viernes, 13 de enero de 2012

Combate de Edchera


 Fue el 13 de enero de 1958, donde intervino la XIII Bandera y dentro de ella la 2ª Compañía en el ataque frontal y la 3ª en el envolvimiento que hizo por el flanco izquierdo (norte). En el mismo perdieron la vida o fueron heridos en combate varios legionarios de los que habían venido de Larache con la 3ª Cía de la VII Bandera, como es el caso, entre otros, del Tte. Gamborino de esta Compañía. Así nos describe el combate de Edchera el General Mariñas:
"El día 13 de enero de 1958, la XIII Bandera al mando del Comandante Rivas Nadal, salió de El Aaiún a las 7 de la mañana, ahora por la orilla derecha de la Saguia, en dirección a Edchera, con la misión de ejecutar un reconocimiento sobre esta zona y obtener información de contacto. En vanguardia marchaba la 2ª Compañía, al mando del Capitán Jáuregui, con la misión de alcanzar rápidamente el paso de Edchera por el este. La Compañía, mandada por el Teniente Vizcaíno, progresaba por el mismo borde de la Saguia cubriendo el flanco derecho del dispositivo. La 1ª Compañía, del Capitán Girón Mainar, en reserva, vigilaba el flanco este. La 5ª Compañía, de apoyo, mandada por el Capitán Villar, contaba con 1 pelotón de ametralladoras y 1 Sección de morteros de 81, ya que el resto de las armas habían sido asignada a las Compañías de fusiles.

La Bandera progresaba rápidamente por los llanos de Ammat Amasir y tras rebasar el pozo de Bujcheibia y encontrándose a unos 2.000 metros de Edchera, recibió los primeros disparos de un enemigo que ocupando bastante frente estaba perfectamente cubierto de vistas y fuegos aprovechando las trincheras y oquedades en el borde este de la Saguia. En la otra orilla, en la zona del Meseied había otro grupo que intervino con posterioridad. La Compañía de vanguardia avanzó para establecer contacto con el enemigo y fijarlo, por lo que la Sección del Teniente Gamborino marchaba en primer escalón y estaba dotada de vehículos ligeros, se lanzó a toda velocidad sobre el adversario, siendo detenida enseguida por el intenso fuego que recibió a resultas del cual fue muerto su Teniente.

La Bandera inició un movimiento de envolvimiento por el sur que llevó a cabo la 1ª Compañía, mientras la 2ª y 3ª fijaban al adversario. Estas, a pesar de la fortísima resistencia que encontraron, avanzaron hasta alcanzar una línea jalonada por el borde de la Saguia a unos 100 ó 300 m de las posiciones enemigas. No obstante, el Capitán Jáuregui, con la Sección del Teniente Carrillo, logró adelantarse y alcanzar el paso, llegando hasta el fondo de la Saguia en una zona en que su lecho estaba salpicado de numerosos y pequeños montículos, mientras que la otra Sección de la Compañía, mandada por el Teniente Ochoa, intentaba sin éxito el asalto sobre una de las pequeñas alturas al oeste de la entrada del paso.

El Capitán Jáuregui, llevado de un enorme espíritu de acometividad y tratando de impedir el posible repliegue del contrario a través del cauce hacia Tafudart, siguió avanzando con sus legionarios, teniendo que sostener un violentísimo combate a corta distancia con un núcleo que los envolvió al que se añadió otro muy numeroso que descendió del Meseied, muriendo él y todos los hombres que le seguían.

Mientras tanto la 3ª Compañía que, como dijimos anteriormente, marchaba flanqueando por el mismo borde este de la Saguia, al alcanzar un gran espolón que se adentraba sobre su cauce, recibió un fuego muy nutrido del enemigo, resultando muerto el Teniente Gómez Vizcaíno y herido el Teniente Lafuente. A continuación, el adversario intentó desbordar a la Compañía por el norte, por lo que se decidió sacar a la 1ª Compañía de la posición alcanzada al sur de Edchera, dándole la misión de reforzar a la 3ª al mismo tiempo que una de sus Secciones, la del Brigada Fadrique, fue asignada a la Compañía del Capitán Jáuregui. El enemigo, cuyos efectivos se estimaron en unos 500 hombres, rompió el contacto durante la noche debido al enorme quebranto sufrido, retirando el armamento de sus bajas.

En el reconocimiento efectuado al amanecer se evacuaron a nuestros muertos y se encontraron unos 50 cadáveres del adversario estimándose que sufrió otras 200 bajas más. Por nuestra parte hubo que lamentar las muertes del Capitán Jáuregui, Tenientes Gómez Vizcaíno y Martín Gamborino, Brigada Fadrique, Sargentos Simón González, Arroyo y Fernández Valverde, 4 Cabos primeros, 4 Cabos y 22 legionarios, en total 37 muertos. Heridos: 2 Tenientes, 2 Sargentos, 3 Cabos primeros, 6 Cabos y 37 legionarios, en total 50. A estas bajas hay que sumar las de 1 Cabo primero muerto y un Cabo herido de la 2ª Compañía de la IV Bandera que había acudido a reforzar a la XIII. Por esta acción les sería concedida la Cruz Laureada de San Fernando al Brigada Francisco Fadrique Castromonte (un veterano del 3er Tercio) y al legionario Juan Maderal Oleaga".

