
ARTURO PÉREZ-REVERTE XLSemanal 26 de Julio de 2009

ARTURO PÉREZ-REVERTE XLSemanal 26 de Julio de 2009

Uno de los más curiosos fenómenos de la política es aquel –tantas veces señalado– que obliga a los profesionales a tener dos caras: la que lucen en público y la que ocultan en la intimidad. Es frecuentísimo ver a quienes se increpan en el hemiciclo saludarse afablemente en el salón de conferencias y reprimir –por cierto resto de pudor, no por falta de gusto ni de apetito– los deseos de merendar juntos en el bar.
Esta disciplina de los movimientos espontáneos es, desde cierto punto de vista, plausible. La exhibición en público de toda espontaneidad resultaría indecente. Así, la educación es, un triunfo sobre el humor nativo. Pero estas correcciones de lo elemental son dignas de alabanza cuando obedecen a un principio superior –religioso, moral, estético– acatado en la convivencia. La sujeción impuesta a la sinceridad salvaje por una razón de moral no es comparable con la insinceridad que no tiene justificación o que la busca en razones menos respetables: insinceridad misma.
Tal es exactamente el caso de los políticos: deponen sus luchas, ocultan las verdades, deforman la expresión de su espíritu, no por servir con sacrificio un alto deber, sino por mantener vivo el juego en que la política medra, sin el cual la mayor parte de sus actores tendrían que replegarse al oscuro medio familiar de donde no debieron salir nunca. Porque ésta es la cuestión: quizá el disimulo pudiera tener disculpas si se encaminara a no comprometer algún grave interés de Estado; pero no es eso lo que ocurre: los políticos, al observar sus pactos de silencio, no se han propuesto una gran tarea colectiva, sino sólo pueden asegurar la perduración del juego mismo.
De ahí que quienes están fuera del juego se miren con estupor entre sí, y a menudo con cólera, cuando observan cómo se volatilizan las grandes palabras por las cuales ellos, los de fuera, acaso se sintieron enardecidos hasta comprometer su paz, mientras que los dicentes que las lanzan a voz en, cuello por todos los ámbitos ya han pasado tranquilamente a hablar de otra cosa. Es decir, han recogido la baraja y se disponen a dar de nuevo.
Cuando se barrunta vecindad de elecciones, las componendas llegan a lo, inverosímil. Al gusto habitual por el fingimiento se une, en tales trances, una fuerte dosis de terror. Todos empiezan a temer quedarse sin los puestos y para conservarlos se sienten capaces de vender su alma al demonio. Los que se insultaron hasta la víspera empiezan a decirse cosas tiernas. Otros alaban sin regateo a personas a quienes hubo que desmontar de lugares de mando por graves sospechas de inmoralidad. Aquellos a quienes se acusó de ladrones empiezan a ser llamados personas honorables, cuya lealtad y cuyo patriotismo no se pueden poner en duda. Se cambia hasta el tono de voz como en carnaval. La política se convierte en un baile de máscaras.
Y así se va estrangulando el alma popular, elemental y fuerte, inclinada a decidir por razones claras. Las gentes sufridas del pueblo, las que labran y callan, las que huellan con sus pies los agrios caminos de la tierra, tienen que ceder una vez y otra en su manera llana de entender para plegarse a explicaciones sutiles. De esta manera no suben a la política las calidades de la entraña popular, sino que se van introduciendo en el pueblo los malos usos de la política como un contrabando de estupefacientes. En cada villorrio se monta como un remedo del gran baile de máscaras nacional.
Y si alguien, de pronto, pusiera fin al baile y empezara a llamar las cosas por sus nombres, ¿qué pasaría? ¿Que se hundiría quien mereciera permanecer? ¿Y si no pasaba nada? ¿Y si sencillamente entraba un aire nuevo, incontaminado, a deparamos una atmósfera respirable? Quizá estemos envenenados de sabiduría y necesitemos una recia cura de espontaneidad. Tirar las caretas y salir a los campos con las verdaderas caras y con las palabras verdaderas.
Nosotros lo hacemos y lo haremos más cada día. No nos concederemos descanso en ir de tierra en tierra, con el oído despierto para las viejas venas sepultadas y vivas. Los bailes de máscaras no son para nosotros. Quizá falte muy poco para que, cuando los demás apresten sus disfraces, nosotros, junto a las hogueras campesinas, celebremos la austera alegría de una libertad recobrada.
