viernes, 31 de julio de 2009

ETA SIGUE MATANDO. DOS GUARDIAS CIVILES ASESINADOS.


LO PAGARÉIS MUY CARO
¡ NI OLVIDO NI PERDÓN !
PENA DE MUERTE PARA LOS TERRORISTAS

miércoles, 29 de julio de 2009

AMOR DE PATRIA


¿Cómo pueden amar a su Patria aquellos que más que como madre se les ofrece como madrastra? ¿Cómo habían de amarla, si además había seres ruines que, matando sus instintos filiales, destruían su espiritualidad al agrandarle sus defectos?

Hemos de despertar en todos los españoles el sentimiento de la Patria, el orgullo de sentirse españoles, creando condiciones de vida para las clases sociales que les permitan apreciar, sin rencores ni dolores, la grandeza política del nuevo Estado.

España es lo suficientemente grande y rica para que todos quepan en su seno y tengan una gran parte en el disfrute de sus bienes.

El oro de vuestras mieses simbólicas y el resplandor de vuestra gloria forma, entre las banderas de sangre de hijos, héroes y mártires de España, la bandera que ondea hoy, la bandera nacional, que es el símbolo de la grandeza geográfica, es el símbolo de la unidad, que ha seguido su ruta, y es la afirmación y garantía de millares de mártires y de héroes, que dice que el separatismo se ha acabado y que aquí no hay más que España, que es lo eterno, lo inmortal; pero no significa sólo esto: significa la hermandad, la liberación de centenares de millares de hermanos nuestros, significa el resurgir de la Patria a la vida de una región próspera, al arrancar del engaño a todos esos modestos campesinos sencillos, a esa caravana de hombres que veíamos cubrir las carreteras y que habían sido arrancados de sus hogares y enviados a cavar trincheras, a empuñar las armas, cavando su propia sepultura y la del separatismo; eso significa la liberación de más de mil prisioneros que esperaban ansiosos cómo los soldados de España llevaban la bandera roja y gualda por entre los montes y bosques, ondeando la enseña que era la enseña de España; significaba ello el triunfo rotundo que se debe al espíritu del soldado español, sufrido, ejemplo y heroico, que asombra al mundo con su gesta; es el resurgir de un pueblo que quiere ser libre, de una nación que pide un puesto, de una raza que dice: esto fuimos y esto seremos.

Ya lucen en Vizcaya las banderas de España, ya marchan por las calles y se escuchan en ellas los himnos nacionales, ya suena nueva música, y el nuevo programa de la España Nacional, programa de justicia social que nunca les cumplieron, y aquellos bravos campesinos, aquellos sencillos aldeanos vascos, aquellos obreros envenenados , abren los ojos y elevan su corazón y lloran porque dicen que estos soldados que cumplen su palabra, estos hombres que conquistan lo que dicen, éstos, no tienen más que una fortaleza y una voluntad, cumplen su palabra, y cuando hablan de justicia social, de hermandad entre los españoles, de la grandeza de la Patria, es porque van a cumplir cuanto manifiestan, porque lo juran ante la sangre de sus hijos, que es la que los mártires de la Religión y de la Causa.

¡¡¡Arriba España!!!

En un ambiente español vigilante, con la inquietud del momento y la superación de cada día, hemos de marchar alegres con nuestros cantos, con nuestros himnos, dando al mundo ejemplo de nuestra potencialidad y espíritu, y con este grito que eleva, porque está manchado con la sangre de nuestras juventudes que se ha expandido por el mundo, este ¡¡¡Arriba España!!!, que es el resurgir de un pueblo; este ¡¡¡Arriba España!!!, que lleva el dinamismo de toda la raza española; este ¡¡¡Arriba España!!!, que no se opone al ¡viva! Contemplativo anterior, sino, al contrario, lo eleva, lo hace mayor, porque hoy es el grito de guerra, el grito de sangre; es el grito de la juventud.

Fuero del trabajo. 9 de Marzo de 1.938

lunes, 27 de julio de 2009

El museo desaparecido



Paso a menudo junto al antiguo museo del Ejército, cerca de la Real Academia Española, y cada vez siento la misma desolación al ver sus puertas cerradas. Uno de los más espectaculares museos de historia de España que conocí ya no existe. Kaputt. Me lo robaron. Le debo el favor definitivo al ex presidente Aznar, al ex ministro Trillo y al Pepé, entonces en el gobierno. Pasándose por el arrogante forro todas las protestas y argumentos razonables, esos individuos echaron el cierre al recinto para trasladar su contenido al Alcázar de Toledo. Les hacía más ilusión tenerlo allí todo junto, supongo. Alcázar, militares, ejército. Las hordas rojas. Etcétera. Dando, de paso, nuevos argumentos a los imbéciles que sostienen que en España la memoria es de derechas, y que la historia militar se la inventó el franquismo. Hay que joderse.


En fin. Con lo del museo me alegro por los toledanos, que así lo tienen a mano. Mejor para el turismo local. Pero a mucha otra gente nos queda lejos, y Madrid ya no tiene museo del Ejército. Ésa es la fetén. En cuanto a lo que haya ocurrido con los riquísimos fondos que el viejo lugar contenía, lo comentaré con ustedes cuando inauguren el nuevo. Y lo vea despacio. Aunque, como devoto del museo antiguo –ese concepto romántico y abigarrado, donde cabía todo–, barrunto que la puesta al día, moderna, luminosa y tal, se cobrará daños colaterales. Mucha misión humanitaria y poca guerra, ya me entienden. Paz por un tubo. Como si tres mil años de historia, con los españoles dándole cebollazos a los de afuera, o dándoselos entre sí, pudieran borrarse con buenas intenciones.