Por su parte, el Comandante Cruz, que entonces era Sargento y conocía personalmente a muchos de los procedentes del 3er Tercio que combatieron en Edchera, nos aporta la siguiente información de esta acción:

"El 13 de enero de 1.958 fue la 3ª Sección de la 1ª Compañía de la XIII Bandera la que padeció el mayor número de bajas. La mandaba el luego laureado Brigada Fadrique y a ella pertenecía el también laureado en la misma acción Maderal Oleaga. En ese combate murieron, además de los dos citados, mi Cabo 1º instructor Germán Hevia Vallina, el Cabo 1º Jaime, una institución de la VII Bandera, y otros 32 hombres más, amén de otros tantos heridos. Incluso también murió el perro Disciplina, cedido a la 3ª por mi Compañía (la 5ª de máquinas). El Teniente Martín Gamborino, también procedente del 3er Tercio, participó en el combate, al igual que otros muchos, como observador impotente y su muerte se produjo de forma fortuita, un rebote. En el combate de Edchera tomaron parte amigos míos con experiencia en acciones de nuestra Guerra Civil y en la División Azul".

Por último, del libro La última Guerra de Africa del General Casas de la Vega, que ha estudiado con rigor y escrito mucho sobre ésta y otras operaciones en lo que fue el África Occidental española, extraemos la siguiente síntesis:
"La operación era necesaria. La Bandera no llevaba Artillería; su base de fuego era, pues, inconsistente. La reacción de la 2ª Cía ante los primeros disparos fue atacar en una zona donde al final todas las ventajas fueron para la defensa con un enemigo más superior y preparado de lo previsto y muy difícil de descubrir, y, por tanto, de batir. La maniobra de envolvimiento fue finalmente contrarrestada y acabó prácticamente toda la Bandera empeñada en línea.

 
El repliegue ordenado ni se cumplió, probablemente debido a fallos en las transmisiones, ni tampoco podía cumplirse por la precisión del fuego enemigo. Sin embargo, el espíritu de fuego, de combatividad, de sacrificio y de muerte sí que se llevó en toda plenitud. No fue este sacrificio legionario estéril. A partir de Edchera supieron el Gobierno, las Fuerzas Armadas y las unidades allí destacadas contra qué enemigo combatíamos, su calidad y cantidad y, sobre todo, qué medios y qué articulación táctica se precisaba para su aniquilamiento. Dos laureadas individuales, en las personas del Brigada Fadrique y del legionario Maderal, enriquecieron la historia de la Legión. En total se produjeron 107 bajas, 43 muertos y 64 heridos".

martes, 10 de enero de 2012

Un marino decente

Hace tiempo que no tecleo en plan abuelito Cebolleta, contando alguna peripecia histórica. Así que refrescaré una que, en realidad, es epílogo de otra que ya referí hace tres años -Un gudari de Cartagena- sobre el combate del pesquero armado republicano Nabarra con el crucero nacional Canarias durante la Guerra Civil. La acción tuvo lugar cerca del cabo Machichaco; y como señalé en su momento, es mi episodio favorito de la historia naval española del siglo XX. Lo que voy a contarles quizá contribuya a aclarar por qué.

El 5 de marzo de 1937, durante una acción contra un pequeño convoy republicano, las 13.000 toneladas y las cuatro torres dobles del Canarias, capaces de disparar proyectiles de 113 kilos, se enfrentaron a un humilde bacaladero de la Euzkadiko Gudontzidia -ikurriña en la proa y bandera española con franja morada a popa- armado con sólo dos cañones de 101.6 milímetros. El combate fue brutal y sangriento: durante una hora, maniobrando con tenacidad suicida entre una fuerte marejada, el comandante del Nabarra, Enrique Moreno Plaza, un murciano al que la Enciclopedia Auñamendi llama «marino vasco nacido en la Unión» -confirmando, como dice mi amigo el marino y escritor Luis Jar, que los vascos nacen donde les da la gana-, y los cuarenta y ocho hombres de la dotación, lograron arrimarse lo bastante al crucero enemigo para sostener un combate que sus propios adversarios, en el parte oficial, calificarían de «eficaz y admirable». Y al fin, en llamas, sin arriar bandera, el pequeño Nabarra se hundió con treinta hombres a bordo -imposible compararlos con los miserables que hoy se llaman a sí mismos gudaris-, incluido el comandante. Con ellos murió también el cocinero, Pedro Elguezábal, que mientras se iban a pique, animado por una botella de coñac, enseñaba al Canarias un cuchillo desde la borda gritando: «Venid si tenéis huevos, cabrones».

