domingo, 24 de abril de 2011

¡Cristo ha resucitado, Aleluya! ¡Felices Pascuas!



Cuando los dos discípulos regresaron de Emaús y llegaron al sitio donde estaban reunidos los apóstoles, les contaron lo que había pasado en el camino y cómo le habían conocido en la fracción del pan. Estaban hablando de estas cosas, cuando él se presentó en medio de ellos y les dijo: «La paz con vosotros.» Sobresaltados y asustados, creían ver un espíritu. Pero él les dijo: «¿Por qué os turbáis, y por qué se suscitan dudas en vuestro corazón? Mirad mis manos y mis pies; soy yo mismo. Palpadme y ved que un espíritu no tiene carne y huesos como véis que yo tengo.» Y, diciendo esto, los mostró las manos y los pies. Como ellos no acabasen de creerlo a causa de la alegría y estuviesen asombrados, les dijo: «¿Tenéis aquí algo de comer?» Ellos le ofrecieron parte de un pez asado. Lo tomó y comió delante de ellos. Después les dijo: «Estas son aquellas palabras mías que os hablé cuando todavía estaba con vosotros: ´Es necesario que se cumpla todo lo que está escrito en la Ley de Moisés, en los Profetas y en los Salmos acerca de mí.´» Y, entonces, abrió sus inteligencias para que comprendieran las Escrituras, y les dijo: «Así está escrito que el Cristo padeciera y resucitara de entre los muertos al tercer día y se predicara en su nombre la conversión para perdón de los pecados a todas las naciones, empezando desde Jerusalén. Vosotros sois testigos de estas cosas.


Lucas 24, 35-48




¡¡¡VIVA CRISTO REY!!!

jueves, 21 de abril de 2011

Hoy Palabra y Obra deja a un lado los libros



Hoy el equipo de Palabra y Obra os pide una oración. Os rogamos que en estos días con una espiritualidad tan sentida, tengáis presentes a Marta y a sus padres. Marta, una niña, acaba de fallecer tras casi media de su corta vida luchando contra el cáncer.

Desde aquí mandamos un fuerte abrazo a sus padres, él una figura muy conocida dentro de lo que eufemísticamente se llama "nuestro entorno".

Un abrazo, y una oración.

sábado, 16 de abril de 2011

PONENCIA DE DON JOSÉ MIGUEL GAMBRA SOBRE LA ACTUAL PERSECUCIÓN RELIGIOSA


Reproducimos a continuación las brillantes, claras y rotundas palabras de Don José Miguel Gambra, profesor de la Universidad Complutense de Madrid, en el acto que tuvo lugar el pasado 14 de Abril, en la Facultad de Derecho, en respuesta a las profanaciones y sacrilegios cometidos en Madrid. Lean y difundan estas letras que son en realidad la arenga católica necesaria para una obligada reacción:


Agradezco a FORO su invitación para hablar en esta ocasión, felicito a D. Javier Esparza y a D. Ángel David Martín Rubio, por su brillante intervención, y doy las gracias a la Dra. Martínez Sicluna, que me ha introducido como miembro de esta universidad. Sin embargo, aunque estoy unido a ella desde hace treinta y tantos años como profesor, prefiero no presentarme de esa manera, sino como presidente del Círculo de Estudios Tradicionalistas Antonio Molle Lazo. Y no me quiero presentar como profesor de esta casa, porque los actos sacrílegos en ella realizados enturbian tanto el prestigio de esta que fue venerable institución, que pertenecer a ella ya no es para mí un honor. La totalidad de los méritos acumulados, durante más de quinientos años, por los sabios que han pertenecido a la Complutense no basta para enjugar la afrenta cometida en Somosaguas contra Nuestro Señor.


Dirán ustedes, sin duda, que esta apreciación es en extremo injusta, pues la Universidad Complutense no puede responsabilizarse de los desmanes cometidos por sus alumnos. No es así. Para convencerse basta ver las reacciones oficiales de sus autoridades: los actos sólo fueron condenados de manera formularia, las autores no han sido expedientados y las asociaciones que los han perpetrado no han sido ilegalizadas. Al contrario, se les han concedido los locales del centro de Madrid para que desde allí irradien su anticatolicismo a toda la ciudad convocando la procesión atea proyectada para el Jueves Santo.


