martes, 14 de octubre de 2008

RAFAEL GARCÍA SERRANO, VEINTE AÑOS. (por Rafael C. Estremera)


Porque ya son veinte años los que van desde el fallecimiento del gran maestro de las letras españolas, Rafael García Serrano.
Cuando, allá por 1979, leí La fiel infantería y el Diccionario para un macuto –las primeras obras de Rafael García Serrano que cayeron en mis manos- me convertí en un incansable seguidor del maestro.
No sólo las novelas que las editoriales –la Planeta de entonces, que supo sustraerse a la presión oficial y satisfacer a un público agradecido-, ponían a disposición del lector, sino también los artículos que, con la cabecera genérica de Dietario Personal, publicaba El Alcázar.
Aquellos artículos, bien que escritos sobre la marcha del día a día, casi sobre el tambor, seguían siendo una obra maestra, y di en coleccionarlos también.
Quedaron los Dietarios depositados en una carpeta a la que volvía con frecuencia, tanto por simple gusto como para –siguiendo el ejemplo de Sthendal con el Código Civil napoleónico- coger tono.
Llegó, a finales de los 80, un momento en que las circunstancias me pusieron en disposición de difundir aquellos recortes. Surgió una mínima edición de los mismos, fotocopiada y encuadernada artesanal y rudimentariamente, que distribuyó EJE. Aquello se detuvo por dos razones; la primera, el temor de que los herederos del maestro lo considerasen inoportuno; la segunda, que no queríamos parecer unos aprovechados del trabajo y el genio ajeno, a pesar de que el beneficio económico era nulo, y el trabajo considerable.
Sólo años después, cuando la informática se había instalado en nuestras vidas de forma irreversible y medianamente asequible, lejos de los primeros y carísimos balbuceos en que intentarlo hubiera sido una temeridad, dediqué los ratos libres a la conservación de aquellos Dietarios en el nuevo y universal formato digital.
Los guardé para mi, sin más intención que la antedicha de preservarlos de cara a la posteridad.
El mundo da muchas vueltas; tantas, que a veces parece una centrifugadora capaz de agrupar las partículas de similar entidad. Dicho más a la pata la llana y recurriendo al refranero: Dios los cría y ellos se juntan.
De modo que, navegando en ese mundo virtual del ciberespacio; en esa gigantesca maraña que nos aproxima y separa de nuestros semejantes, nos acabamos encontrando algunos que –amén de Nacionalsindicalistas, que eso se da por supuesto- guardábamos idéntica fidelidad, agradecimiento y admiración reverencial a Rafael García Serrano.
Surgió el tema, recordé aquellos Dietarios, lo comenté, y fui urgido a compartir mis tesoros con los hermanos de la cofradía rafaelista, cosa que hice pronta y gustosamente, a la vez que ellos completaban mi colección con sus aportaciones.
Aquí, a continuación, está una de esas obras de arte que Rafael García Serrano hizo cada día y que ninguna editorial pudiente se ha molestado en publicar. Dios las premie con muchos lectores tontos, de los que compran el último premio “nosecuantos” sin conocer el título; de los que compran libros al peso, o por metros, o porque en el lote incluyen una tele, un mueble para la tele y una tostadora que hace palomitas para ver la tele. Es lo suyo.
En mi colección hay casi trescientos artículos de los miles que deben estar por ahí, en viejos recortes de periódico, en desvanes, en armarios o carpetas olvidadas. Acaso, si el “Gran Hermano” -el de Orwell, no el de la tele- aún no ha hecho limpieza, en las hemerotecas.
De forma que aprovecho la ocasión para pedir su colaboración a todo el que pueda prestarla de cualquier forma, para rescatar el máximo posible de estas pequeñas obras de arte; pequeñas por extensión, monumentales por contenido. Y para ofrecerlos a las editoriales que puedan tener interés en hacer algo más que la pelota a los tontilocos papanatoides habituales.
Llegará el día en que baje el nivel de las aguas –y de la mierda-, y los supervivientes nos lo agradecerán.
Aquí, amigos, una muestra mejor que todo lo que yo pueda decir:


Diario de a bordo del Che Colón(Fragmento correspondiente a la fecha de hoy)MIÉRCOLES, 12 DE OCTUBRE (83)