Ésa es la historia que conté hace tres años, aunque en folio y medio no me cabía el epílogo. Uno de esos adversarios que calificaron de eficaz y admirable la hazaña del humilde Nabarra fue el tercer comandante del Canarias, Manuel Calderón. Y ese marino de la escuadra nacional demostró, con su comportamiento tras el combate, una admiración por la valentía del enemigo derrotado, una compasión y una calidad humana que situaron en el mismo plano de grandeza moral, quizá por única vez en la sucia historia de nuestra Guerra Civil, a vencedores y vencidos; sobre todo en lo que se refiere al aspecto naval del conflicto, donde la saña de unos y otros desbordó la infamia, con asesinatos masivos de oficiales en la zona republicana y con una despiadada aplicación de la pena de muerte por parte de los tribunales franquistas a los marinos, mercantes o de guerra, capturados al bando enemigo. Ése fue el caso de los diecinueve supervivientes del Nabarra, que fueron condenados a muerte tras su desembarco y prisión. Y si no se cumplió la sentencia fue gracias a los esfuerzos del comandante del Canarias, capitán de navío Moreno, y sobre todo al tesón de su tercero, el capitán de corbeta Calderón, que removió cielo y tierra para salvar la vida de los vencidos. Calderón llegó al extremo de pedir una entrevista con el general Franco, en la que argumentó: «Esos hombres son unos héroes, y los héroes merecen vivir». Tanto insistió una y otra vez en alabar el valor de aquellos diecinueve marinos, que para quitárselo de encima Franco acabó concediendo el indulto y la liberación inmediata de todos ellos. «Sáquelos de la cárcel -fueron sus palabras exactas-. Y luego invítelos a comer chipirones. Pero pague usted de su bolsillo».

Hubo algo más que chipirones. Porque Manuel Calderón siguió velando el resto de su vida por los supervivientes del Nabarra. Buscó trabajo a unos, recomendó a otros y protegió a todos para que no sufrieran represalias. Al marinero Lahoz le avaló un crédito bancario, al segundo oficial Olaveaga lo ayudó a obtener el título de capitán de la marina mercante, y cuando supo que al telegrafista Cahué le negaban trabajo en Baracaldo por sus antecedentes políticos, se presentó allí de uniforme, convocó al alcalde y al comandante de la Guardia Civil, y dijo que al día siguiente quería ver a Cahué trabajando. Fue Manuel Calderón, en suma, un marino decente y un hombre de honor. Con más gente como él, la suerte de la infeliz España habría sido entonces, y aún ahora, más afortunada de lo que fue y de lo que es. La prueba de que los hombres del Nabarra le profesaron idéntica lealtad y aprecio es que cuando Calderón, soltero y sin hijos, murió en 1979 en una residencia de ancianos, sus antiguos enemigos en el combate de cabo Machichaco lo habían hecho padrino de treinta y dos hijos y nietos.

ARTURO PÉREZ REVERTE

domingo, 8 de enero de 2012

viernes, 6 de enero de 2012

Envío: A los que fueron a la guerra.

(Publicado en el Diario "Córdoba" el 6 de enero de 1959)

 Con el tiempo de Navidad florece la nieve y florecen los recuerdos. Con el tiempo de Navidad uno vuelve a ser niño y en el corazón se agolpan, como un torrente de dulces melancolías, las horas inmensas de nuestra lejana infancia. Y como las horas de mi lejana infancia están encuadradas en los altísimos paisajes que van desde 1936 a 1939, a mi no me queda más remedio que regresar hoy a una época floreciente y hermosa en la que, más allá de los dulces horizontes navideños, las balas cruzaban como gatos perseguidos las agudas esquinas del frente.

Con el tiempo de Navidad, en esta Navidad que se nos va de las manos, los hombres que hoy bordeamos por arriba la treintena, recordamos cosas tremendas. Yo, por ejemplo, en la Epifanía que llega, recuerdo al Benavides. Habrá quien, sin duda, recordará cualquier empingorotado cotillón que por Reyes dio el último descendiente de Prim o el quinto Marqués de la Ensaimada. A mí me parece justo que así sea. Cada cual que recuerde lo suyo. Yo, por eso, recuerdo al Benavides.

