jueves, 18 de septiembre de 2008

miércoles, 17 de septiembre de 2008

POR FAVOR... CONTESTE EN CATALÁN





Ellos no paran y, consiguientemente, nosotros tampoco. A cada nueva chorrada nacionalista debe articularse una respuesta clara de los que, en la España de 2.008, seguimos creyendo en España como proyecto común válido y permanente. Por eso, y podéis creerme que lo siento muchísimo, una vez más tenemos que hablar de Carod Rovira y del gang de los nacionalistas catalanes. Ciertamente lo siento... aunque hubiera podido ser peor. Consolaos pensando que, al menos, hoy no toca hablar de Ibarreche. Algo es algo. Además, y desde mi visión de modesto columnista, tengo que agradecer a Carod su carácter de comodín cuando no se me ocurre nada para llenar estos folios semanales que os escribo. Siempre está ahí cuando se le necesita...



La verdad es que agotan. Mes tras mes, los políticos nacionalistas nos agreden con sus persistentes iniciativas de disolución nacional. Pesados y cursis, se han apuntado a la empresa de cargarse España al ritmo de la xenofobia y del racismo. Porque sólo bajo estos dos conceptos puede definirse la nueva campañita del siniestro Departamento de Política Lingüística de la Generalitat, directamente dependiente de la Vicepresidencia del Gobierno Catalán. No me digáis que esta denominación no tiene alguna reminiscencia semántica con aquellas oficinas que, dotadas de nombres kilométricos, jalonaban la Alemania de los años treinta. Oficinas que, también directamente dependientes de tal o cual Departamento, tenían como misión principal verificar la prevalencia intelectual o social de la etnia alemana sobre cualquier otra de las existentes dentro del territorio del Reich. Más o menos iguales a toda esta caterva de estas extrañas oficinas o secciones que, aparecidas con profusión -como setas de un bosque racial- en esta España Zetapera, han surgido en determinadas Comunidades Autónomas.



Esta vez, la nueva campaña de la Generalitat tiene por objetivo convencer a los catalanoparlantes de que no contesten en castellano a los que se dirijan a ellos en castellano. Así de clarito. Y por esto alguien habrá -incluso- cobrado. Si se escarba lo suficiente, encontraremos algún primo o cuñado de alguien detrás de esta memez. Lo cierto es que, además de profundamente racista, la medida es no menos descortés y, también profundamente, maleducada. Alejada de cualquier norma esencial de urbanidad y buena educación ciudadana y, por supuesto, de la otra. De aquella buena educación que se recibe en casa. Este brillantísimo uso de los fondos públicos catalanes -aquellos fondos públicos que defienden tan ardientemente estos impresentables llamando subdesarrollados a los extremeños- ha sido presentado personalmente por el bueno de Carod-Rovira. Además, y siempre según fuentes autorizadas, el Vicepresidente se siente orgulloso de ello. Hasta propone que esta contestación racialmente catalana se haga con simpatía.



Sin embargo, y con la misma simpatía que nosotros podemos aplicar a la hora de manifestar nuestra opinión sobre esta nueva chorrada, también podemos manifestar algunas dudas sobre la aplicación de esta nueva política departamental nacionalista. Por ejemplo... ¿se debe contestar en catalán en todo caso? ¿sólo a los catalanes que se dirijan a tí en castellano? ¿sólo al resto de españoles -perdona Carod por la expresión- que no sepan catalán? ¿sólo a un ciudadano que viva en Cataluña con carácter estable y permanente? ¿sólo a los ciudadanos que estén de paso? ¿a todos? ¿qué ocurre con los ciudadanos extracomunitarios? ¿y con los comunitarios? ¿se considera ciudadano extracomunitario al andorrano? ¿a todo el mundo?



Todas estas preguntas son contestadas por el Vicepresidente Carod por medio de una regla de oro, de aplicación en caso de duda. Dice este cerebro privilegiado del activismo catalanista que el mejor gesto de educación que puedes tener hacia alguien de fuera es tratarlo como alguien que quiere ser de dentro. Más clarito imposible. Un comercial de telas de -pongo por caso- Ciudad Real que pase por Tarrasa será tratado -ipso facto y en virtud de esta política de inmersión lingüística- no sólo como alguien que quiere ser catalán sino, irremisiblemente, como alguien que es catalán. Qué suerte tiene nuestro amigo de Ciudad Real. Por un instante, y en aras de la cortesía practicada por el Tripartito, podrá formar parte del sueño nacional de estos modernos visionarios. Será catalán. A la fuerza y aunque se quede sin saber dónde está la calle por la que pregunta o a qué hora se sirve el desayuno en el hotel. Menos mal que, todavía, nos quedará el inglés para poder orientarnos, aunque sea someramente, en esta gran Nación Catalana Transpirenaica.



De todas formas, Carod recomienda contestar con simpatía, con habilidad y mano izquierda. Con la misma simpatía, habilidad y mano izquierda que nosotros -los falangistas- le mandamos a tomar las aguas. Las aguas termales catalanas... por supuesto. El asunto, sin dejar de ser divertido por ridículo, ofrece una definición nítida de lo que esta gente esta propugnando: un microestado fascista basado en la exclusión del extranjero y en la negación de la pluralidad lingüística que, desde que el mundo es mundo, ha caracterizado a la Nación Española. A la calle española. Uniformizar el idioma desde arriba. Al paso de la oca. Y es que ver a Carod hablándonos de simpatía y mano izquierda no deja de ser un sarcasmo tenebroso. Algo así como ver al Gobierno Vasco hablándonos -por ejemplo- de los derechos de las víctimas de la violencia.



Publicado en el Núm. 144 (ÉPOCA II) de "La Gaceta Escurialense".

lunes, 15 de septiembre de 2008

La suerte de las focas


Va a resultar que la libertad de matar, después triturar y posteriormente hacer desaparecer a seres humanos sin nacer es sinónimo de progreso


Alfonso USSÍA


El noventa por ciento de los médicos en España se niega a practicar abortos. Motivos de conciencia. Una buena parte de ellos no son católicos practicantes ni creyentes. Su rechazo a la interrupción del embarazo responde a imperativos morales y éticos.

El ministro de Sanidad, Bernat Soria, amenaza a los médicos objetores con la apertura de un registro. Coacción directa. Para el Presidente del Colegio de Médicos, el doctor Isacio Siguero, las listas voluntarias de facultativos objetores sólo pueden ser administradas por los colegios médicos, y no por las administraciones públicas. Se lo han recordado al sonriente señor ministro. Objetar es un derecho constitucional, más aún cuando se objeta de practicar un asesinato a un ser indefenso.