Y no sólo eso. Me cuentan que los textos que acompañarán a las piezas, cuando hacen alusión a España como esfuerzo común de una nación –imaginen si ahí debería haber unos cuantos–, están siendo mirados con lupa, a fin de no ofender sensibilidades ni doctrinas pacíficas al uso. Toda referencia a hechos que contradigan la diversidad plurinacional y plurimorfa de este pluriputiferio nuestro se camufla o adoba de modo conveniente. O se intenta. Como la Guerra de Sucesión y Felipe V, por ejemplo, por algunos de cuyos aspectos pasaremos de puntillas. O la actuación de los voluntarios catalanes y vascos que combatieron bajo las órdenes del general Prim en la guerra de Marruecos. Delicadísimo asunto ese, por cierto. Guerra colonial donde las haya, muy políticamente incorrecta. Y con moros, además. Por no hablar del desembarco de Alhucemas, cuando la dictadura de Primo de Rivera. Y de la Legión y Melilla, comandantes incluidos –tengo curiosidad por ver cómo se resuelve eso–. Y de la Guerra Civil, con toda una España republicana buena y solidaria frente a unos pocos nacionales malos y peinados con gomina. Etcétera.


Pero la cosa no queda sólo en Toledo. O no va a quedar. Ahí está el caso escandaloso del Museo Naval de San Fernando, Cádiz, cuyas nuevas instalaciones han costado tres millones de euros; y que, cuando todo estaba listo para trasladar el museo viejo al lugar adecuado, digno de la antigua isla de San Carlos y de su historia, el ministerio de Defensa lo ha puesto patas arriba, instalando en el nuevo recinto, como si no hubiera otras instalaciones militares cerca, a la infantería de Marina, y dejando la colección en donde estaba. Pero aún puede ser peor. Tal es el caso de ciertas ideas, o tentaciones, sobre una renovación del Museo Naval de Madrid, afortunadamente aplazadas. Y digo afortunadamente porque una cosa es reformar y actualizar, y otra aprovechar el barullo para descafeinar el asunto, adecuándolo a la doctrina de turno. Me aterra pensar en lo que ese magnífico museo podría convertirse, una vez pasado por la criba de lo políticamente correcto. Por el titular de telediario y la foto en primera página. Hay quien opina, en Defensa, que el Museo Naval tiene demasiado contenido bélico y conviene rebajarle un poco el nivel, dando más relieve a las exploraciones y a los avances científicos que tanto debieron a los marinos ilustrados y cartógrafos españoles. En eso estoy de acuerdo, pues sólo los nombres de Jorge Juan y Antonio de Ulloa o la expedición de Malaspina merecerían espacios monográficos. Pero también es cierto que la historia naval española está llena de hechos de armas –el mar era un continuo batallar– y eso no hay pacifismos mal entendidos ni buen rollito que lo borren. Conociendo el ganado, temo que una actualización de ese bellísimo museo terminaría alterando conceptos históricos fundamentales para adecuarlos al canon oficial de esta España Que Nunca Existió, en la que tanto golfo y tanto imbécil medran a sus anchas. Dense una vuelta por el desaparecido museo militar de Montjuic –futuro museo de la Paz– o por el naval de las Atarazanas de Barcelona, moderno y muy bien concebido en lo formal. Lean despacio los textos en este último, comprueben lo que hay y lo que falta. Verán a qué me refiero.

ARTURO PÉREZ-REVERTE XLSemanal 26 de Julio de 2009

martes, 14 de julio de 2009

UNOS DIAS DE DESCANSO


Durante unos dias, me tomo un inmerecido descanso de verano, ora peleando con la arena, ora viendo crecer la hierba y escuchando las campanas en uno de nuestros preciosos pueblos, pero en todo caso, alejado de la red de redes.


El día 27 de Julio nos vemos. ¡ FELICES VACACIONES !

miércoles, 8 de julio de 2009

EN VÍSPERAS DEL BAILE DE MÁSCARAS


Uno de los más curiosos fenómenos de la política es aquel –tantas veces señalado– que obliga a los profesionales a tener dos caras: la que lucen en público y la que ocultan en la intimidad. Es frecuentísimo ver a quienes se increpan en el hemiciclo saludarse afablemente en el salón de conferencias y reprimir –por cierto resto de pudor, no por falta de gusto ni de apetito– los deseos de merendar juntos en el bar.

Esta disciplina de los movimientos espontáneos es, desde cierto punto de vista, plausible. La exhibición en público de toda espontaneidad resultaría indecente. Así, la educación es, un triunfo sobre el humor nativo. Pero estas correcciones de lo elemental son dignas de alabanza cuando obedecen a un principio superior –religioso, moral, estético– acatado en la convivencia. La sujeción impuesta a la sinceridad salvaje por una razón de moral no es comparable con la insinceridad que no tiene justificación o que la busca en razones menos respetables: insinceridad misma.

Tal es exactamente el caso de los políticos: deponen sus luchas, ocultan las verdades, deforman la expresión de su espíritu, no por servir con sacrificio un alto deber, sino por mantener vivo el juego en que la política medra, sin el cual la mayor parte de sus actores tendrían que replegarse al oscuro medio familiar de donde no debieron salir nunca. Porque ésta es la cuestión: quizá el disimulo pudiera tener disculpas si se encaminara a no comprometer algún grave interés de Estado; pero no es eso lo que ocurre: los políticos, al observar sus pactos de silencio, no se han propuesto una gran tarea colectiva, sino sólo pueden asegurar la perduración del juego mismo.

De ahí que quienes están fuera del juego se miren con estupor entre sí, y a menudo con cólera, cuando observan cómo se volatilizan las grandes palabras por las cuales ellos, los de fuera, acaso se sintieron enardecidos hasta comprometer su paz, mientras que los dicentes que las lanzan a voz en, cuello por todos los ámbitos ya han pasado tranquilamente a hablar de otra cosa. Es decir, han recogido la baraja y se disponen a dar de nuevo.