Esta respuesta de las autoridades da la impresión de una cierta anuencia a las profanaciones y, si miramos antes y alrededor de esos incalificables actos, esa impresión se reafirma.


La legislación democratizante de tiempos recientes permite formar asociaciones estudiantiles y concede una importante representación de alumnos en los órganos de gobierno. Al principio, en la época de decadencia del marxismo tras el desfondamiento de la Unión Soviética, las asociaciones eran más o menos inocuas y había escasísima participación del alumnado en muchos órganos rectores. En los últimos años, el neomarxismo, que toma las formas de antiglobalización, de feminismo, de sexualismo antinatural o de movimientos antisistema, ha aprovechado esas facilidades para constituir asociaciones que, a su vez, han copado buena parte de la representación estudiantil en los órganos universitarios, la mayoría de las veces con un apoyo ridículo por parte del alumnado. La masiva abstención de los alumnos en las elecciones a representantes ha sido descaradamente utilizada por esas asociaciones para ocupar toda la representación en los órganos de gobierno, con un apoyo que, a veces, no supera el 5% y puede ser del 2% de los alumnos.


El poder de esas asociaciones ha crecido hasta el punto de ejercer una verdadera tiranía en algunas facultades; tiranía que está en proporción directa a la presencia de autoridades académicas de similar ideología. En políticas, cuyo decano ha defendido el sacrílego asalto a la capilla como “expresión de pluralidad de tendencias”, el desorden ha llegado a ser tal, que, hace unos días se han suspendido actos ya concedidos, porque podían no gustar a las asociaciones y porque el decano se ha sentido incapaz de asegurar que se desarrollen con normalidad. Y, durante el mandato del rector Berzosa, se ha extendido a toda la universidad la anarquía que ha convertido políticas en un verdadero zoco impresentable.


Así, en muchas facultades, so pretexto de libertad de expresión, se han hecho común el insulto más descarado a la religión y a las cosas más sagradas, sin que las autoridades hayan querido poner coto a ello, sea por temor sea por convencimiento. Los mismos órganos del rectorado han desoído sistemáticamente las denuncias que algunos hemos presentado, durante todos estos años, contra la práctica de poner carteles insultantes para la Iglesia y la religión. En cambio, cualquier denuncia por parte del feminismo radical ha sido presurosamente atendida, por lo menos en lo que yo he podido conocer.


A nadie se le escapa que, a un nivel más alto del poder, la era Berzosa ha coincidido con la era Zapatero. La poderosa mente de estadista que posee Zapatero le ha llevado a proponerse como programa de gobierno demostrar que es tan rojo como su abuelito. Por eso ha roto con todos los pactos implícitos alrededor de la constitución y se ha dedicado, con especial encono, no sólo a promulgar leyes contra la moral católica, como sus predecesores, sino a perseguir directamente a la Iglesia y a promocionar la cultura de la blasfemia. Cabe incluso conjeturar que el año de plazo que le queda antes de dejar el gobierno dedique a completar ese programa, de manera que posiblemente la persecución arrecie en los próximos meses.


¡No! los profanadores de Somosaguas y sus corifeos no son enfermos psiquiátricos, como han dicho algunos medios de comunicación. Los actos de las personajas que asaltaron la capilla no son sino la puesta en práctica de lo que les ha sido transmitido por el ambiente sostenido o tolerado muchas autoridades académicas y de lo que les ha transmitido la cultura subvencionada, y los medios de comunicación oficiales. Se trata de avanzadillas de jóvenes marxistas, similares a las que, so pretexto de libertad, se adueñaron de la universidad al final del régimen anterior, y que ahora, so pretexto de que la universidad sea pública, ya no defienden libertad alguna, sino que ejercen una auténtica dictadura popular que quiere expulsar de la universidad cuanto no coincida con sus presupuestos ideológicos, y especialmente a los católicos. Antes, por lo menos estaban rodeados del halo estético de quienes se oponen al poder, hoy no son más que serviles sicarios del poder político, que en los actuales sistemas bipartidistas -no nos engañemos-, deja a las izquierdas el gobierno de las mentes con tal de que éstas dejen al centro el poder económico. Es de suponer que el nuevo rector vestirá de uniforme y gorra de plato a estos sicarios y que los veremos paseándose por la universidad y vigilando las actividades contrarias a los ucases rectorales.