El Benavides no era ni senador, ni banquero, ni diputado. El Benavides no era ni siquiera dueño de una cafetería. El Benavides era un legionario gallego que antes de morir fue muchas cosas en su vida. Fue estudiante de cura, cazador furtivo, poeta, novillero, escultor y hasta me parece que, por tres o cuatro veces, polizón de varios barcos que hacían las Américas. El Benavides tenía cara de pirata y corazón de arcángel. Tenía, también, un dulce aire de doncel antiguo, un generoso aire soñador que encandilaba el corazón de las mujeres. Al tío se le quedaban muertas nada más mirarlas. La que resistía la prueba quedaba ya sin genio de por vida. Vamos, perita en dulce para los restos. El Benavides además de enamorar a las mujeres a salto de mata, era un fabuloso jugador de mus que salvó, en más de una ocasión, de la muerte por aburrimiento, a sus más íntimos camaradas de chabola. El Benavides era un fenómeno, uno de esos tremendos ejemplares humanos que lo mismo se ganan la Laureada que el paredón de fusilamiento. Tremendo en la vida y tremendo en la muerte. Maravilloso contando un chiste; si era verde, mejor; maravilloso inventándose la mejor trampa a la garrafiña; maravilloso logrando quebrantar la fama de todas las venteras del camino -¡y había muchas!-. El Benavides era maravilloso apuntándose para él todos los cuartos de guardia de su escuadra, era maravilloso jugándose el tipo para rescatar de las alambradas enemigas el cuerpo herido de un camarada; maravilloso haciendo un poema al primer lucero de la tarde... El Benavides era un tipo casi inmortal. Un cruzado de la héjira del 36. Que ya es decir... De haber vivido hoy no sé qué hubiera sido el Benavides. Acaso se hubiera graduado de legionario perpetuo o, tal vez, de marino mercante con olor a brea y a juramentos y a sal antigua saboreada con unción en los más novísimos puertos de la esperanza. Porque, desde luego, lo que no hubiera sido jamás el Benavides es senador, dueño de cafetería o portero de un ministerio. El Benavides estaba apuntado para ángel desde el día que nació y su destino era volar. Voló a la eternidad el 6 de enero de 1938. Sobre la dura nieve de Teruel le pegaron un tiro en el corazón, que le hizo pasar de un salto a la difícil lista de los Elegidos. Palmó como un cruzado de rompe y rasga, como un bendito franciscano: Montando un Nacimiento en su pozo de tirador. Porque el Benavides también sabía hacer el amor a Dios. Faltaría más. Más allá de su tremenda pasión por las venteras del camino, nacía de sus ojos un lejano eco místico, entrañable, abrumador. El Benavides amaba a Dios y a toda su corte celestial con un ingenuo aire de monaguillo. Si ajustaba, de vez en cuando, las cuentas a las venteras que salían a los caminos a dar pan y vino a los cruzados, lo hacía más bien por un exceso de humanidad, de temple vigoroso, por regalar algo de aquel hermoso aire de conquista que soplaba nuestras banderas. El pecado en Benavides se humanizaba hasta las más hondas raíces. Era capaz de rezar a las ánimas al tiempo que le regateaba la mujer al ventero. Eran un pozo de hermosura las entrañas del Benavides. Palabra. Era él, como si dijéramos, un ángel un poco "offside". Se salía fuera de juego en cuanto se le olvidaba que el corazón también necesita bridas. Pero poseía, sobre todo, el maravilloso don de la ingenuidad. Esto le salvó. El buen Dios lo citó con la eternidad en su propio pozo de tirador. Se había empeñado el Benavides en hacer un Nacimiento a cincuenta metros del enemigo. Con la nieve que bordeaba el pozo modelaba tiernamente las figuras del Belén. Durante su cuarto de guardia dio vida a San José y al asno. Con los cuartos restantes, que le regalaron amorosamente sus camaradas de escuadra, de sus manos nacieron la Virgen y luego la vaca, y después un pesebre de la corteza de un abedul cercano. El Niño, fue el último en salir de las manos de aquel celta bravío que se llamó Benavides. Terminándolo estaba ya, cuando una ráfaga enemiga cruzó la tarde de la Epifanía. La nieve salpicó con furia el pozo de tirador. La segunda ráfaga sorprendió el corazón de Benavides colocando a Jesús en el pesebre. Una angustia infinita quebrantó las entrañas del legionario, mientras depositaba dulcemente en su cuna al Niño de Nieve...

Cuando sus camaradas llegaron, el corazón de Benavides chorreaba sangre, chorreaba gloria bendita en aquella tremenda tarde de Reyes...

  * * *

  Luego, pasó el tiempo. Un millón de Benavides se fueron camino de los celestes espacios y las gentes de mi raza, ya en paz, volvieron a organizar cotillones en la Epifanía del Señor. Y yo, que soy algo como hermano del Benavides, me acuerdo de él, me acuerdo de los que fueron a la guerra, me acuerdo del rito del aceite y la sal que mantenía la luz amorosa de las chabolas, me acuerdo del garbo airoso de las madrinas de guerra, me acuerdo de los aguinaldos bulliciosos, me acuerdo de un cruzado con cara de pirata y corazón del arcángel que ni fue senador, ni fue diputado, ni siquiera dueño de una cafetería. Me acuerdo del Benavides. Y esto, para que su memoria nos dignifique. Y nos haga continuar en pie según el viejo rito de los caminantes. Porque recordarle es tanto como no olvidar la muerte de los mil cruzados que trajeron con su esfuerzo la paz de mi gran Patria, donde los españoles de esta hora harán el honor al último cotillón de Reyes sin excesivas preocupaciones.
Recuerdo al Benavides por ley de honor, por ley de sangre, por la imponderable razón de que con él llegó la Navidad de España.