Cuando se barrunta vecindad de elecciones, las componendas llegan a lo, inverosímil. Al gusto habitual por el fingimiento se une, en tales trances, una fuerte dosis de terror. Todos empiezan a temer quedarse sin los puestos y para conservarlos se sienten capaces de vender su alma al demonio. Los que se insultaron hasta la víspera empiezan a decirse cosas tiernas. Otros alaban sin regateo a personas a quienes hubo que desmontar de lugares de mando por graves sospechas de inmoralidad. Aquellos a quienes se acusó de ladrones empiezan a ser llamados personas honorables, cuya lealtad y cuyo patriotismo no se pueden poner en duda. Se cambia hasta el tono de voz como en carnaval. La política se convierte en un baile de máscaras.

Y así se va estrangulando el alma popular, elemental y fuerte, inclinada a decidir por razones claras. Las gentes sufridas del pueblo, las que labran y callan, las que huellan con sus pies los agrios caminos de la tierra, tienen que ceder una vez y otra en su manera llana de entender para plegarse a explicaciones sutiles. De esta manera no suben a la política las calidades de la entraña popular, sino que se van introduciendo en el pueblo los malos usos de la política como un contrabando de estupefacientes. En cada villorrio se monta como un remedo del gran baile de máscaras nacional.

Y si alguien, de pronto, pusiera fin al baile y empezara a llamar las cosas por sus nombres, ¿qué pasaría? ¿Que se hundiría quien mereciera permanecer? ¿Y si no pasaba nada? ¿Y si sencillamente entraba un aire nuevo, incontaminado, a deparamos una atmósfera respirable? Quizá estemos envenenados de sabiduría y necesitemos una recia cura de espontaneidad. Tirar las caretas y salir a los campos con las verdaderas caras y con las palabras verdaderas.

Nosotros lo hacemos y lo haremos más cada día. No nos concederemos descanso en ir de tierra en tierra, con el oído despierto para las viejas venas sepultadas y vivas. Los bailes de máscaras no son para nosotros. Quizá falte muy poco para que, cuando los demás apresten sus disfraces, nosotros, junto a las hogueras campesinas, celebremos la austera alegría de una libertad recobrada.

José Antonio Primo de Rivera

(Arriba, núm. 21, 28 de noviembre de 1935)

jueves, 2 de julio de 2009

Carta de un Guardia Civil al ciudadano


NO SOY PERFECTO. LO SIENTO.

Todos los humanos cometemos errores, y yo he pagado por cada uno de ellos. En mis años de servicio años he visto más de lo que tú nunca verás, más de lo que nadie debería ver nunca.

He intervenido armas de fuego, drogas, cuchillos y navajas, defensas, bates y un sin fin de artilugios semejantes que podían haber resultado mortales para alguno de tus seres queridos o incluso para ti mismo, pero nunca lo sabrás porque estuve allí para evitarlo.

He recogido cuerpos destrozados en las carreteras pero también te he ayudado a cambiar la rueda pinchada de tu coche. He estado en más peleas de las que puedo contar y en más catástrofes de las que hubiera deseado. Las llamas de un incendio han quemado mi piel y la sangre de una víctima, incluso de un compañero, han manchado mi uniforme demasiadas veces.

He visto casi cada tipo de muerte que pueda existir y más de las que podáis imaginar. Debido a mis servicios, casi he muerto en varias ocasiones y he perdido amigos y colegas. He caminado ese largo paseo hasta la puerta para decirle a una madre, padre, esposa, hijo o familiar que su ser amado nunca volverá a casa. He aguantado la agonía verbal e incluso las amenazas de esa pobre gente que no puede aguantar su dolor y lo proyecta contra la primera persona que puede, el mensajero de la noticia, yo.

He visto el maltrato y la violencia entre personas que un día se prometieron amor, entre padres e hijos, entre hermanos y entre amigos. He visto los actos más crueles y mezquinos del ser humano. He visto la enfermedad y la vejez, he ayudado a levantarse al caído y he socorrido al enfermo.

Si fallo en mi trabajo, o aún sin fallar, puedo ser fácilmente denunciado ante una justicia que no me ampara, poniendo en riesgo mi trabajo, mi familia y mi propia vida. Puedo incluso perder mi libertad, por una mala situación que puede requerir una decisión en pocos segundos que a un Juez le llevara años tomar. He visto los ojos de un padre cuando la droga se ha llevado a su hijo.
He visto crímenes con los que nunca soñarías y nunca verás en series ni películas de televisión.
Como un compañero una vez me dijo: “Los policías viven los veinte peores minutos de las vidas de otros”. Sí.

Puede que le haya pedido la documentación alguna vez mientras le indicaba que sacara las manos de los bolsillos. O haberle sacado de su coche en plena noche mientras le indicaba que mantuviera las manos a la vista. Incluso haberle pedido que extendiera los brazos y haberle cacheado, todo ello sin motivo aparente para usted.

Pero usted no ha sido apuñalado en un descuido por no cachear a un ciudadano aparentemente normal, ni ha visto como un compañero caía al suelo de un tiro en la cabeza por no tomar medidas de seguridad, tampoco ha ido a visitar a un compañero que se ha quedado invalido al atropellarle un conductor que se dio a la fuga simplemente porque estaba ebrio.