Los actos de Somosaguas se ha dicho que son teatrales, simbólicos y sin violencia. Pero tales actos, más o menos intelectualoides, son síntoma de lo que se avecina. En los madriles del trienio liberal, los cafés y ateneos estaban poblados de jovenzanos exaltados que adoptaban actitudes declamatorias entre bufas y blasfemas, con aplauso de las sociedades secretas que, de hecho, gobernaban el país. Pocos años después, en 1834, cuando ese ambiente penetró más allá de las élites intelectuales, la bufonada sacrílega se convirtió en matanza y despedazamiento de frailes, y en profanación y destrucción de iglesias, ante los cuales Martínez de la Rosa -un centrista de entonces- se lavó las manos y se limitó a lamentar lo ocurrido.


Los eclesiásticos, ante hechos de esta clase, empiezan, no sin razón, a poner sus barbas en remojo y echan de menos unas potentes ayudas que no les llegan de parte alguna. Sólo algunas instituciones de escasos medios y algunas personas aisladas les han prestado apoyo en esta tesitura, que probablemente se extenderá como un reguero de pólvora.


Su debilidad se ha visto propiciada por unos errores que vienen de lejos. Las autoridades eclesiásticas apostaron decididamente por la democracia en la transición y usaron de una autoridad, que no tenían, para exigir de los fieles que no formaran partidos ni grupos políticos católicos y que se conformaran con inspirar desde dentro los partidos laicos existentes. Y eso no fue sólo una tendencia de los eclesiásticos españoles, sino que venía de más arriba. Baste pensar que la legislación eclesiástica ha incluido la obligación a priori de pedir permiso a los ordinarios, o la autoridad eclesiástica competente, para que cualquier asociación pueda hacer uso del nombre de católicos. Y como ese permiso, de facto, no se concede sino a los demócrata-cristianos, el resultado es que hoy no hay partido fuerte alguno que defienda a la Iglesia, y los eclesiásticos andan tan desamparados en la selva política como niños perdidos en un bosque.


Agradecidos por la ayuda de los eclesiásticos, los partidos políticos de uno y otro signo, durante bastantes años, no acosaron para nada a la Iglesia. Las izquierdas, incluidas las más extremas, en parte por la propia decadencia mundial de esa ideología y, en parte, por lo asombrados que debían de estar ante la actitud de los jerarcas eclesiásticos, convivieron en relativa paz con ellos. Pero, desde Zapatero, el ensalmo se ha roto y, desparecida la tácita connivencia entre los eclesiásticos y el estado constitucional, el peligro anticristiano que este conlleva en esencia, ha aparecido con toda su crueldad.


Ante semejante situación cualquiera se preguntará ¿por qué no cambia de estrategia la Iglesia? Lo que pasa es que no se trata de una estrategia momentánea, sino de la aplicación de la absurda teoría del estado laico-cristiano, que es una opinión utópica, irrealizada e irrealizable, ajena a la tradición católica, que afecta a asuntos políticos en los cuales la jerarquía eclesiástica no tiene especial autoridad.


En la literatura generada por los acontecimientos de Somosaguas, se ha llamado repetidamente cobardes a sus autores, porque no se atreven a hacer con las mezquitas musulmanas lo mismo que con los templos católicos. Implícitamente se supone que los católicos no se van a defender. Verdad es que la religión católica dista mucho de la crueldad mahometana, lo cual no quita que el catolicismo español siempre haya sabido defender su religión, ya desde tiempos de la invasión musulmana hasta épocas más recientes. De hecho, la persecución a la Iglesia ha sido el principal acicate de muchas de las contiendas de los últimos siglos, desde la guerra de la convención a la guerra del 36, pasando por las de la independencia y las guerras carlistas.