La nueva ley del aborto es un genocidio legalizado contra los seres humanos más frágiles y desamparados. Y el argumento de los partidarios del genocidio legalizado de que sólo la inamovible Iglesia Católica se opone al crimen masivo es falso, engañoso, torticero y cínico. Por supuesto que la Iglesia se opone, y también millones de españoles creyentes, pero sin olvidar a otros muchos, que desde el punto de vista moral y ético, libres de toda inclinación religiosa, alcanzan a ver la perversidad sin límites del proyecto «progresista», que ahora va a resultar que la libertad de matar, después triturar y posteriormente hacer desaparecer a seres humanos sin nacer es sinónimo de progreso.

En España, el aborto es un delito despenalizado en tres supuestos. Uno de ellos, la salud de la madre. Tenemos unas madres enfermísimas en España, por cuanto el 97% de las interrupciones de embarazo se escudan en el supuesto de la salud materna. A partir de ahora, lo que era un delito -matar lo es-, se convierte en un derecho. Defendemos los derechos de las mascotas, de los árboles, de los océanos y de las selvas. Defendemos al gorila y al chimpancé. Defendemos al sapo partero y al buitre leonado. Sancionamos con dureza sin límite a quienes violan o arrebatan la vida del lince, del mochuelo moteado y del bebé de la foca. Pero convertimos en un derecho asesinar a nuestros hijos cuando no tienen ninguna posibilidad de defenderse. No sólo anticristiano. Inhumano por naturaleza. Protestan los «progres» profesionales. Las mujeres tienen el derecho de hacer lo que quieran con su cuerpo. Hagan lo que quieran, pero no con el cuerpo de otros seres, que son vida desde el primer momento de la creación. Su cuerpo es el vehículo para que nazcan, pero culminado el parto, ese cuerpo vive por sí sólo.

Y protestan los «progres» profesionales por la matanza masiva y terrible de los bebés de focas para hacer abrigos de pieles. Estoy con ellos. El espectáculo es dantesco y la indefensión de las focas recién nacidas ante la agresión de cuadrillas de matarifes resulta espeluznante. Ese paisaje de hielo y sangre estremece y nos humilla a todos. Pero no estremece ni humilla a todos el ruido de la trituradora que hace añicos el cuerpo de un niño indefenso, ni el frío cálculo del crimen de un «nasciturus» por motivos inaceptables. Los gorilas tienen más derechos que los seres humanos. Y las focas. Al menos, a los bebés de las focas se les permite nacer y ver la luz. A los bebés humanos, ni eso. Será un derecho asesinarlos.

sábado, 13 de septiembre de 2008

Unidad


Vivimos un tiempo difícil. Los que amamos a España, asistimos irremediablemente a un proceso turbulento que puede llevar a su disgregación, parcial o total. Algunos, claro está, juramos un día no permitir tal cosa: pero de sobra nos falta fuerza, si no conquistamos antes las conciencias y vencemos en la verdadera batalla que se nos presenta, la de las ideas.


Estatutos balcanizantes como los de Cataluña, Valencia o Andalucía se suman a las intentonas violentas de otras regiones -especialmente Vascongadas- para desgarrar definitivamente la realidad histórica de nuestra patria. Mientras tanto, en nuestra amada nación acudimos a una de las mayores crisis de nuestra historia: crisis moral, espiritual y hasta demográfica. El infanticidio institucionalizado, esto es, el aborto, sumado a la falta de políticas familiares, no garantiza un sano relevo generacional en nuestro país, mientras ya, desde arriba, piensan en quitar de en medio a los ancianos a través de la eutanasia activa. Por no hablar de la falta de seguridad ciudadana, la injusticia social o la ulceración de la cultura. En definitiva, un panorama desolador.


¿Qué nos queda? Evidentemente la Esperanza -que es virtud teologal- pero acompañada siempre de la lucha política. En esto, muchos propósitos honrados -y otros no tanto- así como la continuidad histórica de sanos movimientos que buscan aplicar en el futuro lo mejor de nuestro pasado han venido a configurar lo que en determinados ambientes se conoce como "área patriota". Muchos, ahora, quieren ir más allá y convertir esa área política en un solo bloque monolítico al servicio de la nación. La consabida "unidad".


Pero... ¿es posible tal empresa? Seamos sensatos. No pueden ir coaligados, fusionados, proyectos distintos en esencia, contradictorios, irremediablemente diferentes. Para abordar la conquista del Estado, para lograr una revolución política, económica y social que lleve la Justicia Social a España y la coloque en el lugar que se merece en el plano internacional, no se puede ir con medias tintas ni caer en la desnaturalización ideológica. Tengámoslo siempre presente, y si queremos construir, construyamos a partir de esa indubitable premisa.


Pero dicho esto, se presenta otro tipo de "unidad". La unidad de la sociedad civil, de los hombres de bien, frente a la ofensiva laicista y totalitaria del Estado, frente al genocidio infantil, frente al ataque a la vida enferma, frente a la desvertebración de nuestra patria, etc. Y si para ello hacen falta plataformas, organizaciones o foros que den la cara, de manera directa y sin tapujos, ante los responsables de tanta inmundicia... ¿a qué esperamos para crearlas? Hay algunas ya, que defienden algunas cuestiones de las citadas, lo sé. Pero no es suficiente. Nos jugamos mucho en esto, y si hace falta sentarse a hablar, limar diferencias y defender cívicamente aquellos principios irrenunciables que políticamente tratamos de proteger, adelante. Conquistemos las conciencias y dispongámonos definitivamente a esa batalla de las ideas. Por España, por el Bien Común y por el futuro de nuestros hijos.



El artículo extraido del excelente blog http://desvaninfinito.blogspot.com/ el cual, desde esta modesta atalaya, recomendamos su lectura.-

martes, 9 de septiembre de 2008

PALABRA Y OBRA


Palabra y Obra, suplemento cultural literario de La Tribuna de España, comienza la temporada. Un rincón en la red donde podéis encontrar críticas literarias y reflexiones sobre libros de ahora y siempre que pueden serviros de guía a la hora de ir añadiendo ejemplares a vuestra biblioteca.
Parada obligada para los amantes de las buenas lecturas

viernes, 22 de agosto de 2008

Una reflexión sobre la pérdida de valores


La diferencia entre una sociedad sana y una podrida no está necesariamente en que la primera sea más virtuosa en los hechos que la segunda, sino en que tiene clara conciencia de lo que está bien y de lo que está mal.