He escuchado de amigos y familiares como “la Policía no hace nada” como “nos quedamos con droga” como “maltratamos y torturamos a los detenidos” o como “llegamos tarde a propósito”…
He visto a mi esposa escatimar y arañar intentando sacar adelante a tres niños con el sueldo de un policía. He visto a mis chicos aguantarse cuando se dieron cuenta de que no podía ir a sus actos escolares porque “Papá no tiene un horario normal”. He visto también a mis chicos llevar una carga que no deberían haber llevado, cuando uno de sus compañeros o amigos ha dicho que “Todos los policías son unos hijos de puta y deberían estar muertos”

He trabajado noches, fines de semana y vacaciones, noche vieja, navidad y hasta el día que tuve mi primer hijo, mientras tu estabas cómodo y seguro en tu casa con tu familia. Mi familia completa caminó sin mí demasiado tiempo… demasiado tiempo…

He visto las caras de niños que estaban perdidos y que mis colegas y yo tuvimos el privilegio de devolverles a los brazos de su desesperada madre. He visto hemorragias que he sido capaz de parar, corazones a los que he sido capaz de dar una segunda oportunidad para volver a empezar y a las víctimas del crimen que mis camaradas y yo hemos sido capaces de proteger.
Tengo grabadas en mi mente las caras de las personas cuyas vidas mis compañeros y yo salvamos. Sí, tengo historias de éxito… y de fallos.

Tengo noches en las que no puedo dormir, simplemente porque veo las caras de los que no pude ayudar, porque no llegue a tiempo o simplemente porque pienso en un “y sí…” para cada caso en que fracasé. Y si usted nunca ve una milésima parte de esto, es porque la Guardia Civil ha hecho su trabajo…

Si cometo el más mínimo fallo lo pagaré dos veces y aún así me pondré mi uniforme, mi arma y saldré de nuevo. Porque es lo que los profesionales hacen, porque YO SOY GUARDIA CIVIL.

miércoles, 1 de julio de 2009

Carta de D. José Utrera Molina



Carta de D. José Utrera Molina publicada hoy en el ABC ante la taimada retirada de títulos a Francisco Franco por parte del Ayuntamiento de Madrid

He recibido la noticia del despojo que se hace por el Ayuntamiento de Madrid a Francisco Franco, con un sentimiento de tristeza infinita, de honda amargura y también de extraño estupor. Nunca creí que se vulneraran las leyes de la caballerosidad para lanzar un ataque a quien, ya muerto, respira aún junto al corazón de muchos españoles. Tengo que manifestar, por lo tanto, mi disgusto junto a mi sorpresa, y la tristeza y la amargura que me embargan, superan en este caso concreto a mi indignación, por motivos fácilmente comprensibles. No voy a ejercer ninguna clase de condena, ni tampoco me voy a distinguir en un ataque alevoso a los que, a solicitud del grupo comunista, han perpetrado el hecho de privar a quien fue Caudillo de España de unos títulos que le fueron otorgados con plena justicia. Pero quiero recordar que esta medida constituye, además, un contrasentido, porque precisamente quien ha sido atacado con esta disposición, recibió del actual Rey de España las siguientes palabras de elogio en el acto de su coronación: «Una figura excepcional entra en la historia. El nombre de Francisco Franco será ya un jalón del acontecer español y un hito al que será imposible dejar de referirse para entender la clave de nuestra vida política contemporánea. Con respeto y gratitud quiero recordar la figura de quien durante tantos años asumió la pesada responsabilidad de conducir la gobernación del Estado. Su recuerdo constituirá para mí, una exigencia de comportamiento y de lealtad para con las funciones que asumo al servicio de la patria. Es de pueblos grandes y nobles el saber recordar a quienes dedicaron su vida al servicio de un ideal. España nunca podrá olvidar a quien como soldado y estadista ha consagrado toda la existencia a su servicio».


¿Cómo es posible, que a tenor de estas justas apreciaciones del Rey de España, se pueda herir con tanta furia a quien nos gobernó durante un periodo de paz constructivo y eficiente y a quien se debe, queramos o no, la restauración de la monarquía actual, precisamente en la persona de Juan Carlos I ?

Después de considerar estas regias palabras, creo que constituyen un grave motivo de reflexión para aquellos que estimamos que la Transición fue un periodo político abierto a la reconciliación de todos los españoles. Hoy, después de tantos años, resulta que se resucitan los odios, que se alientan las divisiones y que con una especie de artilugio dialéctico se cubre con la palabra «democracia», todo lo que es un verdadero disparate histórico y que constituye la posibilidad de abrir nuevas heridas en el ya torturado corazón de muchos españoles.

Yo declaro aquí, en este artículo, mi lealtad a Francisco Franco. Lo hago consciente de los ataques que aún he de recibir, de las injurias que van a cubrir mi nombre, de las patrañas que van a envolver la verdad que defiendo, pero entiendo, que esa lealtad jurada, me obliga hasta el último día de mi existencia. Me avergüenzo de que se hayan producido situaciones como las que describo, me duelen en el fondo de mi alma. Tengo pruebas fehacientes de haber ejercido antes de que lo proclamara nadie, una verdadera política de reconciliación. Entre otras cosas, porque en los dos bandos en conflicto tuve familiares muy próximos a los cuales consideré siempre equiparables en su buena fe y en su dignidad. Hoy me estremece que sean los herederos de los fusilamientos de Paracuellos y de tantos crímenes como España entera conoce, los que obliguen a un colectivo municipal a bajar la cabeza, o a hacer referencias a determinadas figuras envueltas en las brumas ciertamente acentuadas de la lejanía histórica.

Insisto en que pretendo única y exclusivamente emitir mi opinión sin ánimo de ofensa a nadie, sin pretender ninguna descalificación política. Allá cada uno a la escucha de los latidos de la propia conciencia. Cuando pase el tiempo, estoy seguro de que muchos de los que han votado una moción semejante, sentirán el escalofrío que produce el recuerdo de haber obrado injustamente, la vergüenza y el bochorno que suscita un ataque sin piedad a quien ya yace sepultado, aunque no en el olvido de muchos españoles que hoy reciben una afrenta injustificada.