José Antonio Primo de Rivera
(Arriba, núm. 21, 28 de noviembre de 1935)


He recibido la noticia del despojo que se hace por el Ayuntamiento de Madrid a Francisco Franco, con un sentimiento de tristeza infinita, de honda amargura y también de extraño estupor. Nunca creí que se vulneraran las leyes de la caballerosidad para lanzar un ataque a quien, ya muerto, respira aún junto al corazón de muchos españoles. Tengo que manifestar, por lo tanto, mi disgusto junto a mi sorpresa, y la tristeza y la amargura que me embargan, superan en este caso concreto a mi indignación, por motivos fácilmente comprensibles. No voy a ejercer ninguna clase de condena, ni tampoco me voy a distinguir en un ataque alevoso a los que, a solicitud del grupo comunista, han perpetrado el hecho de privar a quien fue Caudillo de España de unos títulos que le fueron otorgados con plena justicia. Pero quiero recordar que esta medida constituye, además, un contrasentido, porque precisamente quien ha sido atacado con esta disposición, recibió del actual Rey de España las siguientes palabras de elogio en el acto de su coronación: «Una figura excepcional entra en la historia. El nombre de Francisco Franco será ya un jalón del acontecer español y un hito al que será imposible dejar de referirse para entender la clave de nuestra vida política contemporánea. Con respeto y gratitud quiero recordar la figura de quien durante tantos años asumió la pesada responsabilidad de conducir la gobernación del Estado. Su recuerdo constituirá para mí, una exigencia de comportamiento y de lealtad para con las funciones que asumo al servicio de la patria. Es de pueblos grandes y nobles el saber recordar a quienes dedicaron su vida al servicio de un ideal. España nunca podrá olvidar a quien como soldado y estadista ha consagrado toda la existencia a su servicio».
¿Cómo es posible, que a tenor de estas justas apreciaciones del Rey de España, se pueda herir con tanta furia a quien nos gobernó durante un periodo de paz constructivo y eficiente y a quien se debe, queramos o no, la restauración de la monarquía actual, precisamente en la persona de Juan Carlos I ?
Después de considerar estas regias palabras, creo que constituyen un grave motivo de reflexión para aquellos que estimamos que la Transición fue un periodo político abierto a la reconciliación de todos los españoles. Hoy, después de tantos años, resulta que se resucitan los odios, que se alientan las divisiones y que con una especie de artilugio dialéctico se cubre con la palabra «democracia», todo lo que es un verdadero disparate histórico y que constituye la posibilidad de abrir nuevas heridas en el ya torturado corazón de muchos españoles.
Yo declaro aquí, en este artículo, mi lealtad a Francisco Franco. Lo hago consciente de los ataques que aún he de recibir, de las injurias que van a cubrir mi nombre, de las patrañas que van a envolver la verdad que defiendo, pero entiendo, que esa lealtad jurada, me obliga hasta el último día de mi existencia. Me avergüenzo de que se hayan producido situaciones como las que describo, me duelen en el fondo de mi alma. Tengo pruebas fehacientes de haber ejercido antes de que lo proclamara nadie, una verdadera política de reconciliación. Entre otras cosas, porque en los dos bandos en conflicto tuve familiares muy próximos a los cuales consideré siempre equiparables en su buena fe y en su dignidad. Hoy me estremece que sean los herederos de los fusilamientos de Paracuellos y de tantos crímenes como España entera conoce, los que obliguen a un colectivo municipal a bajar la cabeza, o a hacer referencias a determinadas figuras envueltas en las brumas ciertamente acentuadas de la lejanía histórica.
Insisto en que pretendo única y exclusivamente emitir mi opinión sin ánimo de ofensa a nadie, sin pretender ninguna descalificación política. Allá cada uno a la escucha de los latidos de la propia conciencia. Cuando pase el tiempo, estoy seguro de que muchos de los que han votado una moción semejante, sentirán el escalofrío que produce el recuerdo de haber obrado injustamente, la vergüenza y el bochorno que suscita un ataque sin piedad a quien ya yace sepultado, aunque no en el olvido de muchos españoles que hoy reciben una afrenta injustificada.