lunes, 2 de enero de 2012

jueves, 29 de diciembre de 2011

OTRO HEROE EN LA FAMILIA

Era mi abuelo Don Vicente, el Don era imprescindible en aquella época, un caballero a carta cabal, vivía en la calle relatores de Madrid muy cerca de Tirso de Molina. Estudio medicina y tenia consulta en su propio domicilio, en aquella época no existía la seguridad social ni esos avances sociales que trajo años después el malvado Franco, bajo la inspiración del Nacional-Sindicalismo. Pero dejemos eso que no es el motivo de mi historia. El era un hombre católico y estaba casado en segundas nupcias con Doña Sara, Vivian en aquel turbulento Madrid de la preguerra con relativa tranquilidad, Don Vicente tenia un ayudante de 15 años de edad, llamado Gabriel, que en el año 35 se alisto en la falange, eso traía a maltraer a Don Vicente, no porque no le gustara la falange si no por el riesgo que conllevaba en aquellos años el pertenecer a una formación patriótica. (Algunas cosas no han cambiado).
Cuando estallo la guerra aquel 18 de Julio, Don Vicente no supo que hacer, su obligación como español le lanzaba a la lucha, pero su obligación para con su familia, Doña Sara y sus dos hijas y además su profesión de medico le retenían en casa. Poco le duro el desasosiego, al final decidió intervenir como medico en la lucha.
Se extendió rápidamente la noticia de que los sublevados estaban cercados en el cuartel de la montaña y que el gobierno había repartido armas entre las milicias rojas, lo segundo era obvio, las calles estaban atestadas de milicianos armados y Madrid ardía en llamas, debido a las iglesias y conventos que ardían. Don Vicente estaba muy preocupado por Gabriel. El dia 19 no se había presentado a trabajar, por lo que decidió acopiar los víveres que pudiera y partir al día siguiente hacia el cuartel de la montaña para buscar a Gabriel, que era como un hijo para él, y alistarse como medico.
El día 20 salio temprano de casa, el trayecto hasta el cuartel de la montaña andando apenas era de media hora, sin embargo tardo “siglos” en acercarse debido a los controles “incontrolados” que se establecieron en todas las esquinas. A medida que se acercaba, malos presentimientos le invadían, el ruido de cañonazos y fusilaría era evidente. Llego finalmente sobre las 12 del medio día, quedo petrificado, aquello era espantoso la turba había entrado en el cuartel a sangre y fuego, la chusma cantaba enfervorecida mientras a rastras llebaban a soldados y a civiles contra uno de los muros y eran inmediatamente fusilados, algunos no llegaban ni siquiera al paredón, por el camino eran apuñalados por milicianos que una vez caídos se ensañaban con ellos.
Quedo Don Vicente marcado por la visión de aquella matanza, pero fue, también, en ese momento cuando tomo la decisión de trabajar en el futuro para salvar al mayor numero posible de victimas de aquella chusma.
Cuando llego a casa puso manos a la obra, llamo por teléfono a algunas personas de su confianza, que le pusieron en contacto con la falange clandestina (desde hacia tiempo esta falange operaba en Madrid debido a que el partido había sido proscrito). De manos de esta falange se entero también de que su ayudante Gabriel había sido detenido y quemado vivo en una checa por miembros de la UGT.
En la finca era peligrosísimo realizar cualquier actividad contrarrevolucionaria debida principalmente a que la portera de la finca era conocida comunista y su espíritu de chivata era insaciable. Tenia, de todos modos, Don Vicente tomada su decisión y a ello se puso.
La casa daba la vuelta sobre si misma y tenia un cuarto sin ventana, esto seria de vital importancia en el futuro, Don Vicente realizo las oportunas obras dividiendo la casa en dos y dejando una puerta falsa que unía las, ahora dos casas y mando colocar un armario de forma torpe para que dejara entrever la puerta falsa y a su vez coloco un pesadísimo armario delante del cuarto sin ventana con una falsa trasera de corredera que daba directamente al “cuarto oscuro”. Una vez terminada las obras se puso en contacto con la quinta columna y comenzó su labor de salvación.
Los refugiados llegaban a la consulta, previamente avisado Don Vicente y eran conducidos al cuarto oscuro, mientras tanto Don Vicente pasaba consulta como si nada estuviera ocurriendo fuera de lo normal. La portera pronto empezó a sospechar, no le salían las cuentas, entraba más gente de la que salía, claro está, que no tardo en denunciar. Allí se presentaron las milicias y pusieron todo patas arriba pero nada encontraron por lo que se fueron con las manos vacías. La portera no quedo contenta y volvió a denunciar, esta vez tanto descaro tuvo, que ella misma participo en el registro, inmediatamente se dio cuenta de que faltaba una puerta a la calle y así lo manifestó, los milicianos aparte de robar lo que les dio la gana, hicieron un registro mas minucioso y mucho se alegraron cuando vieron la puerta detrás del armario que mi abuelo había dejado allí intencionadamente.
A Don Vicente se le hubiera saltado la risa si eso no fuera peligroso, habían caído en su trampa, cuando retiraron el armario no descubrieron si no un apartamento vacío y otra puerta a la calle pero sin gente ni huellas de que allí hubiera estado alguien. No cejaron en sus inspecciones y registros durante toda la guerra, pero al final yo creo que era mas por el hurto que porque creyeran ya a la portera que a esas alturas pasaba por loca.También le tendieron trampas, haciendo pasar a milicianos por refugiados en su consulta, pero la quinta columna funciono muy bien toda la guerra y Don Vicente no presto oídos a nadie, que no viniera de sus contactos.Se preguntaran vds. Que se hacia con los refugiados, muy sencillo como el 99,99% de los rojos son corruptos y la portera era un ejemplar con pedigrí. Basto con un pequeño soborno que consistía en productos del mercado negro a cambio de sacar de paseo a mi madre y mi tía, momento en el que aprovechaba la quinta columna para sacar a los refugiados y conducirlos a la salvación.
 