Julio 1, 2009

martes, 30 de junio de 2009

La cultura, en Colono


Ustedes recordarán a Edipo. Ciego y desterrado de Tebas, Edipo llega a una circunscripción del Ática, al norte de Atenas, a Colono. Entonces, los habitantes le piden que se marche.

Hace un par de días, por insistencia de alguien muy querido, fui a ver una representación de Edipo en el teatro del Matadero, en Madrid. La sensación que se me quedó es que la cultura, desterrada de los circuitos convencionales y ciega, al llegar a Madrid, recibe el deseo de ser expulsada de la misma por sus habitantes.

Es sabido que lo que hoy se impone es la cultura con “k”, que de Quevedo a Jardiel todo está proscrito y cuando no, manipulado por la giliprogresía que nos domina y castiga. Que todo lo que no sea marxismo rampante es la idiocia, y no hay luz fuera de lo políticamente correcto.

Aun sin comulgar, como es público y notorio, con esa corriente imperante, debo reconocer que ya me estaba acostumbrando a no recibir más que distorsiones, imágenes embotelladas de lo que pudo un día ser bello y ahora es deforme. Pero este Edipo representado en el teatro del Matadero (buen nombre, donde se ejecuta a la cultura sistemáticamente) ha resultado ser excesivo para mis quizá obsoletas entendederas.

Que a Edipo lo represente un actor más propio para pasar por un viejo sidoso que por un rey, puede pasar. Que sin sentido alguno aparezca alguien disfrazado de Humprey Bogart, quizá como castigo al actor por algún remoto escarceo de éste con la esposa del figurinista, tiene un pase. Que se simule el sobrevuelo de un helicóptero sobre el público por razones que quizá Freud pueda descifrar, lo omitiré piadosamente. Que proyecten de fondo imágenes que podrían quedar dignas en un video reportaje de primera comunión, pero jamás en un teatro y menos movido con fondos públicos, ya hace tragar quina. Pero que me coloquen un teléfono heraldo de telefónica y un secador de peluquería de señoras de los años sesenta en medio de la trama de Antígona, más que broma, resulta una tomadura de pelo absoluta, y eso que ya va quedándome poco.

El actor principal, con una dicción que recordaba increiblemente a Zapatero cuando en pleno discurso pierde el hilo de lo que dice, con menos pasión de la que servidor ponía en tercero de EGB en los agustinos cuando recitaba a Espronceda, remata la forma. La remata en el más puro sentido: la mata dos veces. En cuanto al fondo… bueno, hacer un remix de Edipo rey, Edipo en Colono y Antígona en una sola tirada, así, sin anestesia ni nada, sería solo comparable a resumir el Pentateuco en una caja de cerillas. Posible pero temerario. Particularmente pienso que si Sófocles reviviera los corría a todos, actores, director, personal de servicios , tramoyistas y hasta público, a puñetazos hasta el Peloponeso.

Me crujen las cuadernas al hablar así de un acto cultural. Del acto cultural por antonomasia, una representación teatral; y conste que intenté despojarme de antemano de prejuicios, que a flor de piel estaban cuando el en tríptico apareció el nombre de Mario Gas, ocupa de nuestra cultura con minúsculas que huele a su propio apellido, al menos desde que se alió con ese macarra revestido de friki que quería que volaran a España (que en gloria pudra, por cierto).

Debo reconocerles que lo que si me ha despertado es añoranza. Añoranza de aquellas tardes en el Español, cuando allí moraba uno de los mejores hombres de teatro que podrían pisar esta piel de toro, Gustavo Pérez Puig. Añoranza de lo que es el respeto a nuestro bagaje, nuestro acervo. Añoranza del saber hacer bien las cosas. Añoranza de la cultura al alcance de todos, y no del aprovechamiento de la subvención con fines depilatorios en el cráneo de los ciudadanos.

Decía Demócrates que todo está perdido cuando los malos sirven de ejemplo y los buenos, de mofa. Yo añado que cuando se aplaude a la hez y se denosta el lustre, no solo todo está perdido sino que está podrido.

Juan V. Oltra

http://www.minutodigital.com/

sábado, 27 de junio de 2009

Cartas a un maestro nacional


IX La escuela de la Falange

Ha de ser nuestra escuela muy alegre, cómoda y sumamente higiénica, en lo material, sin suntuosidades de palacio ni lujos innecesarios.

El alarife construirá un sencillo pabellón, en planta baja, y cercará unos metros de terreno contiguos a él, muchos metros, cuantos más mejor. Nosotros alhajaremos el salón y cuidaremos el jardín, pues nuestros alumnos no gastarán su dinero en lo que ellos puedan hacerse, y lo pueden casi todo, desde el libro que leen hasta el mapa que estudian, porque para eso tienen un maestro de la Falange, inteligente y con vocación de sobra.

Colocado tu allí, compañero, no te dedicarás a desterrar el analfabetismo, según frase hecha que corrió tanto en otros tiempos, porque estamos convencidos de que los males que aquejaron a España no tuvieron su origen en que un tal número de compatriotas no supiesen mascullar una sílaba, como tampoco dependió de ello nuestro esplendor de otros tiempos.

La escuela de Falange se dedicará a infundir religión, patriotismo, ciudadanía, nobles y elevados sentiemientos, formará al niño según nuestra psicología y nuestra historia tradicional, educará… mientras va enseñando a leer lo que deba leerse, y a escribir lo que sea digno de expresarse por mediode los signos gráficos.

Nuestra escuela tendrá unidad, será nacional y católica, y sabrá exaltar el espíritu de Justicia, y los valores caballerescos de los viejos hidalgos españoles.