La verdad es que en mis anteriores viajes (dilatados y múltiples), mis ojos lo habían visto todo del Levante al Poniente, desde la ciudad sagrada de La Habana {alabado sea el comandante Castro, profeta de Marx, que mil siglos viva) a las indómitas e infieles hordas de San Francisco, del Septentrión inexplorado y hostil hasta la tierra del Sur, donde habitan las hordas rebeldes de la Argentina y Chile; incluso, por el camino de la noche, alcanzó las mil cebollas del Kremlin, que irradian con su luz boreal la de la única y verdadera religión. Sólo Marx me ayudó, y sólo Marx fue el único que sabía de mi corazón cuando descubrí esta prometedora tierra sin nombre, seguramente a causa de que tiene más de cien, que recuerda los desiertos de Méjico, a veces el espinazo de los Andes, las altiplanicies, las sabanas, y también las orillas del Guayas, y a ratos me recuerda el aire suave como el de las noches del Caribe, y altos bosques —de los pocos que se salvan del furor de una tribu que los incendia en verano como sacrificicio sus dioses—, y hay ríos y lagos muchos, hechos, estos últimos, al parecer, en una larga y oscura noche por un demonio llamado Franco, del cual no se conservan imágenes, aunque todos sin agua, tanto ríos como lagos, si bien hay muchos adoradores de este demonio, al que toman por Dios. Ni ríos ni lagos me recuerdan a los nuestros, porque son menguados.
Otro tanto pasa con los miembros de una secta —la tele le llman lo mismo el pueblo que los caciques—, cuya tradición es recibir y entrevistar a los visitantes y sobre todo a los caciques, y hacerles preguntas y cantar sus alabanzas. Suelen ser, en general, cortos de talla y entendederas, pero muy estimados. He conocido dos o tres que son verdaderamente tarramusquitos y casi tontos, pero me dicen que aquí la tradición de los enanos y los bobos es ley y me citan a uno muy famoso, el de Coria, según cuentan. Calculo que debe de ser una especie de residuo de alguna religión antiquísima. Refieren que sus reyes se divertían con tales monstruos, bufones e idiotas y ahora hacen lo mismo, lo que aquí llaman, según sus sagrados textos, el pueblo soberano. No sé, la verdad. Esto es bueno, porque la historia de los grandes descubrimientos y conquistas de nuestra Santa Madre URSS están llenas de tontos indígenas, a quienes llamamos útiles. De eso hay aquí tanta cantidad como al Sur de nuestro continente aves guaneras y del mismo modo que los detritus de éstas son muy útiles en nuestra agricultura, los tontos útiles rinden tanto en estos pagos que la cosecha de nuestro padre el Kremlin será ubérrima.
Respecto a ganadería precisaré que bestias de ninguna manera vi, salvo papagayos y especies semejantes con distintos nombres, de plumaje gris, diputados, senadores, caciques, que no ofrecen ningún peligro al extranjero, pero que acarrean grandes daños a sus súbditos, esclavos y enemigos. Cuando tenga tiempo haré relación puntual de estas y otras bestias, a fines científicos y de posible explotación.
Marx me endereza por su piedad a que halle oro, pero lo cierto es que no se encuentra mucho, aunque el que hay me lo dan de buena gana para mayor gloria del Kremlin a cambio de bonetes colorados, collares, sortijas, cascabeles y el dulce rumor de algunas, palabras que consideran mágicas: democracia. Constitución, progreso, solidaridad con los pueblos que gimen bajo las dictaduras y otras por el estilo. Si les dices que son guapos, que el mundo les mira y que sus leyes y costumbres constituyen un ejemplo a seguir y admirar por todos, menean el rabo y te lamen las manos. Son de estatura regular y de diversos colores, rubios, morenos, casi prietos a veces, castaños de pellejo; en cierto modo, se diría que muy semejantes a nosotros, salvo que aquí se advierte menos mestizaje y se sospecha que ya no queda ni para muestra un descendiente de los primeros pobladores o de la raza aborigen, si la hubo. Tengo la impresión de que este descubrimiento va a ser lo más grande desde la creación del mundo por Marx, excepto la encarnación, muerte y conservación de Lenin por los siglos en la Plaza de la Manzana.
Hoy he plantado el estandarte rojo, con la hoz y el martillo y la estrella de cinco puntas, que les encandila sobremanera, ante los caciques y entre la curiosidad de los indígenas y he tomado posesión de estas Tierras de Bobos en el nombre de Marx, Engels y Lenin.

Rafael García Serrano.


Poco más que decir, en vista de que al cabo de un cuarto de siglo -veinticinco años día por día- lo que escribió el gran Rafael es tan actual como entonces, sin ni siquiera sustituir a la vieja y apolillada URSS, porque un tal señor Rodríguez sigue empeñado en no enterarse de la caída del Muro de Berlín, y en revivir la cipaya y guerracivilista y segundorepublicana orgía de desatinos de los cómplices de su abuelito, fieles seguidores del padrecito Stalin.
Rafael C. Estremera.
http://milibreopinion.zoomblog.com/

domingo, 5 de octubre de 2008

"Qué asco"


Hemos dicho alguna vez que uno de los problemas de este país es que los malos han ganado la batalla del lenguaje, que es lo mismo que ganar la batalla de la opinión pública. Los malos, por supuesto, son los asesinos y los separatistas. Y la razón por la que han ganado esa batalla es porque el resto de los españoles aceptamos un trágala en la Transición que consistía en tener que aceptar que los mal llamados “nacionalistas” de Vascongadas, Cataluña y Galicia debían tener una consideración especial. Un error gravísimo, de consecuencias terribles para varias generaciones de ciudadanos.


Ni Galicia, ni Vascongadas, ni Cataluña han sido nunca otra cosa que regiones españolas. En el tercer caso, sólo una irrisoria proclamación de independencia lanzada por Companys desde el balcón de la Generalidad interrumpió durante un breve periodo de tiempo la incontestable españolidad catalana. Las otras dos, ni eso. Si ha sido así durante siglos, ¿tiene sentido hoy, en plena revolución de internet, un intento de inventarse fronteras nuevas basadas en un insignificante particularismo cultural?

Ayer, miles de personas secundaron una marcha permitida por el juez Fernando Andreu (nada beligerante con los grupos radicales de la “izquierda abertzale”?) para protestar por la ilegalización de los partidos proetarras ANV y PCTV. Una de las acusaciones que lanzaron contra el Gobierno es que “usa políticamente la violencia”. O sea, el problema no es la “violencia” ni los “violentos” (léase “terrorismo” y “terroristas”), sino el uso político que se hace de ello. Para estos malnacidos, matar españoles no es un delito.

