios pies y nos alimentemos por la boca.
 
- ¡Eso es absurdo! Caminar es imposible. ¿Y comer por la boca? ¡Eso es ridículo! El cordón umbilical es por donde nos alimentamos. Yo te digo una cosa: la vida después del parto está excluida. El cordón umbilical es demasiado corto.
 
- Pues yo creo que debe haber algo. Y tal vez sea sólo un poco distinto a lo que estamos acostumbrados a tener aquí.
 
- Pero nadie ha vuelto nunca del más allá, después del parto. El parto es el final de la vida. Y a fin de cuentas, la vida no es más que una angustiosa existencia en la oscuridad que no lleva a nada.
 
- Bueno, yo no sé exactamente cómo será después del parto, pero seguro que veremos a mamá y ella nos cuidará.
 
- ¿Mamá? ¿Tú crees en mamá? ¿Y dónde crees tú que está ella?
 
- ¿Dónde? ¡En todo nuestro alrededor! En ella y a través de ella es como vivimos. Sin ella todo este mundo no existiría.
 
- ¡Pues yo no me lo creo! Nunca he visto a mamá, por lo tanto, es lógico que no exista.
- Bueno, pero a veces, cuando estamos en silencio, tú puedes oírla cantando o sentir cómo acaricia nuestro mundo. ¿Sabes?... Yo pienso que hay una vida real que nos espera y que ahora solamente estamos preparándonos para ella...