La Escuela de la Falange sostendrá íntimas relaciones y mutuas inteligencias con las otras escuelas que vayan a ese mismo fin – y tendrán que ir todas-, a las que considerará coadyudantes a la gran obra naci0onal, sin importarle el número, pues más bien quiere la Falange que la iniciativa probada se muestre con toda esplendidez, y atienda a la educación nacional son sana intención y pureza de doctrina.

La Falange quiere que sean pocas y muy buenas, por dentro y por fuera, las escuelas nacionales que pague el Estado, y quiere que tú, compañero, estés a salvo de toda penuria, para que puedas dedicarte en ellas, con completa tranquilidad de espíritu, a luchar tenazmente contra la ineducación que seca el corazón atrofia la voluntad y embota la inteligencia.

En esa escuela compañero, has de trabajar tu acordándote de Calasanz y de Majón, que son nuestros pedagogos, con exclusión absoluta de esos otros cuyos nombres no quiero ni escribir, por si se me olvidan algunas de sus zetas o haches que llevan en medio.

Nuestra Pedagogía
Gonzalo Gálvez Carmona, 1938

viernes, 26 de junio de 2009

Yo Acuso


Conformándonos por el terror a las necesidades circunstanciales de lo cotidiano, el asesinato separatista se ha convertido en una guirnalda en torno a nuestros cuellos. Cerramos los ojos ante el odio, la hiel y la burla del nacional separatismo y surcamos el espacio y el tiempo como una galera sin arboladura porque le hemos cogido el acomodo a este calvario de pánico que, de vez en cuando, escupe sangre, fuego y metralla como en Arrigorriaga, donde Eduardo Puelles García ardió como la yesca hasta quedar carbonizado dentro de su coche. Mañana, su nombre, no será ni un recuerdo en los territorios de la memoria. Mera estadística.

Después de lo irreparable, el crimen, viene siempre lo insoportable, las declaraciones de los políticos, quienes, con la testarudez de los borrachos y la grave profundidad que la embriaguez confiere a las palabras pobres y frías, insisten siempre en que ETA no va a conseguir nada. ¡Qué trágala tan estúpido y, por lo tanto, tan políticamente correcta!

ETA ha conseguido generalizar un espíritu separatista que emponzoña Vasconia toda de los pozos a los hornos. ETA ha conseguido seducir a gran parte de la juventud vasca, la cobarde complicidad de la mayoría, la silenciosa quietud de los que nada hacen porque sólo esperan a ver qué pasa y a ver quién gana; el exilio interior y exterior de otros muchos, y la heróica lucha de unos pocos, como Eduardo Puelles García, que firman con su sangre la anónima indiferencia de esa inmensa mayoría que escucha los disparos como quien oye el despertador.

ETA ha conseguido que la idea de España y el nombre de España sean una despreciable baratija en la conciencia colectiva de los vascos, y un concepto por el que no merece la pena luchar ni en el orden de prioridades ni en la escala de valores del resto de los españoles, pues cada vez que un español no vasco dice que se les dé la independencia ETA suma una voluntad más a su objetivo final, precisa y paradójicamente por la ausencia de voluntad de quien así se expresa.

¿Hay alguien que, sin ser un memo patológico, pueda creerse el mensaje oficial que nos dice que ETA está en las últimas, que está en trance de ser derrotada y que los asesinatos que comete son la prueba de su debilidad?

¿Hay alguien que pueda metabolizar y entender que el Ejército Español esté combatiendo a miles de kilómetros de su Patria contra el terrorismo del Corán y del turbante, mientras el terrorismo de chapela asesina españoles a domicilio, a placer y en régimen de barra libre?

¿Hay alguien que pueda entender que sus señorías estén más preocupadas por los procesos de reinserción de los etarras que por el castigo implacable al que deberían ser sometidos?

¿Hay alguien que alcance a comprender que la meta, más o menos evidente, de todas las políticas contraterroristas que se han diseñado en España no haya sido la eliminación física de la organización terrorista ETA, sino el diálogo y la negociación con ella?

Por todo eso yo acuso del asesinato de Eduardo Puelles García a todos los que aceptaron por cobardía intelectual la constitucional mentira de que España es una Nación de naciones.

Yo acuso a todos lo que por rencor político otorgaron a ETA el letal salvoconducto de luchadores por la libertad.

Yo acuso a todos los que enfatizan el hecho diferencial como fuente generadora de agraviantes derechos históricos para despreciar el hecho comunal español, aceptando perezosa y mansamente que el ser catalán, vasco o gallego es incompatible con el ser y sentirse español.

Yo acuso a todos los que llevan treinta años estigmatizando el patriotismo español y motejando de democrático el separatismo del PNV, de CiU, del BNG y de ERC.

Yo acuso a todos los que reafirman la perversión democrática de que a través de las urnas se puede desgarrar el manto de la Unidad Nacional Española.

Yo acuso a todos los que pusieron en manos de políticos esencialmente desleales a España las competencias de Educación y Cultura sabiendo perfectamente cómo y para qué las iban a utilizar.

Yo acuso a los que aprobaron un sistema y unas leyes electorales que otorgan una representación parlamentaria absolutamente desproporcionada a partidos separatistas.

Yo acuso a todos los que por intereses sectarios y coyunturales han coqueteado con los partidos separatistas para conformar mayorías de gobierno.

Yo acuso a todos los que desde sus responsabilidades políticas, periodísticas y educativas son incapaces de alzar la voz para darle fuerza al vino de nuestra Historia hasta que este pueblo sin memoria entienda clarísimamente que ni la Democracia, ni la Constitución, ni el Parlamento, ni el Rey, tienen potestad, ni autoridad, ni legitimidad, para conceder la independencia ni a la porción de tierra de España que cabe en una maceta.