En su demencia, en su locura colectiva, los convocantes llegaron a afirmar lo siguiente: “Se llama terrorista a quien trabaja por la democracia, mientras que se considera demócrata al torturador". Esta barbaridad, que si en España hubiera Justicia tendría que llevar a su autor a la cárcel, fue respaldada y apoyada por miles de individuos que justifican el asesinato de personas inocentes, que con su presencia en estas marchas están ofreciendo sus manos a quienes tienen las pistolas cargadas. Qué indecencia, ¡qué inmundicia!

¿A dónde pretendemos ir?, ¿cómo vamos a estar en la vanguardia de ninguna parte?, ¿cómo se nos va a tener en cuenta para cosas serias que afectan al conjunto del planeta? El virus incurable del separatismo filoterrorista vive en los cuerpos de miles de personas, a las que uno puede encontrarse en un bar, en una panadería o en el autobús. Monstruos, con apariencia humana, que no dudarían en atravesar nuestra cabeza si supieran que somos y nos sentimos españoles. Qué asco, ¿verdad?


martes, 23 de septiembre de 2008

CLAMOROSOS SILENCIOS


Este desahogo, que no llega a ser artículo, es la simple constatación de lo que ya advertía ayer, a propósito de las almas podridas que convocan silencios y enlutan banderas por un concejal socialista, y vuelven las jetas ante el asesinato de un militar.


Oxímoron aparte, hay silencios que claman. Silencios que claman al cielo, que claman venganza, que claman respeto o claman vergüenza.Silencios que brillan por su ausencia, como el que no se ha observado hoy en algunos centros de la Administración, bajo este Gobierno que hace distinciones entre los muertos, según sean hombres de uniforme o poiliticuchos del tinglado.No ha habido minutos de silencio para el brigada don Luis Conde de la Cruz; no ha habido Banderas a media asta. Y con esto ven que no andaba ayer descaminado en el aviso.Y don Luis Conde se habrá alegrado, porque para un militar de raza nada hay más hermoso que ver ondear al cielo la enseña de la Patria.Y a los hideputas, que les vayan dando.


Rafael C. Estremera


lunes, 22 de septiembre de 2008


BRIGADA LUIS CONDE DE LA CRUZ



DESCANSE EN PAZ



¡ NI OLVIDO NI PERDÓN !

jueves, 18 de septiembre de 2008

miércoles, 17 de septiembre de 2008

POR FAVOR... CONTESTE EN CATALÁN





Ellos no paran y, consiguientemente, nosotros tampoco. A cada nueva chorrada nacionalista debe articularse una respuesta clara de los que, en la España de 2.008, seguimos creyendo en España como proyecto común válido y permanente. Por eso, y podéis creerme que lo siento muchísimo, una vez más tenemos que hablar de Carod Rovira y del gang de los nacionalistas catalanes. Ciertamente lo siento... aunque hubiera podido ser peor. Consolaos pensando que, al menos, hoy no toca hablar de Ibarreche. Algo es algo. Además, y desde mi visión de modesto columnista, tengo que agradecer a Carod su carácter de comodín cuando no se me ocurre nada para llenar estos folios semanales que os escribo. Siempre está ahí cuando se le necesita...



La verdad es que agotan. Mes tras mes, los políticos nacionalistas nos agreden con sus persistentes iniciativas de disolución nacional. Pesados y cursis, se han apuntado a la empresa de cargarse España al ritmo de la xenofobia y del racismo. Porque sólo bajo estos dos conceptos puede definirse la nueva campañita del siniestro Departamento de Política Lingüística de la Generalitat, directamente dependiente de la Vicepresidencia del Gobierno Catalán. No me digáis que esta denominación no tiene alguna reminiscencia semántica con aquellas oficinas que, dotadas de nombres kilométricos, jalonaban la Alemania de los años treinta. Oficinas que, también directamente dependientes de tal o cual Departamento, tenían como misión principal verificar la prevalencia intelectual o social de la etnia alemana sobre cualquier otra de las existentes dentro del territorio del Reich. Más o menos iguales a toda esta caterva de estas extrañas oficinas o secciones que, aparecidas con profusión -como setas de un bosque racial- en esta España Zetapera, han surgido en determinadas Comunidades Autónomas.



Esta vez, la nueva campaña de la Generalitat tiene por objetivo convencer a los catalanoparlantes de que no contesten en castellano a los que se dirijan a ellos en castellano. Así de clarito. Y por esto alguien habrá -incluso- cobrado. Si se escarba lo suficiente, encontraremos algún primo o cuñado de alguien detrás de esta memez. Lo cierto es que, además de profundamente racista, la medida es no menos descortés y, también profundamente, maleducada. Alejada de cualquier norma esencial de urbanidad y buena educación ciudadana y, por supuesto, de la otra. De aquella buena educación que se recibe en casa. Este brillantísimo uso de los fondos públicos catalanes -aquellos fondos públicos que defienden tan ardientemente estos impresentables llamando subdesarrollados a los extremeños- ha sido presentado personalmente por el bueno de Carod-Rovira. Además, y siempre según fuentes autorizadas, el Vicepresidente se siente orgulloso de ello. Hasta propone que esta contestación racialmente catalana se haga con simpatía.