La sociedad española de finales del siglo XX y principios del XXI está podrida y enferma precisamente por eso, porque ha perdido completamente los valores que un día sirvieron para constituir a España como nación, y ahora esos valores ni se respetan ni se reconocen siquiera.


Lo peor no es comportarse mal, sino no saber si el comportamiento de uno está bien o está mal, e incluso aún peor: considerar que hay derecho a comportarse mal. Esa es la mayor tragedia de la España de hoy, y por ello queremos transcribir un artículo muy interesante que hemos encontrado en un blog de internet (ponemos el enlace también) y que refleja perfectamente -diríamos más bien que de forma magistral- lo que queremos decir:


Pecar como Dios manda



Cuando veo los cambios sociales acontecidos en menos de un cuarto de siglo, me asusto. Me aterro.


Hubo un tiempo en que los amigos salíamos de fiesta. ¡Y vaya si nos gustaba la farra! A veces bebíamos en exceso y acabábamos más “cargados” de lo que deberíamos. Pero nunca se nos pasó por la cabeza salir a emborracharnos. ¿Alcohol por alcohol? ¿Borrachera por borrachera? No, gracias.


Hubo un tiempo en que todos éramos absolutamente vírgenes en el tema de la droga. Y lo fuimos por muchos benditos años. Ni un porro. Nada. Despreciábamos instintivamente el formidable desprecio a la razón que es la droga. ¡Y leíamos con fruición a los griegos en nuestra adolescencia! Nunca se nos pasó por la cabeza aturdirnos por puro placer (¿qué placer, por cierto?), por ponernos como motos (ya nos bastábamos a nosotros mismos) o por el mero hecho de aturdirse (¡vaya gilipollez!).


Hubo un tiempo en que sabíamos estar en nuestro sitio. Y si nos teníamos que defender, claro que nos defendíamos. Es más: generalmente defendíamos ideas y principios. A puñetazo limpio, sin duda. A fe que nunca se nos pasó por la cabeza salir a buscar pelea por el mero hecho de buscar pelea. ¡Qué aburrimiento pelearse por asuntos nimios de fútbol o por mero gusto por la violencia! Ahora bien, ¡qué gustazo partirse la cara bien partida cuando eran cosas de ideas o de honor las que motivaban dicha violencia!


Es más. A veces llegábamos a hacer amistad y a perdonar a nuestros enemigos, a los mismos con los que habíamos tenido una trifulca de las de Dios es Cristo. Tampoco nunca se nos pasó por la cabeza el jurar odio eterno a nadie, ni la venganza taimada, ni el rencor cainita. Hasta en la violencia había algo más que un mero fair-play. Aquello era cuestión de principios teológicos: no odiar.


Hubo un tiempo en que nos gustaban mucho las chicas. Mucho (¡a Dios gracias! … habría que añadir en los tiempos que corren). Te encariñabas con una y a veces un “sexceso” biológico te llevaba a algo ciertamente indebido. Pero nunca nos pasó a alguno de nosotros que se acostase con una chica desconocida de la cual por la mañana no supiera ni el nombre. Sin algo de cariño, de conocimiento mutuo, de cierta pasión y chispa que sólo daba una cierta amistad, era casi imposible pensar en lo otro.


Hubo un tiempo en que los chicos jóvenes salíamos de “caza”. Y las chicas nos ponían en nuestro sitio. Alguna chica te enviaba un mensaje o una señal especial. Pero nunca nos pasó que una chica fuera abiertamente explícita en esta materia. ¡Y esa feminidad siempre misteriosa e insinuante era algo formidable así!


Hubo un tiempo en que ni el más depravado de los depravados hubiese aprobado el aborto. Daba pavor tal asesinato criminal de un inocente. La asunción implícita era que los niños eran maravillosos y un poco sagrados si cabe. Nunca, absolutamente nunca, se nos pasó por la cabeza que el aborto fuese una “opción”. No ya que estuviéramos a favor del aborto, sino considerar siquiera su licitud. Era, y es, algo abominable.


Hubo un tiempo donde nuestro tema prevalente de conversación era la justicia, la justicia social. Nos preocupábamos de los pobres, pensábamos en los más humildes. Y hacíamos cosas por ellos sin alarde alguno. Nos conformábamos con poco y aún lo poco que teníamos lo compartíamos entre nosotros. Tampoco nunca se nos pasó entonces el hacer del consumismo, del materialismo y del olvido del necesitado los ejes de nuestra vida. Una vida a base de puros clichés y puras marcas no entraba en nuestras coordenadas.


Si hubiéramos presenciado el ataque de hordas urbanas a mendigos, agresiones a mujeres u otros episodios similares con los que se desayuna uno a diario en los periódicos, hubiéramos acabado malparados … o quizás hubieran acabado malparados ellos. Nunca se nos pasó el permanecer impávidos ante la injusticia, sea fuera ésta del pelaje que fuera. Y estoy orgulloso, mucho, de que nuestra juventud tuviera este distingo.


Hubo un tiempo en que nos sentábamos en una peña, o en el banco de un parque, o en una esquina cualquiera y estábamos charlando allí hasta altísimas horas de la madrugada. Y nunca se nos pasó por la cabeza el tener que gastar dinero sin parar para podernos divertir. Nuestra diversión era la compañía y la amistad. Hablar de lo divino y humano. Éramos animales, pero animales sociales.


Hubo un tiempo cuando cualquier viso no ya de conducta homosexual sino incluso de comportamiento amariconado era mal visto. Y conozco a algún excelente padre de familia hoy día que, dada la sanción social que existía sobre el tema, y posiblemente con este tipo de inclinaciones, acabó más que curado de dicha tendencia (pecando como Dios manda) en los cariñosos, cariñosísimos, brazos de alguna mujer. Nunca llegamos siquiera a imaginar lo de los “comportamientos sexuales alternativos”. Cuestión de derecho natural.


Hubo un tiempo en que el mismo que acababa de echar una blasfemia atronadora a renglón seguido era capaz de invitarnos a entrar en una iglesia a rezar a la Santísima Virgen. ¿Contradictorio? … ¿Brutal incluso? Sí, sin duda. Pero nunca tuvimos el corazón tibio. Mejor contradictorio y brutal que tibio. Con los primeros puede haber perdón; con los segundos –dice Dios- que quiere vomitarlos de su boca.