Siguiendo el ejemplo de sus mayores, el catolicismo español, por amor a Dios y a la Iglesia, tiene que recuperar la influencia política que por su número le corresponde. Y, por paradójico que parezca, tiene que empezar por abandonar el clericalismo que le tiene paralizado. Es de toda evidencia que no bastan denuncias, recogidas de firmas y manifestaciones. Es de vital urgencia que los católicos hallen la vía de asociarse, con o sin el beneplácito de las autoridades eclesiásticas, porque la función de éstas no es organizar la sociedad civil, sino transmitir la doctrina social, en consonancia con la tradición, señalar el error e intervenir en lo que afecte a asuntos espirituales.


Hay que adherirse a las organizaciones y partidos que defienden la integridad de la tradicional doctrina social de la Iglesia, con el fin de evitar en nuestro país la barbarie anticatólica que empieza a aflorar, y cuyas imprevisibles consecuencias pueden ser de la mayor gravedad. La incapacidad de los eclesiásticos no nos exonera de la obligación de defender a Dios. Hay que romper con el voto cautivo de los católicos y restar apoyo a los partidos que se reparten el poder. Dentro de la legalidad humana vigente, ése es el único camino efectivo.


Pero, si la ley humana falla y esto sigue así, los católicos deberemos hacer cuanto permita la ley de Dios en defensa de Nuestro Señor y de la Iglesia, empezando por acudir a la procesión blasfema de Jueves Santo, por ponerse delante y, luego, pues ¡a ver qué pasa! Lo exige nuestra fe, lo exige nuestro amor a España y lo exige el honor mismo que merece Dios.


José Miguel Gambra

14 de Abril de 2011

Facultad de Derecho de la Universidad Complutense de Madrid


jueves, 7 de abril de 2011

Textos de ayer para hoy: "Fragmentos de una primavera", de Luis García Berlanga


Nunca hemos tenido el ánimo de ser políticamente correctos. Por eso traemos aquí un artículo aparecido en la Hoja de Campaña (el boletín que recibían los divisionarios en el frente ruso). En concreto el titulado Fragmentos de una primavera, aparecido en su número el 21 de marzo de 1943, en su página 8. Su autor... Luis García Berlanga Martí (un guripa que aparece en la foto situada al lado de estas líneas y que seguro ustedes recuerdan más por otras actividades) Un texto excelente, todo hay que decirlo. Disfrútenlo.


FRAGMENTOS DE UNA PRIMAVERA


Por Luis García Berlanga Martí.


Este articulo ha sido galardonado con el premio «Luis Fuster» creado por el S.E.U. de Valencia.


Los cinco llevamos en el fondo de la cartera, junto a las católicas estampas, madre y novia a la devoción a la Virgen, una rosa de los Alpes. Nos las dieron muchachas alemanas, también estudiantes, una tarde en que el dulce y húmedo paisaje de Baviera invitaba a enlazar los brazos. Ilse se llamaba la que conmigo paseó por los bosques inundando de melancolía el ensueño intraducible de nuestras miradas. Me acuerdo de sus manos tibias, de sus risas en la vieja cervecería ante mis esfuerzos lingüísticos y de sus ojos vidriosos en la despedida.


De aquellas tardes, hoy apenas me queda un recuerdo suave, congregado al tacto de esta blanca rosa de la nieve sumergida en mi cartera. Ahora ya no son los verdísimos bosques con ciervos y pájaros asomando su tímida fuga, sino este monótono e implacable paisaje ruso. Llueve, llueve suavemente, como parece agradar a los espíritus apacibles. Los pies se hunden a cada paso en el barro, pegajoso y frío, mientras el agua resbala por nuestros capotes. Hay en todas las caras y en todas las cosas una extraña sensación de víspera. Todos sabemos que el frente está cerca, y hoy, no sé por qué, lo presentimos ya junto a nosotros. Las manos se estremecen de gozo al apretar el fusil, que pronto lanzará su grito de metal al enemigo.