Sin embargo, y con la misma simpatía que nosotros podemos aplicar a la hora de manifestar nuestra opinión sobre esta nueva chorrada, también podemos manifestar algunas dudas sobre la aplicación de esta nueva política departamental nacionalista. Por ejemplo... ¿se debe contestar en catalán en todo caso? ¿sólo a los catalanes que se dirijan a tí en castellano? ¿sólo al resto de españoles -perdona Carod por la expresión- que no sepan catalán? ¿sólo a un ciudadano que viva en Cataluña con carácter estable y permanente? ¿sólo a los ciudadanos que estén de paso? ¿a todos? ¿qué ocurre con los ciudadanos extracomunitarios? ¿y con los comunitarios? ¿se considera ciudadano extracomunitario al andorrano? ¿a todo el mundo?



Todas estas preguntas son contestadas por el Vicepresidente Carod por medio de una regla de oro, de aplicación en caso de duda. Dice este cerebro privilegiado del activismo catalanista que el mejor gesto de educación que puedes tener hacia alguien de fuera es tratarlo como alguien que quiere ser de dentro. Más clarito imposible. Un comercial de telas de -pongo por caso- Ciudad Real que pase por Tarrasa será tratado -ipso facto y en virtud de esta política de inmersión lingüística- no sólo como alguien que quiere ser catalán sino, irremisiblemente, como alguien que es catalán. Qué suerte tiene nuestro amigo de Ciudad Real. Por un instante, y en aras de la cortesía practicada por el Tripartito, podrá formar parte del sueño nacional de estos modernos visionarios. Será catalán. A la fuerza y aunque se quede sin saber dónde está la calle por la que pregunta o a qué hora se sirve el desayuno en el hotel. Menos mal que, todavía, nos quedará el inglés para poder orientarnos, aunque sea someramente, en esta gran Nación Catalana Transpirenaica.



De todas formas, Carod recomienda contestar con simpatía, con habilidad y mano izquierda. Con la misma simpatía, habilidad y mano izquierda que nosotros -los falangistas- le mandamos a tomar las aguas. Las aguas termales catalanas... por supuesto. El asunto, sin dejar de ser divertido por ridículo, ofrece una definición nítida de lo que esta gente esta propugnando: un microestado fascista basado en la exclusión del extranjero y en la negación de la pluralidad lingüística que, desde que el mundo es mundo, ha caracterizado a la Nación Española. A la calle española. Uniformizar el idioma desde arriba. Al paso de la oca. Y es que ver a Carod hablándonos de simpatía y mano izquierda no deja de ser un sarcasmo tenebroso. Algo así como ver al Gobierno Vasco hablándonos -por ejemplo- de los derechos de las víctimas de la violencia.



Publicado en el Núm. 144 (ÉPOCA II) de "La Gaceta Escurialense".

lunes, 15 de septiembre de 2008

La suerte de las focas


Va a resultar que la libertad de matar, después triturar y posteriormente hacer desaparecer a seres humanos sin nacer es sinónimo de progreso


Alfonso USSÍA


El noventa por ciento de los médicos en España se niega a practicar abortos. Motivos de conciencia. Una buena parte de ellos no son católicos practicantes ni creyentes. Su rechazo a la interrupción del embarazo responde a imperativos morales y éticos.

El ministro de Sanidad, Bernat Soria, amenaza a los médicos objetores con la apertura de un registro. Coacción directa. Para el Presidente del Colegio de Médicos, el doctor Isacio Siguero, las listas voluntarias de facultativos objetores sólo pueden ser administradas por los colegios médicos, y no por las administraciones públicas. Se lo han recordado al sonriente señor ministro. Objetar es un derecho constitucional, más aún cuando se objeta de practicar un asesinato a un ser indefenso.

La nueva ley del aborto es un genocidio legalizado contra los seres humanos más frágiles y desamparados. Y el argumento de los partidarios del genocidio legalizado de que sólo la inamovible Iglesia Católica se opone al crimen masivo es falso, engañoso, torticero y cínico. Por supuesto que la Iglesia se opone, y también millones de españoles creyentes, pero sin olvidar a otros muchos, que desde el punto de vista moral y ético, libres de toda inclinación religiosa, alcanzan a ver la perversidad sin límites del proyecto «progresista», que ahora va a resultar que la libertad de matar, después triturar y posteriormente hacer desaparecer a seres humanos sin nacer es sinónimo de progreso.

En España, el aborto es un delito despenalizado en tres supuestos. Uno de ellos, la salud de la madre. Tenemos unas madres enfermísimas en España, por cuanto el 97% de las interrupciones de embarazo se escudan en el supuesto de la salud materna. A partir de ahora, lo que era un delito -matar lo es-, se convierte en un derecho. Defendemos los derechos de las mascotas, de los árboles, de los océanos y de las selvas. Defendemos al gorila y al chimpancé. Defendemos al sapo partero y al buitre leonado. Sancionamos con dureza sin límite a quienes violan o arrebatan la vida del lince, del mochuelo moteado y del bebé de la foca. Pero convertimos en un derecho asesinar a nuestros hijos cuando no tienen ninguna posibilidad de defenderse. No sólo anticristiano. Inhumano por naturaleza. Protestan los «progres» profesionales. Las mujeres tienen el derecho de hacer lo que quieran con su cuerpo. Hagan lo que quieran, pero no con el cuerpo de otros seres, que son vida desde el primer momento de la creación. Su cuerpo es el vehículo para que nazcan, pero culminado el parto, ese cuerpo vive por sí sólo.