Julio 1, 2009

Hace un par de días, por insistencia de alguien muy querido, fui a ver una representación de Edipo en el teatro del Matadero, en Madrid. La sensación que se me quedó es que la cultura, desterrada de los circuitos convencionales y ciega, al llegar a Madrid, recibe el deseo de ser expulsada de la misma por sus habitantes.
Es sabido que lo que hoy se impone es la cultura con “k”, que de Quevedo a Jardiel todo está proscrito y cuando no, manipulado por la giliprogresía que nos domina y castiga. Que todo lo que no sea marxismo rampante es la idiocia, y no hay luz fuera de lo políticamente correcto.
Aun sin comulgar, como es público y notorio, con esa corriente imperante, debo reconocer que ya me estaba acostumbrando a no recibir más que distorsiones, imágenes embotelladas de lo que pudo un día ser bello y ahora es deforme. Pero este Edipo representado en el teatro del Matadero (buen nombre, donde se ejecuta a la cultura sistemáticamente) ha resultado ser excesivo para mis quizá obsoletas entendederas.
Que a Edipo lo represente un actor más propio para pasar por un viejo sidoso que por un rey, puede pasar. Que sin sentido alguno aparezca alguien disfrazado de Humprey Bogart, quizá como castigo al actor por algún remoto escarceo de éste con la esposa del figurinista, tiene un pase. Que se simule el sobrevuelo de un helicóptero sobre el público por razones que quizá Freud pueda descifrar, lo omitiré piadosamente. Que proyecten de fondo imágenes que podrían quedar dignas en un video reportaje de primera comunión, pero jamás en un teatro y menos movido con fondos públicos, ya hace tragar quina. Pero que me coloquen un teléfono heraldo de telefónica y un secador de peluquería de señoras de los años sesenta en medio de la trama de Antígona, más que broma, resulta una tomadura de pelo absoluta, y eso que ya va quedándome poco.
El actor principal, con una dicción que recordaba increiblemente a Zapatero cuando en pleno discurso pierde el hilo de lo que dice, con menos pasión de la que servidor ponía en tercero de EGB en los agustinos cuando recitaba a Espronceda, remata la forma. La remata en el más puro sentido: la mata dos veces. En cuanto al fondo… bueno, hacer un remix de Edipo rey, Edipo en Colono y Antígona en una sola tirada, así, sin anestesia ni nada, sería solo comparable a resumir el Pentateuco en una caja de cerillas. Posible pero temerario. Particularmente pienso que si Sófocles reviviera los corría a todos, actores, director, personal de servicios , tramoyistas y hasta público, a puñetazos hasta el Peloponeso.
Me crujen las cuadernas al hablar así de un acto cultural. Del acto cultural por antonomasia, una representación teatral; y conste que intenté despojarme de antemano de prejuicios, que a flor de piel estaban cuando el en tríptico apareció el nombre de Mario Gas, ocupa de nuestra cultura con minúsculas que huele a su propio apellido, al menos desde que se alió con ese macarra revestido de friki que quería que volaran a España (que en gloria pudra, por cierto).
Debo reconocerles que lo que si me ha despertado es añoranza. Añoranza de aquellas tardes en el Español, cuando allí moraba uno de los mejores hombres de teatro que podrían pisar esta piel de toro, Gustavo Pérez Puig. Añoranza de lo que es el respeto a nuestro bagaje, nuestro acervo. Añoranza del saber hacer bien las cosas. Añoranza de la cultura al alcance de todos, y no del aprovechamiento de la subvención con fines depilatorios en el cráneo de los ciudadanos.
Decía Demócrates que todo está perdido cuando los malos sirven de ejemplo y los buenos, de mofa. Yo añado que cuando se aplaude a la hez y se denosta el lustre, no solo todo está perdido sino que está podrido.
Juan V. Oltra
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IX La escuela de la Falange
Ha de ser nuestra escuela muy alegre, cómoda y sumamente higiénica, en lo material, sin suntuosidades de palacio ni lujos innecesarios.