Hubo un tiempo cuando no nos gloriábamos de nuestros pecados. Y hasta nos faltaba tiempo para irnos a confesar por los mismos. Dios bendiga a aquellos viejos Sacerdotes que aguardaban a las 7 ó 7:30 de la mañana en sus confesionarios cuando uno venía de vuelta a casa de noches cuasi-infinitas y le ponían a uno las pilas y le enderezaban. Pero nunca se nos pasó el considerar el pecado como algo aceptable, loable o siquiera tolerable.


Hubo un tiempo y un lugar donde todavía brillaba la luz de Dios sobre nuestras cabezas y nuestras almas. Cuando sí que pensábamos en Dios, incluso alguno de los amigos con ánimo de denostarle. Cuando la Santísima Virgen era lo más precioso y más bonito del mundo y era puerto seguro, alma de Madre: refugio de pecadores. Cuando al levantarnos, ya frisando el mundo adulto, rezábamos al Ángel de la Guarda la misma oración que aprendimos de los labios de nuestra madre en la más tierna infancia.


Hubo un tiempo en que, creo, pecábamos como Dios manda. Y éramos más felices así. No por pecar, claro está, sino por hacerlo como Dios manda.


¿Me atreveré a proponer –para disgusto de puritanos, escarnio de jansenistas, incomprensión de parvos y escándalo de meapilas- que no pequemos, pero que si hemos de pecar tengamos la decencia de hacerlo como Dios manda (incluida la Confesión, el mucho arrepentimiento y el no menor propósito de enmienda)?


Rafael Castela Santos


jueves, 21 de agosto de 2008

TRAGEDIA EN BARAJAS .- ESPAÑA DE LUTO


153 FALLECIDOS

19 HERIDOS


DESCANSEN EN PAZ

miércoles, 13 de agosto de 2008

Buen viaje, Alexandr



En los albores de 1975, se vio en una plaza de toros a José María Iñigo, entonces en la cumbre de su popularidad por “Estudio Abierto”, con un acompañante barbudo. Alexandr Soljenitsin.

Iñigo había recabado de las autoridades pertinentes los permisos para entrevistarle, y el premio Nobel a su vez se mostró encantado con una única condición inexcusable: ver una corrida de toros. Iñigo cumplió lo pactado para poder llevarle a TVE en medio del juego del escondite al que, de hotel en hotel, se veía obligado a seguir Alexandr para evitar que los amigos del materialismo histórico le colocasen una bala entre ceja y ceja.

La entrevista, de cerca de una hora de duración, tuvo un impacto mediático formidable. Hay unos cuantos párrafos que, de hecho, aun siguen escociendo en muchos oídos que, esperando escuchar otra cosa, se encontraron con esto.

El antiguo inquilino del gulag, preso ocho años por llamar a Stalin “el bigotudo” en una carta privada a un amigo, le dijo a Iñigo, en aquellos momentos finales del régimen del 18 de julio:

“¿Y ustedes se quejan de dictadura?. Hace sesenta años que no tenemos las libertades que ustedes disfrutan aquí en España. He viajado por España, por donde he querido. He visitado lo que me ha dado la gana y nadie me ha puesto ningún impedimento. Nosotros íbamos a las cárceles para morir en ellas y hemos sido muy pocos los que hemos tenido la suerte de salir con vida. Ustedes no conocen el significado de la palabra “dictadura”. En mi país reina la “esclavitud””.

A razón de esto, Umbral le llamó payaso, Forges se mofaría de él, y todo, recordémoslo, con Franco vivo, con lo que ello implicaba. Anecdóticamente, el mismísimo Franco, mostró su interés por el programa, por lo que, en aquellos años aun sin magnetoscópios caseros, TVE decidió repetir el programa para que éste pudiera verlo.

Aun con la dureza del párrafo antes reseñado, mi impresión es que lo que cabreó a la giliprogresía de la época fueron sus referencias al “ateismo de la juventud” y su lapidaria “sólo en Dios está la libertad”. Sus palabras exudaban un cristianismo que ya empezaba a no ser políticamente correcto.

No son estas, sin embargo, las palabras de Soljenitsin que considero mejores para recordar hoy al escribir esta especie de obituario. En esa misma ocasión, dijo: “España será tan democrática como el resto de Europa, pero ¿tendrá pasado mañana la fuerza necesaria para mantener esa democracia y defenderse del totalitarismo?. Aquél que además de la libertad quiera a España debe pensar en el pasado mañana”. Cada vez que he releído esta sentencia lapidaria que parece cumplirse inexorablemente, veo más agigantada la figura de Alexander, que, desgraciadamente, tras luchar contra la guerra, el gulag, la marginación, el cáncer y otras enfermedades graves, duerme ya el sueño de los justos con Anichkova, fusilada en 1942, con Palchinski, con Anichkov, con Svechin, con Shtrobinder, con…

De la gran obra de Soljenitsin, es obvia la recomendación de su Archipélago Gulag. Para su visita a España, resultan impagables las memorias de José María Iñigo, “Ahora hablo yo”.

Descansa en paz, Alexandr, testigo de cargo.
Escrito por mi camarada Juan

sábado, 9 de agosto de 2008

Soneto a Zetapé


Zorro astuto y hábil de la progresía,

adornen tu gracia pitos y timbales,

padre de las patrias multiculturales,

adalid valiente de la sodomía.


Te aclaman oscuras razas ancestrales

en grandes pateras a España venidas.

Rapsodas prisaicos, en negras tenidas,

ordenan los medios de los que te vales.


Con sana alegría y con alborozo

aplauden unidos moros y masones,

banqueros y etarras, maricas y hembras.


Repican ateas campanas de gozo:

orgullosa, al hilo de tus subvenciones,

nace una amalgama de miembros y miembras.


Nota.- Si eres progre, no leas verticalmente la primera letra de cada verso.
Extraido del blog: http://antorchanegra.blogspot.com/

miércoles, 6 de agosto de 2008

¿En qué Iglesia creo yo?


Creo en la Iglesia que es una santa, católica y apostólica. Creo en la Iglesia de las viejecitas enlutadas que rezan el rosario en una esquina de la iglesia, y creo en la Iglesia de las comunidades africanas que danzan y danzan y cantan a pleno pulmón y dan palmadas y mueven los brazos levantados.


Creo en la Iglesia del órgano y el incienso, y en la Iglesia de la guitarra y del predicador un poco exaltado. Creo en la Iglesia de la que forma parte el cura de pelo largo, pero de la que también forma parte el monje tonsurado.

Creo en la Iglesia de la Congregación para la Doctrina de la Fe, creo en la Iglesia de Rouco Varela, en la del padre Emiliano Tardiff, en la de los obispos corruptos de la Edad Media, en la de los patriarcas venerables del siglo III y en la de los Padres del Desierto.