Y protestan los «progres» profesionales por la matanza masiva y terrible de los bebés de focas para hacer abrigos de pieles. Estoy con ellos. El espectáculo es dantesco y la indefensión de las focas recién nacidas ante la agresión de cuadrillas de matarifes resulta espeluznante. Ese paisaje de hielo y sangre estremece y nos humilla a todos. Pero no estremece ni humilla a todos el ruido de la trituradora que hace añicos el cuerpo de un niño indefenso, ni el frío cálculo del crimen de un «nasciturus» por motivos inaceptables. Los gorilas tienen más derechos que los seres humanos. Y las focas. Al menos, a los bebés de las focas se les permite nacer y ver la luz. A los bebés humanos, ni eso. Será un derecho asesinarlos.

sábado, 13 de septiembre de 2008

Unidad


Vivimos un tiempo difícil. Los que amamos a España, asistimos irremediablemente a un proceso turbulento que puede llevar a su disgregación, parcial o total. Algunos, claro está, juramos un día no permitir tal cosa: pero de sobra nos falta fuerza, si no conquistamos antes las conciencias y vencemos en la verdadera batalla que se nos presenta, la de las ideas.


Estatutos balcanizantes como los de Cataluña, Valencia o Andalucía se suman a las intentonas violentas de otras regiones -especialmente Vascongadas- para desgarrar definitivamente la realidad histórica de nuestra patria. Mientras tanto, en nuestra amada nación acudimos a una de las mayores crisis de nuestra historia: crisis moral, espiritual y hasta demográfica. El infanticidio institucionalizado, esto es, el aborto, sumado a la falta de políticas familiares, no garantiza un sano relevo generacional en nuestro país, mientras ya, desde arriba, piensan en quitar de en medio a los ancianos a través de la eutanasia activa. Por no hablar de la falta de seguridad ciudadana, la injusticia social o la ulceración de la cultura. En definitiva, un panorama desolador.


¿Qué nos queda? Evidentemente la Esperanza -que es virtud teologal- pero acompañada siempre de la lucha política. En esto, muchos propósitos honrados -y otros no tanto- así como la continuidad histórica de sanos movimientos que buscan aplicar en el futuro lo mejor de nuestro pasado han venido a configurar lo que en determinados ambientes se conoce como "área patriota". Muchos, ahora, quieren ir más allá y convertir esa área política en un solo bloque monolítico al servicio de la nación. La consabida "unidad".


Pero... ¿es posible tal empresa? Seamos sensatos. No pueden ir coaligados, fusionados, proyectos distintos en esencia, contradictorios, irremediablemente diferentes. Para abordar la conquista del Estado, para lograr una revolución política, económica y social que lleve la Justicia Social a España y la coloque en el lugar que se merece en el plano internacional, no se puede ir con medias tintas ni caer en la desnaturalización ideológica. Tengámoslo siempre presente, y si queremos construir, construyamos a partir de esa indubitable premisa.


Pero dicho esto, se presenta otro tipo de "unidad". La unidad de la sociedad civil, de los hombres de bien, frente a la ofensiva laicista y totalitaria del Estado, frente al genocidio infantil, frente al ataque a la vida enferma, frente a la desvertebración de nuestra patria, etc. Y si para ello hacen falta plataformas, organizaciones o foros que den la cara, de manera directa y sin tapujos, ante los responsables de tanta inmundicia... ¿a qué esperamos para crearlas? Hay algunas ya, que defienden algunas cuestiones de las citadas, lo sé. Pero no es suficiente. Nos jugamos mucho en esto, y si hace falta sentarse a hablar, limar diferencias y defender cívicamente aquellos principios irrenunciables que políticamente tratamos de proteger, adelante. Conquistemos las conciencias y dispongámonos definitivamente a esa batalla de las ideas. Por España, por el Bien Común y por el futuro de nuestros hijos.



El artículo extraido del excelente blog http://desvaninfinito.blogspot.com/ el cual, desde esta modesta atalaya, recomendamos su lectura.-

martes, 9 de septiembre de 2008

PALABRA Y OBRA


Palabra y Obra, suplemento cultural literario de La Tribuna de España, comienza la temporada. Un rincón en la red donde podéis encontrar críticas literarias y reflexiones sobre libros de ahora y siempre que pueden serviros de guía a la hora de ir añadiendo ejemplares a vuestra biblioteca.
Parada obligada para los amantes de las buenas lecturas

viernes, 22 de agosto de 2008

Una reflexión sobre la pérdida de valores


La diferencia entre una sociedad sana y una podrida no está necesariamente en que la primera sea más virtuosa en los hechos que la segunda, sino en que tiene clara conciencia de lo que está bien y de lo que está mal.


La sociedad española de finales del siglo XX y principios del XXI está podrida y enferma precisamente por eso, porque ha perdido completamente los valores que un día sirvieron para constituir a España como nación, y ahora esos valores ni se respetan ni se reconocen siquiera.


Lo peor no es comportarse mal, sino no saber si el comportamiento de uno está bien o está mal, e incluso aún peor: considerar que hay derecho a comportarse mal. Esa es la mayor tragedia de la España de hoy, y por ello queremos transcribir un artículo muy interesante que hemos encontrado en un blog de internet (ponemos el enlace también) y que refleja perfectamente -diríamos más bien que de forma magistral- lo que queremos decir:


Pecar como Dios manda



Cuando veo los cambios sociales acontecidos en menos de un cuarto de siglo, me asusto. Me aterro.