El alarife construirá un sencillo pabellón, en planta baja, y cercará unos metros de terreno contiguos a él, muchos metros, cuantos más mejor. Nosotros alhajaremos el salón y cuidaremos el jardín, pues nuestros alumnos no gastarán su dinero en lo que ellos puedan hacerse, y lo pueden casi todo, desde el libro que leen hasta el mapa que estudian, porque para eso tienen un maestro de la Falange, inteligente y con vocación de sobra.
Colocado tu allí, compañero, no te dedicarás a desterrar el analfabetismo, según frase hecha que corrió tanto en otros tiempos, porque estamos convencidos de que los males que aquejaron a España no tuvieron su origen en que un tal número de compatriotas no supiesen mascullar una sílaba, como tampoco dependió de ello nuestro esplendor de otros tiempos.
La escuela de Falange se dedicará a infundir religión, patriotismo, ciudadanía, nobles y elevados sentiemientos, formará al niño según nuestra psicología y nuestra historia tradicional, educará… mientras va enseñando a leer lo que deba leerse, y a escribir lo que sea digno de expresarse por mediode los signos gráficos.
Nuestra escuela tendrá unidad, será nacional y católica, y sabrá exaltar el espíritu de Justicia, y los valores caballerescos de los viejos hidalgos españoles.
La Escuela de la Falange sostendrá íntimas relaciones y mutuas inteligencias con las otras escuelas que vayan a ese mismo fin – y tendrán que ir todas-, a las que considerará coadyudantes a la gran obra naci0onal, sin importarle el número, pues más bien quiere la Falange que la iniciativa probada se muestre con toda esplendidez, y atienda a la educación nacional son sana intención y pureza de doctrina.
La Falange quiere que sean pocas y muy buenas, por dentro y por fuera, las escuelas nacionales que pague el Estado, y quiere que tú, compañero, estés a salvo de toda penuria, para que puedas dedicarte en ellas, con completa tranquilidad de espíritu, a luchar tenazmente contra la ineducación que seca el corazón atrofia la voluntad y embota la inteligencia.
En esa escuela compañero, has de trabajar tu acordándote de Calasanz y de Majón, que son nuestros pedagogos, con exclusión absoluta de esos otros cuyos nombres no quiero ni escribir, por si se me olvidan algunas de sus zetas o haches que llevan en medio.
Nuestra Pedagogía
Gonzalo Gálvez Carmona, 1938

Después de lo irreparable, el crimen, viene siempre lo insoportable, las declaraciones de los políticos, quienes, con la testarudez de los borrachos y la grave profundidad que la embriaguez confiere a las palabras pobres y frías, insisten siempre en que ETA no va a conseguir nada. ¡Qué trágala tan estúpido y, por lo tanto, tan políticamente correcta!
ETA ha conseguido generalizar un espíritu separatista que emponzoña Vasconia toda de los pozos a los hornos. ETA ha conseguido seducir a gran parte de la juventud vasca, la cobarde complicidad de la mayoría, la silenciosa quietud de los que nada hacen porque sólo esperan a ver qué pasa y a ver quién gana; el exilio interior y exterior de otros muchos, y la heróica lucha de unos pocos, como Eduardo Puelles García, que firman con su sangre la anónima indiferencia de esa inmensa mayoría que escucha los disparos como quien oye el despertador.
ETA ha conseguido que la idea de España y el nombre de España sean una despreciable baratija en la conciencia colectiva de los vascos, y un concepto por el que no merece la pena luchar ni en el orden de prioridades ni en la escala de valores del resto de los españoles, pues cada vez que un español no vasco dice que se les dé la independencia ETA suma una voluntad más a su objetivo final, precisa y paradójicamente por la ausencia de voluntad de quien así se expresa.
¿Hay alguien que, sin ser un memo patológico, pueda creerse el mensaje oficial que nos dice que ETA está en las últimas, que está en trance de ser derrotada y que los asesinatos que comete son la prueba de su debilidad?
¿Hay alguien que pueda metabolizar y entender que el Ejército Español esté combatiendo a miles de kilómetros de su Patria contra el terrorismo del Corán y del turbante, mientras el terrorismo de chapela asesina españoles a domicilio, a placer y en régimen de barra libre?
¿Hay alguien que pueda entender que sus señorías estén más preocupadas por los procesos de reinserción de los etarras que por el castigo implacable al que deberían ser sometidos?