Alguien ha dado la voz de alto. Se detiene poco a poco la columna y al borde del camino van surgiendo hogueras alrededor de las cuales se improvisan animados grupos. Uno de ellos, los formamos nosotros —«Los bohemios» nos bautizaron en el campamento-, camisa azul con cisne blanco bajo el verde uniforme alemán. Junto al fuego quizá un poco simbólico en esta fecha, 12 de octubre, hemos encendido las pipas, y Carlos como de costumbre, ha iniciado una conversación intrascendente, saturada de chistes y alusiones.


Pasa un enlace sobre una moto. Nos conoce; se detiene un poco y grita: —¡Muchachos nos quedamos aquí! ¡Estamos a tres kilómetros de la primera línea! Esta misma noche relevamos a los alemanes. Nos saluda brazo en alto y reanuda la marcha.


Al principio nos hemos quedado todos enmudecidos. Daniel es el primero en salir, de un ensimismamiento. Se vuelve hacia nosotros y dice tan sólo estas palabras: —¡Ya era hora!


Parece como si la noticia hubiese eliminado de nuestro recuerdo la noción de los 1.300 kilómetros recorridos hasta este momento. Han desaparecido de nuestros rostros todas las huellas de sueño, fatiga y penalidades. Nos hemos puesto de pie y como en todas las grandes ocasiones, hemos cantado. Y ha sido una desgracia no conocer ningún himno del S.E.U., porque aquí en este instante y ante este paisaje, sus estrofas entonadas por nosotros hubiesen tenido una emoción y apasionada. Con una Lili Marlen, rubia y exuberante, sueña este soldado alemán que silba la canción mientras amanece. Los dos estamos en el observatorio, sonriéndonos, ya no podemos hablar, y mirando con indiferencia lo que nos rodea, porque para nosotros el paisaje ha perdido ya el espíritu de tarjeta postal, de panorama en la excursión campestre hacia el que todos dirigimos el Kodak topificado de nuestras miradas. La única verdad que reconocemos es la de la blancura agobiante de la nieve que nos circunda y aplasta.


Ángeles esquimales —los vimos— nos trajeron el invierno. Pasaron ante nosotros inefables y altísimos, y a continuación volando hacia el Sur, inundando con la nieve de sus alas, pueblos y e estepas. Pero sabemos que arcángeles azules, de agua, están preparados para anunciarnos la primavera, su primavera, y esto nos consuela y reconforta.


Aquí, la primavera nos traerá consigo esta eclosión sentimental de pájaros y flores a que estamos acostumbrados en tierras meridionales. Aquí la primavera será —¡y ojalá sea pronto!— agua y nada más que agua, y agradeceremos tanto el primer charco que veamos a la puerta de la chabola, como la simbólica rosa inicial de los jardines.


De aquí esta indiferencia ante el paisaje. Sé que las torres exdoradas que se divisan hacia el Sur, son de Nowgorod —«la bella» la llamaron los rusos— aristocrática y veraniega hace cincuenta arios, deshecha y solitaria hoy, con las puertas y las casas abiertas, esperando no sé qué angustiosa comitiva. También sé que mirando hacia el Norte, me invadirá un burgués presentimiento de Leningrado, y que, enfrente de mí, pueblo de heterogéneos nombres, Sawod, Now-Nicolaiewscaja, Xenofonte... son destrozados poco a poco por la artillería ante nuestra impasible vigilancia; pero todo esto me importa poco. En concreto, solo veo, porque así me lo exige mi conciencia, el espacio que me han mandado observar, en este caso, las heladas riberas del Wolchow, con las barcas empotradas en el hielo, ansiosas de pescadores y de peces resbaladizos por sus cubiertas. Y aunque el crepúsculo debe ser hoy, con estos árboles escarchados, de una gran belleza, m retiro en cuanto te' mino la observación a nuestro refugio subterráneo, donde un par de leños encendidos, me harán más feliz que la poética contemplación de la naturaleza. Julio ha empapado de sangre está retrasada primavera. Todavía queda nieve para grabar iniciales en su blanca superficie, pero ya han surgido las rosas que han de dulcificar la sepultura. Cerramos los ojos a esta angustia que nos invade, porque ya no está entre nosotros el mejor compañero. Sobre un carro, un carro de ruedas destartaladas y ejes viejos que chirriaban, a contraluz, con la estepa iluminada eternamente, llevamos ayer su cadáver a Motorowo, y en un jardín, la cabeza hacia España, lo enterramos. Eran las doce, esa hora crucial en que todas las ciudades del mundo, luces encendidas proclaman la infinita existencia del amor. Con él se fueron las medallas religiosas, el cisne blanco en la camisa azul y aquella rosa de los Alpes, que una estudiante alemana le regalara. Nos dejó, sin embargo, una antología de la buena muerte y una postura arrogante ante lo irremediable. Caía la tierra sobre su cuerpo y descendía sobre nosotros el afán silencioso en la lucha. Así, sin gritos proseguimos, cada vez más acelerada, la marcha hacia los límites de nuestra conciencia. Se desangran si, los cadáveres de los falangistas, pero esa sangre entra en las venas de los que quedamos para rejuvenecer nuestro ímpetu.