Hubo un tiempo en que los amigos salíamos de fiesta. ¡Y vaya si nos gustaba la farra! A veces bebíamos en exceso y acabábamos más “cargados” de lo que deberíamos. Pero nunca se nos pasó por la cabeza salir a emborracharnos. ¿Alcohol por alcohol? ¿Borrachera por borrachera? No, gracias.


Hubo un tiempo en que todos éramos absolutamente vírgenes en el tema de la droga. Y lo fuimos por muchos benditos años. Ni un porro. Nada. Despreciábamos instintivamente el formidable desprecio a la razón que es la droga. ¡Y leíamos con fruición a los griegos en nuestra adolescencia! Nunca se nos pasó por la cabeza aturdirnos por puro placer (¿qué placer, por cierto?), por ponernos como motos (ya nos bastábamos a nosotros mismos) o por el mero hecho de aturdirse (¡vaya gilipollez!).


Hubo un tiempo en que sabíamos estar en nuestro sitio. Y si nos teníamos que defender, claro que nos defendíamos. Es más: generalmente defendíamos ideas y principios. A puñetazo limpio, sin duda. A fe que nunca se nos pasó por la cabeza salir a buscar pelea por el mero hecho de buscar pelea. ¡Qué aburrimiento pelearse por asuntos nimios de fútbol o por mero gusto por la violencia! Ahora bien, ¡qué gustazo partirse la cara bien partida cuando eran cosas de ideas o de honor las que motivaban dicha violencia!


Es más. A veces llegábamos a hacer amistad y a perdonar a nuestros enemigos, a los mismos con los que habíamos tenido una trifulca de las de Dios es Cristo. Tampoco nunca se nos pasó por la cabeza el jurar odio eterno a nadie, ni la venganza taimada, ni el rencor cainita. Hasta en la violencia había algo más que un mero fair-play. Aquello era cuestión de principios teológicos: no odiar.


Hubo un tiempo en que nos gustaban mucho las chicas. Mucho (¡a Dios gracias! … habría que añadir en los tiempos que corren). Te encariñabas con una y a veces un “sexceso” biológico te llevaba a algo ciertamente indebido. Pero nunca nos pasó a alguno de nosotros que se acostase con una chica desconocida de la cual por la mañana no supiera ni el nombre. Sin algo de cariño, de conocimiento mutuo, de cierta pasión y chispa que sólo daba una cierta amistad, era casi imposible pensar en lo otro.


Hubo un tiempo en que los chicos jóvenes salíamos de “caza”. Y las chicas nos ponían en nuestro sitio. Alguna chica te enviaba un mensaje o una señal especial. Pero nunca nos pasó que una chica fuera abiertamente explícita en esta materia. ¡Y esa feminidad siempre misteriosa e insinuante era algo formidable así!


Hubo un tiempo en que ni el más depravado de los depravados hubiese aprobado el aborto. Daba pavor tal asesinato criminal de un inocente. La asunción implícita era que los niños eran maravillosos y un poco sagrados si cabe. Nunca, absolutamente nunca, se nos pasó por la cabeza que el aborto fuese una “opción”. No ya que estuviéramos a favor del aborto, sino considerar siquiera su licitud. Era, y es, algo abominable.


Hubo un tiempo donde nuestro tema prevalente de conversación era la justicia, la justicia social. Nos preocupábamos de los pobres, pensábamos en los más humildes. Y hacíamos cosas por ellos sin alarde alguno. Nos conformábamos con poco y aún lo poco que teníamos lo compartíamos entre nosotros. Tampoco nunca se nos pasó entonces el hacer del consumismo, del materialismo y del olvido del necesitado los ejes de nuestra vida. Una vida a base de puros clichés y puras marcas no entraba en nuestras coordenadas.


Si hubiéramos presenciado el ataque de hordas urbanas a mendigos, agresiones a mujeres u otros episodios similares con los que se desayuna uno a diario en los periódicos, hubiéramos acabado malparados … o quizás hubieran acabado malparados ellos. Nunca se nos pasó el permanecer impávidos ante la injusticia, sea fuera ésta del pelaje que fuera. Y estoy orgulloso, mucho, de que nuestra juventud tuviera este distingo.


Hubo un tiempo en que nos sentábamos en una peña, o en el banco de un parque, o en una esquina cualquiera y estábamos charlando allí hasta altísimas horas de la madrugada. Y nunca se nos pasó por la cabeza el tener que gastar dinero sin parar para podernos divertir. Nuestra diversión era la compañía y la amistad. Hablar de lo divino y humano. Éramos animales, pero animales sociales.


Hubo un tiempo cuando cualquier viso no ya de conducta homosexual sino incluso de comportamiento amariconado era mal visto. Y conozco a algún excelente padre de familia hoy día que, dada la sanción social que existía sobre el tema, y posiblemente con este tipo de inclinaciones, acabó más que curado de dicha tendencia (pecando como Dios manda) en los cariñosos, cariñosísimos, brazos de alguna mujer. Nunca llegamos siquiera a imaginar lo de los “comportamientos sexuales alternativos”. Cuestión de derecho natural.


Hubo un tiempo en que el mismo que acababa de echar una blasfemia atronadora a renglón seguido era capaz de invitarnos a entrar en una iglesia a rezar a la Santísima Virgen. ¿Contradictorio? … ¿Brutal incluso? Sí, sin duda. Pero nunca tuvimos el corazón tibio. Mejor contradictorio y brutal que tibio. Con los primeros puede haber perdón; con los segundos –dice Dios- que quiere vomitarlos de su boca.