Creo en la Iglesia que condenó a Galileo y en la de las catacumbas. Creo en la Iglesia triunfante medieval y en la Iglesia perseguida en China.


Creo en la Iglesia que habla latín, en la que habló siriaco y la de un loco esquizofrénico al que no se le entiende, pero que también es parte de la Iglesia. La Iglesia también es ese loco. Beda el Venerable y el pobre paranoico que cree que le persiguen son parte de esa misma barca. La Iglesia también es una Iglesia de deficientes mentales y de madres solteras. La Barca de Cristo no pertenece más a los intelectuales que a ellos. Todos son parte y no pertenece a nadie, salvo a Aquél que dictó las reglas. Sólo Él dice mi Iglesia en un sentido distinto del que yo digo mi Iglesia.

Creo en una Iglesia que me pide que no coma carne los viernes, y en una Iglesia con un Papa tan poco fotogénico como el actual.

Creo en la Iglesia de los monseñores con fajín que piensan en ascender y en la de la viuda de la India que pone un billete para el óbolo de San Pedro.También creo en la misma Iglesia en la que cree una viuda católica india que es muy mala y lenguaraz, y en la que cree el joven monseñor que sirve al Creador con puro corazón, enamorado de Dios.

Creo en la Iglesia de los archiveros e historiadores, y en la de las niñas vestidas de blanco de la primera comunión.

Creo en la Iglesia del Vaticano y en la de mi abuelo marchante de mulas, porque ambas son la misma Iglesia.

Creo en la Iglesia de La Misión y en la de Un hombre para la eternidad.

Creo en una Iglesia que me predica una verdad absoluta, creo en la Iglesia del Denzinger, y en una Iglesia cuyo Papa abraza al patriarca ortodoxo y ora con el primado anglicano y reconoce que al Cielo puede ir gente muy rara.

No creo en la Inquisición, no creo en los curas pederastas, no creo en hombres ambiciosos y mundanos que ocupan puestos en la Iglesia que deberían ser para los discípulos de Jesús. No creo en los hombres que se creen iluminados. No creo en los que tienen una idea torcida de lo que es la posesión de la verdad. No creo en seres humanos que se creen semidioses. No creo en hombres que creen estar por encima de otros hombres por el hecho de saber mucha teología o de tener cargos. No creo en hacer sufrir bajo el pretexto de que hay una buena razón para ello. No creo en no hacer el bien so capa de una visión de conjunto superior. No creo en una Iglesia que predica que todo da lo mismo. No creo en una Iglesia que predica un mensaje vago y etéreo, y no una verdad concreta. Creo en la Iglesia pero no gracias a los horribles carteles parroquiales de las Obras Misionales Pontificias, ni gracias a los fríos sermones filosóficos con que algunos nos castigan. No creo en la Iglesia por el gran esfuerzo que han hecho algunos en parecer modernos y tolerantes. Tampoco creo en el tradicionalismo que me parece una nueva forma de fariseísmo cristiano. Pero tampoco creo en una Iglesia de los pobres, porque la Iglesia no es de nadie: ni de los pobres, ni de los tradicionalistas, ni de los canonistas. La Iglesia es de Dios.

Yo creo en la Iglesia real formada por pecadores y justos. No creo en un ideal, sino en un rebaño concreto vivificado por el mensaje y la sangre de Jesús hijo de María.

Creo y obedezco, cuando me gusta y cuando no me gusta. Creo e inclino mi cabeza, incluso cuando no lo entiendo y digo: Señor, no lo comprendo, pero me someto, someto mi voluntad.

Creo que los Apóstoles dejaron unos sucesores, a los cuales me someto. Creo que la Iglesia tiene una cabeza en la Sede de Pedro, a la que me someto. Aunque me parezca, insisto, la cabeza menos fotogénica en muchos decenios.


Amén, amén, amén


sábado, 26 de julio de 2008

Chávez un clásico. Esta vez un clásico del que deberíamos aprender.


Chávez ha llegado haciendo el tonto, pero ahí estaba el rey al pie de la escalera.

Chávez había amenazado, había dejado claro que los acuerdos no valían nada frente a su enojo.

Miles de millones de euros en inversiones se podían evaporar en un enfado, así lo recordó en directo ante las cámaras.

Pero el presidente español, el rey, los ministros, todos, allí estaban sonriendo, felices, riéndole las gracias. De todo esto la Iglesia debe aprender una lección, una gran lección: sólo seremos respetados si nos hacemos respetar.

Nunca el presidente de la Conferencia Episcopal ha sido recibido con esas sonrisas, con esas deferencias, por ninguno de estos protagonistas. Y lo paradójico es que la Iglesia potencialmente tiene un poder frente a nuestro gobierno mucho mayor que el del mandatario venezolano.

Pero el poder es para el que se lo gana. El PSOE goza del poder porque se lo ha ganado, nadie se lo ha regalado. Los sindicatos son respetados porque han trabajado por lograr ese poder. Así podríamos seguir repasando la lista de pequeñas instituciones que a pesar de su poco apoyo social, tienen una influencia impresionante y a cuyos representantes sí que los reciben con sonrisas, a pie de escalera.

No digo que la Iglesia deba lanzarse a la conquista del poder, no. Pero hay una diferencia entre eso y que se la tome por el pito del sereno. Chávez nos ha dado hoy una gran lección, lo digo en serio: sólo seremos respetados si nos hacemos respetar.
La Iglesia en Venezuela se ha hecho respetar, en Estados Unidos también, en Italia también. Mientras que, por citar un ejemplo, la Iglesia Ortodoxa rusa es una iglesia que no puede aspirar más que a cantar y encender velas. Pero de ningún modo puede ponerse en pie y decirle a nadie de los que mandan: no te es lícito, o deberías hacer esto, o tal cosa está mal.

En fin, le agradezco a Chávez, y lo digo completamente en serio, el que nos haya recordado cómo funciona el mundo real.


viernes, 25 de julio de 2008

SANTIAGO, PATRÓN DE ESPAÑA


Como explica Andrés Codesal en su magnífica obra sobre el Santo (Ed. Apostolado Mariano), “Santiago ha sido proclamado Patrón de España desde los más remotos tiempos, como confirman documentos antiquísimos”. Su patronazgo se concreta especialmente en su ayuda en la Reconquista, lo que ha hecho que se multipliquen los templos dedicados al Apóstol, así como sus imágenes a caballo blandiendo la espada en lucha contra los musulmanes.