Tengo su diario entre mis manos. Es de tapas azules, y sus páginas están llenas de una letra apretada y ágil. Todas sus confidencias están trasplantadas —y aquí con más pureza— a la blanca amistad del papel. Por todas partes alusiones a su eterna entrega a la Falange. Se dictaba a sí mismo la violencia y la fe en la revolucionaria tarea. Leo...


« ¡Que día más terrible aquel en que ninguna mano extendida nos señale el mejor camino hacia la muerte. Si en la constelación falangista no se esperasen refuerzos, ¿Cómo íbamos a justificar nuestra presencia en este campamento terrestre?»


«Se nos quiere llevar a la malicia ofreciéndonos como cebo y consuelo el fácil recuerdo de lo pasado. Y no; no se hacen las revoluciones fundando un museo de añoranzas sino buscando con el punto de mira al enemigo.»


«Las consignas no deben perderse entre las páginas tibias de revistas que, nadie lee. Las consignas deben clavarse a gritos en paredes enemigas.»


Al terminar de leer me fijo en la última página, donde; a lápiz, pero con gruesos caracteres, había escrito:


¡ARRIBA ESPAÑA!»

A todo ésto, nosotros solo podemos gritar: ¡ARRIBA SIEMPRE!

http://palabraobra.blogspot.com/2011/04/textos-de-ayer-para-hoy-fragmentos-de.html


viernes, 1 de abril de 2011

1º de abril. Vencimos y venceremos


MENSAJE DE PÍO XII A ESPAÑA CON MOTIVO DE LA VICTORIA



Con inmenso gozo Nos dirigimos a vosotros, hijos queridísimos de la católica España, para expresaros nuestra paternal congratulación por el don de la paz y de la victoria con que Dios se ha dignado coronar el heroísmo cristiano de vuestra fe y caridad, probadas en tantos y tan generosos sufrimientos.


Anhelante y confiado esperaba nuestro predecesor, de santa memoria, esta paz providencial, fruto, sin duda, de aquella fecunda bendición que, en los albores mismos de la contienda, enviaba “a cuantos se habían propuesto la difícil y peligrosa tarea de defender y restaurar los derechos y el honor de Dios y de la religión”. Y Nos no dudamos de que esta paz ha de ser la misma que Él mismo entonces auguraba, “anuncio de un porvenir de tranquilidad en el orden y de honor en la prosperidad”.


Los designios de la Providencia, amadísimos hijos, se han vuelto a manifestar, una vez más, sobre la heroica España. La nación elegida por Dios como principal instrumento de evangelización del nuevo mundo y como baluarte inexpugnable de la fe católica, acaba de dar a los prosélitos del ateísmo materialista de nuestro siglo la prueba más excelsa de que por encima de todo están los valores eternos de la religión y del espíritu.


La propaganda tenaz y los esfuerzos constantes de los enemigos de Jesucristo parece que han querido hacer de España un experimento supremo de las fuerzas disolventes que tienen a su disposición repartidas por todo el mundo. Y aunque es verdad que el Omnipotente no ha permitido, por ahora, que lograran su intento, pero ha tolerado al menos algunos de sus terribles efectos, para que el mundo viera cómo la persecución religiosa, minando las bases mismas de la justicia y de la caridad, que son el amor de Dios y el respeto a su santa ley, puede arrastrar a la sociedad moderna a los abismos no sospechados de inicua destrucción y apasionada discordia.