Vaya esta historia por ti abuelo Vicente, que desde hace tiempo estas en el cielo de los justos, historia, que por primera vez sale a la luz fuera de la familia, pero tu historia es la de un héroe y debe de ser contada.
 
 
 

martes, 27 de diciembre de 2011

Un lema de caballeros

 

Nuestro pasado nos aguarda para crear el porvenir. El porvenir perdido lo volveremos a hallar en el pasado. La historia señala el porvenir. En el pasado está la huella de los ideales que íbamos a realizar dentro de diez mil años. El pasado español es una procesión que abandonamos, los más de nosotros, para seguir con los ojos las de países extranjeros o para soñar con un orden natural de formaciones revolucionarias, en que los analfabetos y los desconocidos se pusieran a guiar a los hombres de rango y de cultura. Pero la antigua procesión no ha cesado del todo. Aún nos aguarda. Por su camino avanzan los muertos y los vivos. Llevan por estandarte las glorias nacionales. Y nuestra vida verdadera, en cuanto posible en este mundo, consiste en volver a entrar en fila. "¿Decíamos ayer?..." Precisamente. De lo que se trata es de recordar con precisión lo que decíamos ayer, cuando teníamos algo que decir. Esta precisión, en general, sólo la alcanzan los poetas. Si tenemos razón los españoles historicistas, han de venir en auxilio nuestro los poetas. Si la plenitud de la vida de los españoles y de los hispánicos está en la Hispanidad y de la Hispanidad en el recobro de su conciencia histórica, tendrán que surgir los poetas que nos orienten con sus palabras mágicas.

¿Acaso no fue un poeta el que asoció por vez primera las tres palabras de Dios, Patria y Rey? La divisa fue, sin embargo, insuperable, aunque tampoco lo era inferior la que decía: Dios, Patria, Fueros, Rey. Nuestros guerreros de la Edad Media crearon otra que fue talismán de la victoria: "¡Santiago y cierra, España!". En el siglo XVI pudo crearse, como lema del esfuerzo hispánico, la de: "La fe y las obras". Era la puerta al reino de los Cielos. ¿No podría fundarse en ella el acceso a la ciudadanía, el día en que deje de creerse en los derechos políticos del hombre natural? Los caballeros de la Hispanidad tendrían que forjarse su propia divisa. Para ello pido el auxilio de los poetas. Las palabras mágicas están todavía por decir. Los conceptos, en cambio, pueden darse ya por conocidos: servicio, jerarquía y hermandad, el lema antagónico al revolucionario del libertad, igualdad, fraternidad. Hemos de proponernos una obra de servicio. Para hacerla efectiva nos hemos de insertar en alguna organización jerárquica. Y la finalidad del servicio y de la jerarquía no ha de consistir únicamente en acrecentar el valer de algunos hombres, sino que ha de aumentar la caridad, la hermandad entre los humanos.

El servicio es la virtud aristocrática por excelencia. Ich dien, yo sirvo, dice en tudesco el escudo de los reyes de Inglaterra. El de los Papas dice más: Servus servorum, siervo de los siervos. Es el lema de toda alma distinguida. Si se le contrapone al de libertad se observará que el de servicio incluye la libertad, porque libremente se adopta como lema, pero el de libertad no incluye el de servicio: "Mejor reinar en el infierno que servir en el cielo", dice el Satán de Milton. La jerarquía es la condición de la eficacia, lo específico de la civilización, lo genérico de la vida, que parece aborrecer toda igualdad. Toda obra social implica división del trabajo: gobernantes y gobernados, caudillos y secuaces. Disciplina y jerarquía son palabras sinónimas. La jerarquía legítima es la que se funda en el servicio. Jerarquía y servicio son los lemas de toda aristocracia. Una aristocracia hispánica ha de añadir a su lema el de hermandad. Los grandes españoles fueron los paladines de la hermandad humana. Frente a los judíos, que se consideraban el pueblo elegido, frente a los pueblos nórdicos de Europa, que se juzgaban los predestinados para la salvación, San Francisco Javier estaba cierto de que podían ir al Cielo los hijos de la India, y no sólo los brahmanes orgullosos, sino también, y sobre todo, los patrias intocables.