¿Hay alguien que alcance a comprender que la meta, más o menos evidente, de todas las políticas contraterroristas que se han diseñado en España no haya sido la eliminación física de la organización terrorista ETA, sino el diálogo y la negociación con ella?
Por todo eso yo acuso del asesinato de Eduardo Puelles García a todos los que aceptaron por cobardía intelectual la constitucional mentira de que España es una Nación de naciones.
Yo acuso a todos lo que por rencor político otorgaron a ETA el letal salvoconducto de luchadores por la libertad.
Yo acuso a todos los que enfatizan el hecho diferencial como fuente generadora de agraviantes derechos históricos para despreciar el hecho comunal español, aceptando perezosa y mansamente que el ser catalán, vasco o gallego es incompatible con el ser y sentirse español.
Yo acuso a todos los que llevan treinta años estigmatizando el patriotismo español y motejando de democrático el separatismo del PNV, de CiU, del BNG y de ERC.
Yo acuso a todos los que reafirman la perversión democrática de que a través de las urnas se puede desgarrar el manto de la Unidad Nacional Española.
Yo acuso a todos los que pusieron en manos de políticos esencialmente desleales a España las competencias de Educación y Cultura sabiendo perfectamente cómo y para qué las iban a utilizar.
Yo acuso a los que aprobaron un sistema y unas leyes electorales que otorgan una representación parlamentaria absolutamente desproporcionada a partidos separatistas.
Yo acuso a todos los que por intereses sectarios y coyunturales han coqueteado con los partidos separatistas para conformar mayorías de gobierno.
Yo acuso a todos los que desde sus responsabilidades políticas, periodísticas y educativas son incapaces de alzar la voz para darle fuerza al vino de nuestra Historia hasta que este pueblo sin memoria entienda clarísimamente que ni la Democracia, ni la Constitución, ni el Parlamento, ni el Rey, tienen potestad, ni autoridad, ni legitimidad, para conceder la independencia ni a la porción de tierra de España que cabe en una maceta.
Ahora, hoy, ya es tarde. Demasiado tarde para que la esperanza sea algo más que un sueño. Treinta años de abstracción política constitucional han convertido a España en una abstracción conceptual tan difusa que sólo palpita con verdadera pasión en el corazón de los que la odian.
Ellos esperan la independencia con más amor y fidelidad que Penélope a Ulises. Nosotros sólo esperamos que dejen de matar mientras les animamos a que sigan perpetrando, por la vía del diálogo, el más repugnante de los crímenes: el separatismo.
Eduardo García Serrano
http://www.diarioya.es/



La sentencia del 11-M establece la no participación, en ningún grado, de ETA ni de la red terrorista Al Qaeda, y culpa y condena por la comisión de los atentados sólo y nada más que a los sicarios que los perpetraron sin buscar y, por tanto, sin hallar a la inteligencia que los ideó, que los planificó, que les dio cobertura logística, perfil estratégico y armazón táctico.
Conclusión aterradora para las víctimas, en particular, y para la sociedad española, en general: sé que mi hijo murió, pero no sé por qué murió ni sé con qué fines se llevaron a cabo los atentados en los que mi hijo, mi madre, mi hermano, mi mujer, mi novia, mi marido, mi amigo o mi padre murieron porque, según se establece de la sentencia, el mayor atentado terrorista de la historia de Europa lo diseñan y lo ejecutan un subnormal que trapichea con explosivos en el top-manta de la dinamita asturiana y veintitantos rufianes magrebíes avecinados en Lavapíes que mercadean con hachís, con móviles robados y con la quincalla de los rateros de poca monta ejerciendo, varios de ellos, de chotas de la policía.
Con qué alegría repetía Rubalcaba a los cuatro vientos que, según la sentencia, no había sido ETA. Su alegría por la exculpación de ETA era directamente proporcional a la timorata satisfacción del PP porque, según la sentencia, ni la guerra de Iraq había sido el detonante de los atentados ni Al Qaeda la mano ejecutora de los mismos. Y ambos, PP y PSOE, nos conminaban a todos a creérnoslo porque la sentencia, su amadísima sentencia de consenso, es la única verdad absoluta que debemos adorar pues para ellos la sentencia del 11-M es más, mucho más que eso: es un dogma de fe democrática y de lealtad institucional, y como tal ¡Ay de aquél hereje democrático que se atreva a ponerla en duda!