Como prueba de agradecimiento, se hace ya desde el siglo XI el “voto a Santiago”, acción de gracias por las victorias conseguidas por nuestra Patria contra el enemigo.

El origen de este voto, según las crónicas más antiguas de las que se dispone, fue la batalla de Clavijo, junto a Logroño, en el año 844. Tras negarse el rey de Asturias, Ramiro I, a pagar el tributo exigido por el emir de Córdoba de cien doncellas, fue derrotado por un numeroso ejército moro. Después de la amarga derrota, se apareció por la noche el Apóstol al rey cristiano, animándole a luchar de nuevo contra el enemigo.

Al día siguiente, puesta la confianza en Santiago, arremetieron contra los moros, “apareciendo visible el Apóstol en primera fila, blandiendo la espada y portando un estandarte cristiano”. En esta ocasión, la victoria cristiana fue tan grande que el enemigo hubo de huir con 70.000 bajas.

Desde entonces, España recurre a su protector en todos los peligros.

Discípulo de Jesús de Nazaret

Son numerosos los pasajes bíblicos en los que se muestra la proximidad que, en vida, tuvo Santiago (hijo de Zebedeo) con Jesús, y que en parte explican la posterior actividad evangelizadora del Patrón de España.

Jesús recorría pueblos y aldeas, predicando y diciendo: “Haced penitencia, porque está cerca el Reino de los Cielos”. Un día, caminando por la ribera del mar de Galilea, vio a los dos hermanos, Simón (llamado Pedro) y su hermano Andrés, echando la red en el mar, pues eran pescadores. Y les dijo: “Venid conmigo, yo haré que seáis pescadores de hombres”. Al instante, los dos, dejando el barco y las redes, se fueron con Él.

Continuando un poco más adelante, vio a otros dos hermanos: Santiago y Juan, que estaban recomponiendo sus redes dentro del barco con su padre, y los llamó. Ellos también, al punto, le siguieron. Desde aquel día ya se fueron definitivamente con Jesús y le acompañaban a todas partes.

La transfiguración de Jesús

Un día subió Jesús a un monte para hacer oración, haciéndose acompañar por Pedro, Santiago y Juan. Puesto en oración, y en presencia de ellos, Jesús se transfiguró de manera que su rostro brillaba como el sol, y sus vestiduras se volvieron blancas como la luz. Junto a Jesús aparecieron también, gloriosos y radiantes, Moisés y Elías, hablando con Él.

Pedro, Santiago y Juan quedaron sobrecogidos de asombro, y sintieron una alegría y felicidad imposibles de explicar. Viendo que se despedían, Pedro (que no quería que aquello acabase), dijo a Jesús: “Señor, si quieres haré aquí tres tiendas, una para ti, otra para Moisés y la otra para Elías”. Luego los cubrió a todos una nube luminosa, y oyeron una voz que decía: “Éste es mi hijo amado, en quien tengo mis complacencias; escuchadle”. En aquel momento, sintieron como un temor mezclado con tanta gloria, que perdieron el conocimiento.

Cuando recuperaron el sentido, vieron a Jesús que, tocándoles, les decía: “Levantaos, no tengáis miedo”.

Predicar el Evangelio

Después de la gloriosa resurrección de Jesús, los discípulos se fueron a Galilea, al monte que el Maestro les había indicado. Y al verlo, lo adoraron, aunque algunos todavía dudaban.

Jesús se acercó, y les dijo: “Me ha sido dado todo el poder en los cielos y en la tierra. Id por todo el mundo y predicad el Evangelio a toda criatura, y haced discípulos míos a todas las gentes, bautizándolas en el nombre del Padre, y del Hijo, y del Espíritu Santo. El que creyere y se bautizare, se salvará; el que no creyere, se condenará”.

Ellos, obedientes al mandato del Señor, se fueron a predicar por todas partes, y el Señor cooperó, confirmando su doctrina con los milagros que hacían (Mt.28; Mc.16).

Según ciertas fuentes, Santiago, en su gran deseo de cumplir lo más perfectamente posible lo que el Señor le había pedido, se propuso llegar hasta el fin del mundo, que en aquellos tiempos se creía que estaba en Galicia, y por eso al cabo más metido en el mar se le llamaba “Finisterrae”, el fin de la Tierra.

La predicación de Santiago

Como explica el historiador y sacerdote Ángel David Martín Rubio en su “Curso de Historia de la Iglesia”, hay una serie de textos que destacan la predicación de los Apóstoles por todo el mundo y su distribución según las sortes propias que cada uno había recibido, asignan Hispania a Santiago: San Isidoro de Sevilla, San Beda el Venerable, San Beato de Liébana...San Aldhelmo de Malmesbury (Inglaterra), a fines del s.VII, en el poema dedicado al altar de Santiago dentro de una basílica que los tenía dedicados a los Doce Apóstoles, señala la predicación en España: “primitus hispanas convertit dogmate gentes”. El himno a Santiago O Dei verbum, de la Liturgia hispana (s.VIII, reino de Asturias), asigna también al Apóstol como tierra de misión España, donde preside, cumpliéndose la petición de que los Zebedeos estuviesen a derecha e izquierda en el Reino de Jesús: Juan en Asia, Santiago en Hispania. Después del siglo XI, la creencia en la predicación de Santiago en España posee la universalidad en la Iglesia Occidental y se extiende también por Oriente. Es un dato firma de la literatura hagiográfica y de la liturgia.
Culto sepulcral y traslación
Siguiendo de nuevo el excelente trabajo de Ángel David Martín, aunque la Passioy otros Actos e Indices, de acuedo con Hch 12,2 ponen la muerte de Santiago bajo Herodes y la sitúan casi siempre en Jerusalén, añadiendo algunos ibique sepultus est, es notable que no haya noticia de un culto sepulcral, al menos duradero, en Jerusalén ni en otro lugar de Palestina.
El De ortu et obitu Patrum, el Breviarium Apostolorum y otros textos, incluso orientales, señalan como lugar de la sepultura de Santiago un lugar designado por dos vocablos con variantes en los manuscritos:
1. Acha o Achi (Aca - Aci) o Achaia (en copias tardías, Arca, Arce).
2. Marmarica (o Marmorica).
El modo como surge este topónimo en los textos sugiere la idea de una invención o traslado. A partir de este tiempo, en los ss.VII-VIII, Santiago (que antes no se contaba entre los Apóstoles de culto extendido) comienza a tener iglesias dedicadas y veneración de reliquias en Galicia, Francia e Inglaterra lo que requiere un foco, un sepulcro, donde quiera que estuviese.