Ahora, hoy, ya es tarde. Demasiado tarde para que la esperanza sea algo más que un sueño. Treinta años de abstracción política constitucional han convertido a España en una abstracción conceptual tan difusa que sólo palpita con verdadera pasión en el corazón de los que la odian.

Ellos esperan la independencia con más amor y fidelidad que Penélope a Ulises. Nosotros sólo esperamos que dejen de matar mientras les animamos a que sigan perpetrando, por la vía del diálogo, el más repugnante de los crímenes: el separatismo.

Eduardo García Serrano

http://www.diarioya.es/


jueves, 25 de junio de 2009

Banderas arriadas


Durante el acto del Cerro de los Angeles retiraron las banderas de España


Varios de los asistentes al acto que tuvo lugar el pasado domingo en el Cerro de los Ángeles han hecho saber que por parte de la Organización se había dispuesto la retirada de todas las banderas de España, muchas de las cuales aparecían ornadas con el Sagrado Corazón de Jesús, símbolo católico donde los haya que es frecuente ver en peregrinaciones europeas junto al respectivo emblema nacional. Algunos así, lo hicieron, otros se marcharon o se mantuvieron discretamente apartados del entorno recogido por las cámaras.
Detrás del suceso hay algo más que una anécdota porque lo ocurrido es expresión perfecta de las dos cosmovisiones que desgarran al mundo católico. La devoción al Sagrado Corazón de Jesús nació y se extendió vinculada de una manera muy especial a esa corriente puramente católica pero que se puede definir por su oposición al jansenismo en el siglo XVIII, a la Revolución en el XIX o al comunismo en el XX. Por eso siempre despertó el odio y la persecución de ilustrados, jansenistas, jacobinos, liberales, masones, socialistas… Esta devoción tuvo siempre grandes enemigos, incluso entre quienes —como los jansenistas o los católico-liberales— se pretendían representantes de las más puras esencias del cristianismo o detentaban altos cargos eclesiásticos. Mártires del Sagrado Corazón fueron, entre otros, los miles de católicos masacrados en la Vandea, el presidente de Ecuador García Moreno, los cristeros mejicanos y los caídos de nuestra Cruzada. Todos ellos tienen en común haber reivindicado de manera efectiva la obligación que tenemos de sustentar también el orden temporal sobre la Revelación. De ahí formulaciones como la de la Realeza Social de Jesucristo.
Por eso es perfectamente explicable que la devoción al Sagrado Corazón de Jesús entrara en una profunda crisis cuando ideas inspiradas en el liberalismo y el socialismo, bajo el manto común del neo-modernismo condenado por la Humani Generis de Pío XII se hicieron predominantes al socaire de la nouvelle théologie y de la teología de la liberación y de sus respectivos postulados asumidos en el discurso oficial. Al tiempo que sobrevivía como elemento de identidad de quienes nos resistíamos a aceptar la traición, surgían grupos que —como ha dicho el Cardenal Rouco Varela— trataban de «recuperar y renovar, en clave del nuevo marco teológico y espiritual abierto por el Concilio Vaticano II, la teología del Sagrado Corazón de Jesús» (http://www.zenit.org/rssspanish-31610). La frase con la que se abría la fórmula pronunciada de manera colectiva por todos los asistentes al acto del domingo no podía ser más expresiva: «Hijo eterno de Dios y Redentor del mundo, Jesús bueno, tú que al hacerte hombre te has unido en cierto modo a todo hombre…». Expresión confusa, tomada de Gaudium et Spes, 22, que con la vaporosa fórmula “en cierto modo” no logra disipar la abolición de toda distinción entre el orden natural y el sobrenatural, una de las tesis mas queridas y de consecuencias más nefastas de la nouvelle théologie.
En el Cerro de los Ángeles chocaron el pasado domingo dos teologías contradictorias y excluyentes por su propia naturaleza. Por eso todo el peso de la oficialidad cayó sobre una de ellas. Las banderas de España con el Sagrado Corazón de Jesús vienen a recordar que la consagración de España —si se quiere auténtica— es un acto plenamente político, aun cuando su finalidad sea el cumplimiento de un deber social de religión. Además, su efecto secundario, el bien común temporal, es de naturaleza también netamente política. El acto del domingo, lo ha dicho con toda claridad el Cardenal Rouco: «Lo hacemos, naturalmente, en un contexto de relaciones Iglesia-Estado distinto que en 1919. Estamos en un Estado aconfesional, en un Estado laico, en el sentido positivo de la expresión, que no es confesional, pero está abierto, por la vía del reconocimiento de la libertad religiosa, a este tipo de expresiones».
Sinceramente, si yo me presento con mi bandera del Atlético en el acto de presentación de Cristiano Ronaldo y la dirección del Real Madrid me dice que me vaya no tengo derecho a quejarme. Nadie me había invitado a aquella fiesta.