Esta es una idea que ningún otro pueblo ha sentido con tanta fuerza como el nuestro. Y como creo en la Humanidad, como abrigo la fe de que todo el género humano debe acabar por constituir una sola familia, estimo necesario que la Hispanidad crezca y florezca y persevere en su ser y en sus caracteres esenciales, porque sólo ella ha demostrado vocación para servir este ideal.

DEFENSA DE LA HISPANIDAD, Ramiro de Maeztu

viernes, 23 de diciembre de 2011

lunes, 12 de diciembre de 2011

‎12 DE DICIEMBRE


 Esta sí que es bella, camarada,
porque la buscas tú
y te impones con voluntad.

Mueres bajo el sol o bajo las estrellas,
Pero mueres en combate
y tu sangre se hace fértil
como una primavera

Nadie dice nada.
Sólo tus camaradas alzan el brazo
y escriben tu nombre en letras de oro
y gritan: ¡Presente!
Tienen los ojos brillantes y no lloran,
porque han de honrarte
con fiesta de pólvora y asalto.

Media hora después cantan un himno.
Y en las estrofas del himno estás tú:
¡Presente!
Dos horas después están encarcelados,
Y tú con ellos: ¡Presente!
Y siempre tú: ¡Presente!
Con tu último gesto: ¡Presente!
Con tu última y eterna sangre: ¡Presente!

jueves, 8 de diciembre de 2011

7 de diciembre de 1585: Tiene lugar el milagro de Empel.

El 7 de diciembre de 1585, el Tercio del Maestre de Campo Francisco de Bobadilla combatía por España y la Fe católica en Holanda. La isla de Bommel, situada entre los ríos Mosa y Waal, era el reducto defendido por el Tercio Viejo, bloqueado por completo por la escuadra del Almirante Holak. Cinco mil hombres guarnecían la isla, “cinco mil españoles que eran a la vez cinco mil infantes, y cinco mil caballos ligeros y cinco mil gastadores y cinco mil diablos “, como dijera de ellos un almirante francés.
El bloqueo se estrecha cada día más; ya no quedan víveres, ni pertrechos de guerra, ni ropas secas. Sólo frío y agua y barro y desesperanza. Alejandro Farnesio, el gobernador de los Países Bajos, envía unos refuerzos que nunca llegan. Los maestres Carlos Mansfeld y Juan del Águila tratan, en vano, de socorrer a los sitiados; no hay esperanzas de auxilio.

El jefe enemigo propone entonces una rendición honrosa. La respuesta de Bobadilla es inmediata:Los infantes españoles prefieren la muerte a la deshonra. Ya hablaremos de capitulación después de muertos“. Ante tal respuesta, Holak recurre a un método infalible para acabar con la resistencia española.

Como las aguas del Mosa discurrían por un canal más alto que el terreno ocupado por los soldados, abre una enorme brecha en el dique y las aguas se precipitan sobre el campamento del Tercio, que pronto se ve rodeado de ellas por todas partes. No queda más tierra firme que el montecillo (apenas cincuenta metros) de Empel, donde, abandonando impedimenta y pertrechos, han de refugiarse los soldados, so pena de perecer ahogados.

En esta situación, un soldado del Tercio cavaba una trinchera “más para tumba que para guarecerse“, cuando tropezó con un objeto de madera allí enterrado. Era una tabla flamenca en la que estaba pintada, en vivos colores, la Inmaculada Concepción.
Comenzó el soldado a gritar y acudieron sus compañeros que, colocando el cuadro sobre la bandera española, a modo de improvisado altar, cayeron todos de rodillas entonando la Salve.

El Maestre Bobadilla, considerando el hecho como señal cierta de la protección divina, arengó así a sus soldados. “¡Soldados! El hambre y el frío nos llevan a la derrota, pero la Virgen Inmaculada viene a salvarnos. ¿Queréis que se quemen las banderas, que se inutilice la artillería y que abordemos esta noche las galeras enemigas?” “¡Si queremos!”, fue la respuesta unánime de aquellos españoles.

Un viento huracanado e intensamente frío se desató aquella tarde helando las aguas del Mosa. Los españoles, marchando sobre el hielo en plena noche, atacan por sorpresa a la escuadra enemiga al amanecer del día 8 de diciembre y alcanzan una victoria tan completa que hace decir al almirante Holak: “Tal parece que Dios es español al obrar, para mí, tan grande milagro“.

Aquel mismo día, entre vítores y aclamaciones, la Inmaculada Concepción es proclamada patrona de los Tercios de Flandes e Italia, la flor y nata del ejército español.
 