Hubo un tiempo cuando no nos gloriábamos de nuestros pecados. Y hasta nos faltaba tiempo para irnos a confesar por los mismos. Dios bendiga a aquellos viejos Sacerdotes que aguardaban a las 7 ó 7:30 de la mañana en sus confesionarios cuando uno venía de vuelta a casa de noches cuasi-infinitas y le ponían a uno las pilas y le enderezaban. Pero nunca se nos pasó el considerar el pecado como algo aceptable, loable o siquiera tolerable.


Hubo un tiempo y un lugar donde todavía brillaba la luz de Dios sobre nuestras cabezas y nuestras almas. Cuando sí que pensábamos en Dios, incluso alguno de los amigos con ánimo de denostarle. Cuando la Santísima Virgen era lo más precioso y más bonito del mundo y era puerto seguro, alma de Madre: refugio de pecadores. Cuando al levantarnos, ya frisando el mundo adulto, rezábamos al Ángel de la Guarda la misma oración que aprendimos de los labios de nuestra madre en la más tierna infancia.


Hubo un tiempo en que, creo, pecábamos como Dios manda. Y éramos más felices así. No por pecar, claro está, sino por hacerlo como Dios manda.


¿Me atreveré a proponer –para disgusto de puritanos, escarnio de jansenistas, incomprensión de parvos y escándalo de meapilas- que no pequemos, pero que si hemos de pecar tengamos la decencia de hacerlo como Dios manda (incluida la Confesión, el mucho arrepentimiento y el no menor propósito de enmienda)?


Rafael Castela Santos


jueves, 21 de agosto de 2008

TRAGEDIA EN BARAJAS .- ESPAÑA DE LUTO


153 FALLECIDOS

19 HERIDOS


DESCANSEN EN PAZ

miércoles, 13 de agosto de 2008

Buen viaje, Alexandr



En los albores de 1975, se vio en una plaza de toros a José María Iñigo, entonces en la cumbre de su popularidad por “Estudio Abierto”, con un acompañante barbudo. Alexandr Soljenitsin.

Iñigo había recabado de las autoridades pertinentes los permisos para entrevistarle, y el premio Nobel a su vez se mostró encantado con una única condición inexcusable: ver una corrida de toros. Iñigo cumplió lo pactado para poder llevarle a TVE en medio del juego del escondite al que, de hotel en hotel, se veía obligado a seguir Alexandr para evitar que los amigos del materialismo histórico le colocasen una bala entre ceja y ceja.

La entrevista, de cerca de una hora de duración, tuvo un impacto mediático formidable. Hay unos cuantos párrafos que, de hecho, aun siguen escociendo en muchos oídos que, esperando escuchar otra cosa, se encontraron con esto.

El antiguo inquilino del gulag, preso ocho años por llamar a Stalin “el bigotudo” en una carta privada a un amigo, le dijo a Iñigo, en aquellos momentos finales del régimen del 18 de julio:

“¿Y ustedes se quejan de dictadura?. Hace sesenta años que no tenemos las libertades que ustedes disfrutan aquí en España. He viajado por España, por donde he querido. He visitado lo que me ha dado la gana y nadie me ha puesto ningún impedimento. Nosotros íbamos a las cárceles para morir en ellas y hemos sido muy pocos los que hemos tenido la suerte de salir con vida. Ustedes no conocen el significado de la palabra “dictadura”. En mi país reina la “esclavitud””.

A razón de esto, Umbral le llamó payaso, Forges se mofaría de él, y todo, recordémoslo, con Franco vivo, con lo que ello implicaba. Anecdóticamente, el mismísimo Franco, mostró su interés por el programa, por lo que, en aquellos años aun sin magnetoscópios caseros, TVE decidió repetir el programa para que éste pudiera verlo.

Aun con la dureza del párrafo antes reseñado, mi impresión es que lo que cabreó a la giliprogresía de la época fueron sus referencias al “ateismo de la juventud” y su lapidaria “sólo en Dios está la libertad”. Sus palabras exudaban un cristianismo que ya empezaba a no ser políticamente correcto.

No son estas, sin embargo, las palabras de Soljenitsin que considero mejores para recordar hoy al escribir esta especie de obituario. En esa misma ocasión, dijo: “España será tan democrática como el resto de Europa, pero ¿tendrá pasado mañana la fuerza necesaria para mantener esa democracia y defenderse del totalitarismo?. Aquél que además de la libertad quiera a España debe pensar en el pasado mañana”. Cada vez que he releído esta sentencia lapidaria que parece cumplirse inexorablemente, veo más agigantada la figura de Alexander, que, desgraciadamente, tras luchar contra la guerra, el gulag, la marginación, el cáncer y otras enfermedades graves, duerme ya el sueño de los justos con Anichkova, fusilada en 1942, con Palchinski, con Anichkov, con Svechin, con Shtrobinder, con…

De la gran obra de Soljenitsin, es obvia la recomendación de su Archipélago Gulag. Para su visita a España, resultan impagables las memorias de José María Iñigo, “Ahora hablo yo”.

Descansa en paz, Alexandr, testigo de cargo.
Escrito por mi camarada Juan

sábado, 9 de agosto de 2008

Soneto a Zetapé


Zorro astuto y hábil de la progresía,

adornen tu gracia pitos y timbales,

padre de las patrias multiculturales,

adalid valiente de la sodomía.