Cuando escuché y leí la sentencia y la inmediata reacción de consenso favorable a la misma de los partidos políticos, me acordé de lo que Chateaubriand dice, paradójicamente, en sus Memorias de Ultratumba: “cuando en el silencio de la abyección ya sólo resuenan la cadena del esclavo y la voz del delator, cuando todo tiembla ante el tirano, al historiador le incumbe la tarea de la venganza de los pueblos. De nada le sirve triunfar a Nerón, tácito ya ha nacido en el Imperio”.
Y Tácito, nuestro Tácito, el Tácito español del 11-M, se llama Antonio Iglesias, brillante y valiente químico que en su libro Titadyn demuestra científicamente que lo que no ocurrió en los atentados es lo que la sentencia del 11-M dice que sí ocurrió, pues en todos los restos de los focos se halló dinitrotolueno y en el único que no fue lavado con agua y acetona se halló nitroglicerina, dos componentes que están en el Titadyn pero no en la Goma 2 ECO.
Por tanto, es imposible lo que asegura la sentencia sobre que “toda o gran parte de la dinamita que estalló en los trenes procedía de Mina Conchita” porque en Mina Conchita había Goma 2 ECO, pero no Titadyn.


De las cosas que más vergüenza ajena provocan en la España de hoy es el orgullo inconsciente e infantil de cierta clase de personajes elevados al Club de la Farándula por la estulticia general. Los encontrarán por todas partes: elevan el mentón, relajan el buche, miran por encima del hombro para demostrar que sí, que no caben de gozo por ir “contracorriente”, por romper con la norma, por golpear la tradición con su comportamiento diario.
Cayetana Guillén Cuervo, que dicen que es actriz, ha usado a su hijo para escenificar un acto sustitutivo del bautismo, y “oficiado” por Pedro Zerolo. Bautizarlo por el rito católico hubiera sido normal, e incluso bueno, lo cual es profundamente fascista. Se cambia el agua bendita por perfume del top manta, sustituimos al sacerdote por un sodomita y lejos de que un buen organista se atreva a interpretar el “Ave María” de Schubert, suena imponente, a todo trapo, la melodía de la serie “David, el Gnomo”. Porque el progresismo no tiene por qué reñirse con lo hortera.
Al parecer, esta costumbre significa “dar la bienvenida democrática” al nuevo “ciudadano”, cosa que aleja a cualquier persona decente de la democracia como de la bicha. Si para ser un demócrata hay que estar en brazos de Zerolo, no lo duden: quiero un buen caudillaje. Si la condición para que a uno le acepten en el exclusivo club de la progresía universal es cambiar el día del bautizo (el día en que los cristianos recibimos al Espíritu Santo) por esta paranoia de zumbados e invertidos, reniego del progreso y lo aborrezco enteramente. Pero a este pobre niño no le han dejado elegir.
Ese es el problema. Leo, que así han llamado a la criatura, no tiene culpa de tener los padres que tiene; es demasiado pequeño para comprender lo que le han hecho. Y no sólo le han privado del derecho que tenía a ser bautizado como Dios manda, sino que le han metido a empellones en una secta de la que ya no podrá salir, la del izquierdismo furibundo, la del ateísmo porque sí, la de la rebeldía sin causa contra el capitalismo universal y a favor de la “extensión de los derechos”. Vamos, que le han fastidiado la vida.
Ellos, sus padres y allegados, dirán que no, claro. Dirán que un niño, lo que de verdad necesita, es “el amor de sus padres”. Que eso de echar agua bendita por la cabeza no significa nada. Que así, recibiendo la “bendición democrática” de quien ha hecho de su extravagante condición sexual un medio de vida, será “mejor persona” y aprenderá pronto a “respetar a los demás”. Y, en efecto, así será. Hasta que cumpla la edad suficiente para que nadie pueda manipularlo, y pueda leer, pensar y meditar lo suficiente para comprender que ha estado metido en una enorme mentira. Porque Dios no deja abandonado a ninguno de sus hijos, y menos aún a aquellos no tuvieron forma de defenderse de la dictadura del relativismo.
Rafael Nieto
http://www.diarioya.es/