Angel David Martín Rubio


viernes, 19 de junio de 2009

ETA ASESINA


Eduardo Antonio Puelles García



Descanse en Paz



La muerte no es el final



ETA ASESINA, NI OLVIDO NI PERDÓN

miércoles, 17 de junio de 2009

Hay en mis venas gotas de sangre jacobina


Franns Rilles, inmigrante boliviano en situación ilegal en España, era explotado rigurosa y metódicamente en la panificadora valenciana en la que trabajaba en régimen de esclavitud. Doce horas diarias en el tajo por setecientos euros al mes en negro, sin contrato, sin papeles, sin Seguridad Social, sin derechos y, a partir de ahora, sin un brazo. Sin el brazo izquierdo que una máquina le arrancó de cuajo empapando en sangre el pan de su patrón, uno de esos cabronazos que saben que el miedo de los inmigrantes ilegales es como el humo de las ciudades derrotadas, enmascara el saqueo y emboza el pillaje.
¿En qué nos convertimos cuando la ley, la decencia y la justicia desaparecen? Pues en el patrón de Franns Rilles, ése cabronazo que le abandonó desangrándose por el muñón del brazo a doscientos metros del hospital más cercano susurrándole al oído que no contara la verdad, porque él sabe que estos pobres desgraciados vienen todos de los dientes de la injusticia que cosen el hambre como las lanzaderas de un telar, y que si quieren trabajar tienen que callar. Tragar y callar, porque los códigos y las pautas del mercado se han convertido en la ley de leyes hasta tal punto que todos hemos olvidado que al mercado se acude en busca de verduras, no de justicia.
Vienen buscando pan y justicia y cuando llegan aquí caen en las ávidas manos de mercaderes poco dispuestos a conceder una hospitalidad que no paga al contado. Caen en manos de negreros como el patrón de Franns Rilles, más astutos que inteligentes, cuyo único evangelio es la codicia, que regatean cuando compran y engañan cuando venden. Son los chulos de la miseria, los dueños de la lonja de carne humana, marcada por la fría escualidez del hambre. Son los alquimistas que convierten en oro la desesperación y el terror, el vacío y la soledad de los inmigrantes ilegales.
Como con esa estirpe de usureros yo me niego a representar la comedia de la indulgencia y a adoptar la hipocresía del respeto, diré que a mí el patrón de Franns Rilles me recuerda gratamente a Foulón, aquél ministro de Luis XVI que con ocasión de una hambruna que diezmaba Francia dijo que si el pueblo tenía hambre, que comiese hierba. Naturalmente, cuando estalló la Revolución, la cabeza de Foulón apareció en lo alto de una pica con la boca llena de hierba.
El patrón de Franns Rilles puede dormir tranquilo, pues su cabeza con la boca llena de pan coronando una pica es sólo un sueño, onírica imagen producida por las gotas de sangre jacobina que circulan por mis venas.


Eduardo García Serrano.
Editorial del programa “Sencillamente Radio”

jueves, 11 de junio de 2009

El titadyn no engaña


La sentencia del 11-M es aterradora, no sólo para las víctimas de los atentados, también para la sociedad española en general y para cualquier ciudadano que tenga el decoro moral de pensar con independencia de criterio. Así lo dije cuando fue dictada. Dije entonces, y lo reitero hoy, que la sentencia del 11-M es toda ella una falsedad de consenso fundamentada en una investigación chapucera que, deliberadamente, huye del propósito de hallar la verdad hasta el punto de ocultar la identificación química y la datación científica del explosivo que causó la masacre.

La sentencia del 11-M establece la no participación, en ningún grado, de ETA ni de la red terrorista Al Qaeda, y culpa y condena por la comisión de los atentados sólo y nada más que a los sicarios que los perpetraron sin buscar y, por tanto, sin hallar a la inteligencia que los ideó, que los planificó, que les dio cobertura logística, perfil estratégico y armazón táctico.

Conclusión aterradora para las víctimas, en particular, y para la sociedad española, en general: sé que mi hijo murió, pero no sé por qué murió ni sé con qué fines se llevaron a cabo los atentados en los que mi hijo, mi madre, mi hermano, mi mujer, mi novia, mi marido, mi amigo o mi padre murieron porque, según se establece de la sentencia, el mayor atentado terrorista de la historia de Europa lo diseñan y lo ejecutan un subnormal que trapichea con explosivos en el top-manta de la dinamita asturiana y veintitantos rufianes magrebíes avecinados en Lavapíes que mercadean con hachís, con móviles robados y con la quincalla de los rateros de poca monta ejerciendo, varios de ellos, de chotas de la policía.

Con qué alegría repetía Rubalcaba a los cuatro vientos que, según la sentencia, no había sido ETA. Su alegría por la exculpación de ETA era directamente proporcional a la timorata satisfacción del PP porque, según la sentencia, ni la guerra de Iraq había sido el detonante de los atentados ni Al Qaeda la mano ejecutora de los mismos. Y ambos, PP y PSOE, nos conminaban a todos a creérnoslo porque la sentencia, su amadísima sentencia de consenso, es la única verdad absoluta que debemos adorar pues para ellos la sentencia del 11-M es más, mucho más que eso: es un dogma de fe democrática y de lealtad institucional, y como tal ¡Ay de aquél hereje democrático que se atreva a ponerla en duda!

Cuando escuché y leí la sentencia y la inmediata reacción de consenso favorable a la misma de los partidos políticos, me acordé de lo que Chateaubriand dice, paradójicamente, en sus Memorias de Ultratumba: “cuando en el silencio de la abyección ya sólo resuenan la cadena del esclavo y la voz del delator, cuando todo tiembla ante el tirano, al historiador le incumbe la tarea de la venganza de los pueblos. De nada le sirve triunfar a Nerón, tácito ya ha nacido en el Imperio”.

Y Tácito, nuestro Tácito, el Tácito español del 11-M, se llama Antonio Iglesias, brillante y valiente químico que en su libro Titadyn demuestra científicamente que lo que no ocurrió en los atentados es lo que la sentencia del 11-M dice que sí ocurrió, pues en todos los restos de los focos se halló dinitrotolueno y en el único que no fue lavado con agua y acetona se halló nitroglicerina, dos componentes que están en el Titadyn pero no en la Goma 2 ECO.

Por tanto, es imposible lo que asegura la sentencia sobre que “toda o gran parte de la dinamita que estalló en los trenes procedía de Mina Conchita” porque en Mina Conchita había Goma 2 ECO, pero no Titadyn.

Eduardo García Serrano.
Editorial del programa “Sencillamente Radio”