En la primera mitad del siglo IX se nos manifiesta en Galicia un culto intenso y creciente al Cuerpo de Santiago, cuya presencia allí presupone un traslado. Ahora bien, ¿qué hay en el origen de esta veneración? ¿Un traslado contemporáneo? ¿Un descubrimiento inesperado del sepulcro? ¿Un lento proceso de identificación de un sepulcro ya conocido? ¿La simple exaltación de una devoción ya existente? Todas estas hipótesis tienen partidarios y coinciden en dar por seguro el dato de la tradición compostelana, según el cual hubo un descubrimiento en tiempos del obispo de Iría Teodomiro(c.813)y solo difieren a la hora de interpretarlo: ¿fue un descubrimiento total? ¿o sólo el hallazgo y exhumación de un cuerpo que ya era objeto de culto local, mas no era accesible por estar soterrado?
El lugar de Galicia en que recibe culto el Cuerpo de Santiago se denomina en la abundante documentación local de los ss.IX-XI Arcis, o Archis, Marmoricis o Marmaricis y sin que se pueda establecer ninguna dependencia literaria con los textos antiguos que hemos citado.
El hecho de la localización del Cuerpo de Santiago en Galicia, anterior a las leyendas, admitido con naturalidad por la Iglesia, sería inexplicable sin datos precedentes que permitiesen relacionar con Galicia una sepultura que los textos muy conocidos de los Hechos y de la Passio inducirían necesariamente a situar en Palestina. La búsqueda de esos datos es un quehacer pendiente:

― ¿Traslación en el siglo I como suponen las narraciones medievales?: es posible, aunque menos normal que después; no se opondría la edad del edificio sepulcral.

― ¿Traslación del siglo IV en adelante, con o sin etapas intermedias, en tiempo próximo a la mención del Arca Marmarica?: sería congruente con la abundancia de traslados de otros santos, con las adaptaciones del edificio sepulcral, con la cronología litúrgica (fiesta del 25 de julio).
HOY, PETICIÓN DEL ALCALDE DE SANTIAGO AL APÓSTOL
El alcalde de Santiago de Compostela, José Sánchez Bugallo, ha pedido la intercesión del Apóstol Santiago para que España tenga "acierto" para "salir" de la "difícil situación económica" actual y "recuperar la senda de la creación de empleo potente y sostenido", además de conseguir la victoria del Estado de Derecho y las libertades sobre "la barbarie del terrorismo".
En su invocación como delegado regio en la Ofrenda al Apóstol, Sánchez Bugallo solicitó que las políticas sociales "primen sobre intereses más poderosos" y alertó de que los "tiempos de estrechez perjudican más a los menos favorecidos". Además, proclamó que "más pronto que tarde" los terroristas "responderán ante la justicia".
En su tercera ocasión como delegado regio, Bugallo se refirió a aspectos como la inmigración, realidad ante la cual pidió "redoblar los esfuerzos de cooperación internacional"; la necesidad de una Justicia "más eficaz" para proteger a la infancia; o la situación de las víctimas de la violencia machista, para las cuales solicitó que puedan "salir de su jaula".
ARZOBISPO DE SANTIAGO
El arzobispo de Santiago de Compostela, monseñor Julián Barrio, advirtió hoy de que "la fe no puede ser convertida en un factor político" y apostó por "la distinción y la autonomía recíproca entre el Estado y la Iglesia", de forma que se diferencie "lo que es del César y lo que es de Dios".
En la homilía de respuesta al oferente en la Ofrenda al Apóstol, monseñor Julián Barrio advirtió contra "el riesgo" de pretender "asegurar la fe a través de los poderes de este mundo" y aseguró que para que los hombres puedan disfrutar de sus derechos "no es necesario renunciar a Dios".
El arzobispo de Santiago se refirió también a la necesidad de "curar tantas llagas abiertas" como la "realidad trágica" que sufren los emigrantes, el terrorismo, que definió como "acto intrínsecamente perverso y nunca justificable", la violencia machista, los efectos de la droga, los ancianos que "se sienten olvidados" y "la desesperanza de tantos jóvenes".
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domingo, 20 de julio de 2008

“VERDADERAMENTE, HABÍA FUEGO EN SU MIRADA”



José Manuel Sánchez del Águila


Con estas palabras, el profesor de historia latinoamericana de la Universidad de Claremond, Hubert Herring, sedujo en 1955 a un joven e indeciso licenciado, Stanley G. Payne, para que centrara su tesina doctoral en un personaje prácticamente desconocido en los Estados Unidos: José Antonio Primo de Rivera.
Desde aquel entonces, muchos otros historiadores, o simples aficionados al merodeo histórico, han hurgado en su vida, en su pensamiento, y han escrito también sobre él con mayor o menor rigor y fortuna; pero a pesar de tanta producción, parece ya indiscutible que la pluma de Payne, desde una objetividad insobornable, es la que más ha profundizado en su biografía y la que mejor ha entendido a este tan polémico como desconocido personaje del siglo XX.
Hace poco se cumplió el centenario de su nacimiento. Es tiempo de centenarios. Se podría decir, parafraseando a Gil de Biedma, que ahora, de casi todo, han pasado ya cien años. Por eso es tiempo de fastos, conmemoraciones, patronatos, y ciclos brillantemente diseñados a los que se suman políticos importantes (de la derecha o de la izquierda, da igual), actores, escritores, intelectuales, gente guapa y sumamente correcta, esta nueva farándula que tanto nos abruma a muchos.


Eso sí: los fastos para casi todos los que simpatizaron con la cultura más o menos oficial. Pero también están los malditos, los que todavía molestan, los despreciados sistemáticamente por el sistema y, por ello, recluidos en el último lugar del ostracimo. Entre éstos, se halla en lugar privilegiado, si cabe ese privilegio, ese hombre en el que un oscuro profesor norteamericano de los años cincuenta había encontrado un extraño fuego en su mirada. Pero hay algo que no se acaba de entender del todo. Y es que, a pesar de lo dicho, la figura sigue interesando, apasionando, y mucho, a la actual.