Persuadido de esta verdad, el sano pueblo español, con las dos notas características de su nobilísimo espíritu, que son la generosidad y la franqueza, se alzó en defensa de los ideales de fe y civilización cristianas, profundamente arraigados en el suelo fecundo de España, y ayudado de Dios, “que no abandona a los que esperan de Él”, supo resistir el empuje de los que, engañados con los que creían un ideal humanitario de exaltación del humilde, en realidad no luchaban sino en provecho del ateísmo.


Este primordial significado de vuestra victoria Nos hace concebir las más halagüeñas esperanzas de que Dios, en su misericordia, se dignará conducir a España pro el seguro camino de su tradicional y católica grandeza, la cual ha de ser el norte que oriente a todos los españoles amantes de su religión y de su Patria en el esfuerzo de organizar la vida de la nación en perfecta consonancia con su nobilísima historia de fe, piedad y civilización católica.


Por esto exhortamos a los gobernantes y a los pastores de la católica España que iluminen la mente de los engañados mostrándoles con amor las raíces del materialismo y del laicismo, de donde han procedido sus errores y desdichas y de donde podrían retoñar nuevamente.


Proponedles los principios de justicia individual y social, sin los cuales la paz y prosperidad de las naciones, por poderosas que sean, no pueden subsistir. Y son los que se contienen en el Santo Evangelio y en la doctrina de la Iglesia.


No dudamos que así habrá de ser, y la garantía de nuestra firme esperanza son los nobilísimos y cristianos sentimientos de que han dado pruebas inequívocas el Jefe del Estado y tantos caballeros, sus fieles colaboradores, con la legal protección que han dispensado a los supremos intereses religiosos y sociales, conforme a las enseñanzas de la Sede Apostólica. La misma esperanza se funda, además, en el celo iluminado y abnegación de vuestros Obispos y sacerdotes, acrisolados por el dolor, y también en la fe, piedad y espíritu de sacrificio de que en horas terribles han dado heroica prueba las clases todas de la sociedad española.


Y ahora, ante el recuerdo de las ruinas acumuladas en la guerra civil más sangrienta que recuerda la historia de los tiempos modernos, Nos, con piadoso impulso, inclinamos, ante todo, nuestra frente a la santa memoria de los Obispos, sacerdotes, religiosos de uno y otro sexo y fieles de todas edades y condiciones que, en tan elevado número, han sellado con sangre su fe en Jesucristo y su amor a la religión católica. Maiorem hac dilectionem nemo habet. No hay mayor prueba de amor.


Reconocemos también nuestro deber de gratitud hacia todos aquellos que han sabido sacrificarse hasta el heroísmo en defensa de los derechos inalienables de Dios y de la religión, ya sea en los campos de batalla, ya también consagrados a los sublimes oficios de caridad cristiana en cárceles y hospitales…


¡Ea, pues, queridísimos hijos! Ya que el arco iris de la paz ha vuelto a resplandecer en el cielo de España, unámonos todos de corazón en un himno ferviente de acción de gracias al Dios de la paz y en una plegaria de perdón y misericordia para todos los que murieron, y a fin de que esta paz sea fecunda y duradera, con todo el fervor de nuestro corazón os exhortamos a “mantener la unión del espíritu en el vínculo de la paz”. Así, unidos y obedientes a vuestro venerable Episcopado, dedicaos con gozo y sin demora a la obra urgente de reconstrucción que Dios y la Patria esperan de vosotros.


En prenda de las copiosas gracias que os obtendrán la Virgen Inmaculada y el Apóstol Santiago, Patronos de España, y de todas las que os merecieron los grandes santos españoles, hacemos descender sobre vosotros, nuestros queridos hijos de la católica España, sobre el Jefe del Estado y su ilustre Gobierno, sobre el celante Episcopado y su abnegado clero, sobre los heroicos combatientes y sobre todos los fieles, nuestra bendición apostólica.


Abril de 1939