 
Extraido de: LA INMACULADA CONCEPCIÓN
 
 
http://www.geocities.com/Pentagon/8745/infanteria/inmaculada.htm

lunes, 28 de noviembre de 2011

Okupando a Góngora

Varias veces les he hablado en esta página del barrio de las letras de Madrid, donde hace tres siglos se cruzaban cada mañana, camino de comprar el pan, los periódicos o lo que se comprase entonces, Quevedo, Lope de Vega, Calderón de la Barca, Góngora y el buen don Miguel de Cervantes, entre otros. Cada cual, como españoles de fina casta que eran, con sus fobias, envidias, desprecios y descalificaciones mutuas a punto de nieve. También comenté en alguna ocasión que si un barrio con semejante pedigrí hubiera estado en Londres o París, todo el lugar sería hoy un inmenso museo al aire libre cuajado de bibliotecas, placas conmemorativas, monumentos y autobuses con turistas. Pero donde está es en Madrid, a ver si me entienden. Capital de España, o de lo que sea este puticlub de carretera. Así que pueden imaginar la diferencia.

Una de esas diferencias ocurrió hace unos días. Y lo más simpático no es la anécdota, sino su desarrollo y posterior tratamiento mediático. Un grupo de okupas se había instalado, mediante el procedimiento tradicional de patada a la puerta y de aquí no me saca ni Kristo bendito, en una casa de la calle Huertas en la que vivió Góngora después de que su enemigo mortal Francisco de Quevedo comprase su anterior vivienda, a fin de darse el gustazo de echarlo a la calle. La casa -ya hemos precisado que hablamos de Madrid- estaba hecha una piltrafa, decrépita y llena de escombros. Así que los okupas se instalaron tan ricamente con su parafernalia habitual, también llamada ajuar perroflauta de toda la vida. Con la seguridad, por otra parte, que a cualquier okupa bien informado le da saber con certeza absoluta que en España, líder mundial en libertades y derechos del hombre y la mujer, si te metes por el morro en una casa ajena, es seguro que entre el hecho, la demanda del propietario, la decisión judicial y la ejecución de la sentencia de desalojo, si llega a producirse, y dependiendo de que el juez sea compañero de carrera o colega de universidad del abogado de una parte o de la otra, pueden transcurrir veinte años. O más.

El caso es que esos inquilinos por la kara estaban instalados en la antaño gongorina y ahora ruinosa morada, gozando de pleno derecho las innumerables facilidades que la Justicia española en general y el Ayuntamiento de Madrid en particular prestan a esta suerte de bonitas iniciativas populares. Pero siempre hay un pelo en la sopa. En ésas, algún propietario desesperado, impaciente, y si rascamos un poco seguro que fascista, racista, machista, violento, homófobo y misógino -etiquetas que en España suelen atribuirse en bloque a cualquiera que no se baje los calzones y ofrezca el ojete sin rechistar- debió decidir que aquella situación la solucionaba él a título personal, por el artículo catorce. Así que cuatro individuos fornidos tiraron la puerta, cogieron a los okupas en brazos y los sacaron a la calle. Acto reprobable, éste, que acogiéndome a la retórica al uso me apresuro a calificar -conste en acta para que no haya dudas sobre mi punto de vista ético- de terrorismo urbano. Incluso de genocidio perroflauta. De mi opinión debieron ser también los desalojados; pues en seguida pidieron apoyo a través de las redes sociales, y al poco se congregaron tres docenas de presuntos representantes del 15-M exigiendo reparación aún más indignados si cabe; pues la policía, que acabó presentándose, no actuó contra los malvados desalojadores ni devolvió las cosas al statu quo ante. Como si no estuviera clarísimo y consagrado por el uso hispano que, entre patada a la puerta de un okupa y patada a la puerta de un propietario, el segundo es quien actúa al margen de la ley, y el primero es la verdadera víctima del asunto. Por favor. A estas alturas.

Por cierto: escalofriante testimonio sobre la demencial pesadilla sufrida por los desalojados -algunos periodistas parecían compartir su asombro y justa indignación- fue el de una joven que afirmó, aún nerviosa del soponcio, que lo había pasado muy mal al verse sacada así a la calle, de sopetón, y que lo que había hecho el propietario de la casa era una infamia social de las que no tenían nombre, ni apellidos. Tras cuyo pertinente telediario, supongo, el Ayuntamiento y la Comunidad de Madrid enviaron con suma urgencia un equipo de psicólogos y psicólogas para aliviarle el trauma. Eso me lleva a sugerir sin reservas que en las próximas okupaciones, tanto si son en las casas ruinosas de Góngora, Quevedo o Cervantes como en la del Payaso Fofó -que también tiene calles en España, y posiblemente en mayor número y con la placa más grande-, la policía abandone esa vergonzosa pasividad que me atrevo a calificar de filonazi y proteja de propietarios y otros energúmenos a quienes debe proteger. Que para eso cobra, la muy perra.

Arturo Pérez-Reverte
http://www.perezreverte.com/articulo/patentes-corso/649/okupando-a-gongora/

domingo, 27 de noviembre de 2011

martes, 22 de noviembre de 2011