Te aclaman oscuras razas ancestrales

en grandes pateras a España venidas.

Rapsodas prisaicos, en negras tenidas,

ordenan los medios de los que te vales.


Con sana alegría y con alborozo

aplauden unidos moros y masones,

banqueros y etarras, maricas y hembras.


Repican ateas campanas de gozo:

orgullosa, al hilo de tus subvenciones,

nace una amalgama de miembros y miembras.


Nota.- Si eres progre, no leas verticalmente la primera letra de cada verso.
Extraido del blog: http://antorchanegra.blogspot.com/

miércoles, 6 de agosto de 2008

¿En qué Iglesia creo yo?


Creo en la Iglesia que es una santa, católica y apostólica. Creo en la Iglesia de las viejecitas enlutadas que rezan el rosario en una esquina de la iglesia, y creo en la Iglesia de las comunidades africanas que danzan y danzan y cantan a pleno pulmón y dan palmadas y mueven los brazos levantados.


Creo en la Iglesia del órgano y el incienso, y en la Iglesia de la guitarra y del predicador un poco exaltado. Creo en la Iglesia de la que forma parte el cura de pelo largo, pero de la que también forma parte el monje tonsurado.

Creo en la Iglesia de la Congregación para la Doctrina de la Fe, creo en la Iglesia de Rouco Varela, en la del padre Emiliano Tardiff, en la de los obispos corruptos de la Edad Media, en la de los patriarcas venerables del siglo III y en la de los Padres del Desierto.

Creo en la Iglesia que condenó a Galileo y en la de las catacumbas. Creo en la Iglesia triunfante medieval y en la Iglesia perseguida en China.


Creo en la Iglesia que habla latín, en la que habló siriaco y la de un loco esquizofrénico al que no se le entiende, pero que también es parte de la Iglesia. La Iglesia también es ese loco. Beda el Venerable y el pobre paranoico que cree que le persiguen son parte de esa misma barca. La Iglesia también es una Iglesia de deficientes mentales y de madres solteras. La Barca de Cristo no pertenece más a los intelectuales que a ellos. Todos son parte y no pertenece a nadie, salvo a Aquél que dictó las reglas. Sólo Él dice mi Iglesia en un sentido distinto del que yo digo mi Iglesia.

Creo en una Iglesia que me pide que no coma carne los viernes, y en una Iglesia con un Papa tan poco fotogénico como el actual.

Creo en la Iglesia de los monseñores con fajín que piensan en ascender y en la de la viuda de la India que pone un billete para el óbolo de San Pedro.También creo en la misma Iglesia en la que cree una viuda católica india que es muy mala y lenguaraz, y en la que cree el joven monseñor que sirve al Creador con puro corazón, enamorado de Dios.

Creo en la Iglesia de los archiveros e historiadores, y en la de las niñas vestidas de blanco de la primera comunión.

Creo en la Iglesia del Vaticano y en la de mi abuelo marchante de mulas, porque ambas son la misma Iglesia.

Creo en la Iglesia de La Misión y en la de Un hombre para la eternidad.

Creo en una Iglesia que me predica una verdad absoluta, creo en la Iglesia del Denzinger, y en una Iglesia cuyo Papa abraza al patriarca ortodoxo y ora con el primado anglicano y reconoce que al Cielo puede ir gente muy rara.

No creo en la Inquisición, no creo en los curas pederastas, no creo en hombres ambiciosos y mundanos que ocupan puestos en la Iglesia que deberían ser para los discípulos de Jesús. No creo en los hombres que se creen iluminados. No creo en los que tienen una idea torcida de lo que es la posesión de la verdad. No creo en seres humanos que se creen semidioses. No creo en hombres que creen estar por encima de otros hombres por el hecho de saber mucha teología o de tener cargos. No creo en hacer sufrir bajo el pretexto de que hay una buena razón para ello. No creo en no hacer el bien so capa de una visión de conjunto superior. No creo en una Iglesia que predica que todo da lo mismo. No creo en una Iglesia que predica un mensaje vago y etéreo, y no una verdad concreta. Creo en la Iglesia pero no gracias a los horribles carteles parroquiales de las Obras Misionales Pontificias, ni gracias a los fríos sermones filosóficos con que algunos nos castigan. No creo en la Iglesia por el gran esfuerzo que han hecho algunos en parecer modernos y tolerantes. Tampoco creo en el tradicionalismo que me parece una nueva forma de fariseísmo cristiano. Pero tampoco creo en una Iglesia de los pobres, porque la Iglesia no es de nadie: ni de los pobres, ni de los tradicionalistas, ni de los canonistas. La Iglesia es de Dios.

Yo creo en la Iglesia real formada por pecadores y justos. No creo en un ideal, sino en un rebaño concreto vivificado por el mensaje y la sangre de Jesús hijo de María.

Creo y obedezco, cuando me gusta y cuando no me gusta. Creo e inclino mi cabeza, incluso cuando no lo entiendo y digo: Señor, no lo comprendo, pero me someto, someto mi voluntad.

Creo que los Apóstoles dejaron unos sucesores, a los cuales me someto. Creo que la Iglesia tiene una cabeza en la Sede de Pedro, a la que me someto. Aunque me parezca, insisto, la cabeza menos fotogénica en muchos decenios.


Amén, amén, amén