Sobre José Antonio se siguen haciendo tesis doctorales en Europa y en América. Su figura fascina, seduce, incluso a sus ya ridículos enemigos, absurdos por obsoletos. Desde la saña de un lado y la antipatía del otro —hurto sus mismas palabras—, se le sigue buscando por muchos aunque sea para zaherirle, ese patológico amor-odio de tantos, enrabietados y confundidos al tener que reconocerse como perros de presa de un hombre cuya personalidad, en el fondo, tanto les sigue cautivando.
A veces estos predadores se precipitan, como uno de los que más se enconó con él, buscándole en vano. Me refiero a Ian Gibson, quien en la pasada primavera sevillana me llegó a reconocer con una sinceridad que le ennoblece —cito a Carlos Carnicero de testigo— que realmente le faltó tiempo para estudiar a fondo su figura. Pero, con idéntica sinceridad, no pudo menos que admitirme en esa bonita conversación que José Antonio le había fascinado de una manera insospechada. Otras veces se le menciona desde la ignorancia, porque sólo desde la ignorancia o desde un injustificable ensañamiento puede alguien atreverse a afirmar que José Antonio se encontraba próximo a la esquizofrenia (sic) y la barbarie, como he llegado a leer recientemente.
No sabía aquel articulista (al que ahora mismo no sabría localizar), o no quería saber, que a José Antonio, como acaba de escribir un Payne ya no tan indeciso como en ese entonces de su tesina y Hurring y todo eso, “... sin duda se le ha de reconocer el mérito moral de que la Falange esperara tanto tiempo antes de responder a los numerosos asesinatos cometidos por la izquierda”.
Hubo un tiempo en que, desde su bando, se le fusilaba a versos, y se le disparaban sonetos que pronto desertaron cuando los tiempos dejaron de ser propicios. Ahora, en ocasiones, se le fusila alegremente con palabras mediocres y despechadas. Y, por si faltaba algo, unos causahabientes de cuarto grado y también de última hora, se empeñan en una imposible apropiación indebida de su figura. En este centenario que nadie quiere nombrar, muchos se lanzan a escribir aprovechando el tirón. Y resulta lamentable comprobar cómo un ya lejano familiar pretende negarlo todo, sustraerlo de la Historia y devolverlo a la familia, en un difícil afán de hacerlo regresar a un rancio dandismo de corte aristocrático (“...traje impecablemente cortado, corbata a rayas y el pelo brillante peinado hacia atrás.”) que José Antonio repudió definitivamente un domingo en que, encontrándose de cacería, le llegó la terrible noticia de que habían asesinado a un joven estudiante de Medicina, su camarada Matías Montero. Dijo entonces que jamás volvería a disfrutar de esas frivolidades. Y parece ser que lo cumplió.
Algo de su doctrina política se inoculó —de contrabando, ya lo sé, pero sigue resultando increíble, casi una broma de un legislador travieso— en nuestra misma Constitución, como ese artículo (129.2) que afirma, tan solemne como inútilmente, que “los poderes públicos establecerán los medios que faciliten el acceso de los trabajadores a la propiedad de los medios de producción”. O sea: cogestión, empresa nacional-sindicalista. Puro pensamiento joseantoniano, el mejor, el de uno de sus últimos discursos: Cine Madrid en 1935.


Guste o no guste, a pesar de sus encendidos, encelados detractores ocasionales, y también a pesar de los que siguen empeñados en despojarle de la proletaria camisa azul que él mismo eligió (y recuperarlo así para la tradición familiar cual triste retrato de pasillo de palacio decadente) e incluso aislándolo de sus ingenuos y escasos seguidores políticos, de José Antonio quedará una figura histórica mítica, de una originalidad indiscutible, que, se quiera o no se quiera, es patrimonio ya de todos los españoles. Ésa es su grandeza: haber brillado hasta distanciarse escandalosamente de todos los demás personajes que pulularon en su tiempo por la política. Y eso, precisamente, es lo que lo hará definitivamente inmortal: porque su mirada tenía un sueño, quizá peligroso, no sé, pero también para muchos sumamente bello; pero un sueño y una mirada que incendió la Historia hasta marcarla para siempre. Ese fuego en la mirada que hace mucho tiempo asombró a ese desconocido Hubert Hurring del que probablemente nunca sabremos nada más.


viernes, 11 de julio de 2008

HÉROES



Así los llaman. Me refiero ―la duda ofende― a los miembros (no hay entre ellos miembras, se infringe la ley de igualdad, falla la cuota) de la selección nacional de fútbol. Han jugado bien ―lo reconozco― y sus modales han sido casi exquisitos, a diferencia de los que exhibían sus seguidores dentro y fuera del estadio, pero el heroísmo es otra cosa. Exige, por ejemplo, que sus protagonistas se enfrenten a la adversidad jugándose la vida y poniendo ésta al servicio de un bien superior que no redunde en beneficio de quien aspire a héroe. Ninguna de esas condiciones ―mínimas, inexcusables― concurre en este caso. Vi, a ráfagas, sin demasiado interés, porque el deporte me aburre y tenía, curándome en salud, un libro entre las manos, los dos últimos partidos de la Copa en cuestión, que ni sé cómo se llama (¿Champions, quizá? De ser así, ¿por qué no de Campeones?), y las reacciones de esos salvajes a los que llaman hinchas me avergonzaron. Más vergonzoso aún me pareció el zafarrancho de combate que a renglón seguido y durante más de veinticuatro horas de oprobio colectivo devastó el país. De todas las imágenes deplorables que las pantallas de televisión, inmisericordes, nos propinaron, y fueron muchas, ninguna rayó tan bajo, tan a ras de suelo y de la vergüenza propia y ajena, como la relativa a lo sucedido en los vestuarios donde nuestros jugadores celebraban el triunfo. Vi en ese momento, con las pupilas dilatadas por el estupor, el asco y la incredulidad, a varios jugadores ―el célebre Casillas, entre ellos― en ropa interior de horteras rematados. Marcaban paquete con repugnantes calzoncillos de espuma negra (ver para creer), esgrimían botellas de champán malo a gollete abierto, se rociaban los unos a los otros con la espuma que salía por él y se gastaban bromas pueblerinas de reclutas en la edad del pavo mientras los comentaristas y locutores de la tele ―iguales todos en eso― palmoteaban con ojos embobados de padres que perdonan las travesuras de su prole. Lo peor, en aquella apoteósica exhibición de zangolotinería y vulgaridad, eran los calzoncillos de espuma negra. ¿Ligarán con eso? ¿Los habrán heredado de quienes in illo témpore ―el del franquismo y el gol de Marcelino― los compraban en las rebajas de Sepu? ¿Veremos pronto a los chicos de Viena con sus habilidosos pies enfundados en calcetines rojigualdas? ¿Heroísmo? ¿Aquiles frente a Troya? ¿Hernán Cortés en Teotihuacán? ¿Los últimos de Filipinas? No, no. ¡Casillas en calzoncillos!


Estamos tocando fondo.


Arturo Pérez-Reverte