jueves, 29 de diciembre de 2011

OTRO HEROE EN LA FAMILIA

Era mi abuelo Don Vicente, el Don era imprescindible en aquella época, un caballero a carta cabal, vivía en la calle relatores de Madrid muy cerca de Tirso de Molina. Estudio medicina y tenia consulta en su propio domicilio, en aquella época no existía la seguridad social ni esos avances sociales que trajo años después el malvado Franco, bajo la inspiración del Nacional-Sindicalismo. Pero dejemos eso que no es el motivo de mi historia. El era un hombre católico y estaba casado en segundas nupcias con Doña Sara, Vivian en aquel turbulento Madrid de la preguerra con relativa tranquilidad, Don Vicente tenia un ayudante de 15 años de edad, llamado Gabriel, que en el año 35 se alisto en la falange, eso traía a maltraer a Don Vicente, no porque no le gustara la falange si no por el riesgo que conllevaba en aquellos años el pertenecer a una formación patriótica. (Algunas cosas no han cambiado).
Cuando estallo la guerra aquel 18 de Julio, Don Vicente no supo que hacer, su obligación como español le lanzaba a la lucha, pero su obligación para con su familia, Doña Sara y sus dos hijas y además su profesión de medico le retenían en casa. Poco le duro el desasosiego, al final decidió intervenir como medico en la lucha.
Se extendió rápidamente la noticia de que los sublevados estaban cercados en el cuartel de la montaña y que el gobierno había repartido armas entre las milicias rojas, lo segundo era obvio, las calles estaban atestadas de milicianos armados y Madrid ardía en llamas, debido a las iglesias y conventos que ardían. Don Vicente estaba muy preocupado por Gabriel. El dia 19 no se había presentado a trabajar, por lo que decidió acopiar los víveres que pudiera y partir al día siguiente hacia el cuartel de la montaña para buscar a Gabriel, que era como un hijo para él, y alistarse como medico.
El día 20 salio temprano de casa, el trayecto hasta el cuartel de la montaña andando apenas era de media hora, sin embargo tardo “siglos” en acercarse debido a los controles “incontrolados” que se establecieron en todas las esquinas. A medida que se acercaba, malos presentimientos le invadían, el ruido de cañonazos y fusilaría era evidente. Llego finalmente sobre las 12 del medio día, quedo petrificado, aquello era espantoso la turba había entrado en el cuartel a sangre y fuego, la chusma cantaba enfervorecida mientras a rastras llebaban a soldados y a civiles contra uno de los muros y eran inmediatamente fusilados, algunos no llegaban ni siquiera al paredón, por el camino eran apuñalados por milicianos que una vez caídos se ensañaban con ellos.
Quedo Don Vicente marcado por la visión de aquella matanza, pero fue, también, en ese momento cuando tomo la decisión de trabajar en el futuro para salvar al mayor numero posible de victimas de aquella chusma.
Cuando llego a casa puso manos a la obra, llamo por teléfono a algunas personas de su confianza, que le pusieron en contacto con la falange clandestina (desde hacia tiempo esta falange operaba en Madrid debido a que el partido había sido proscrito). De manos de esta falange se entero también de que su ayudante Gabriel había sido detenido y quemado vivo en una checa por miembros de la UGT.
En la finca era peligrosísimo realizar cualquier actividad contrarrevolucionaria debida principalmente a que la portera de la finca era conocida comunista y su espíritu de chivata era insaciable. Tenia, de todos modos, Don Vicente tomada su decisión y a ello se puso.
La casa daba la vuelta sobre si misma y tenia un cuarto sin ventana, esto seria de vital importancia en el futuro, Don Vicente realizo las oportunas obras dividiendo la casa en dos y dejando una puerta falsa que unía las, ahora dos casas y mando colocar un armario de forma torpe para que dejara entrever la puerta falsa y a su vez coloco un pesadísimo armario delante del cuarto sin ventana con una falsa trasera de corredera que daba directamente al “cuarto oscuro”. Una vez terminada las obras se puso en contacto con la quinta columna y comenzó su labor de salvación.
Los refugiados llegaban a la consulta, previamente avisado Don Vicente y eran conducidos al cuarto oscuro, mientras tanto Don Vicente pasaba consulta como si nada estuviera ocurriendo fuera de lo normal. La portera pronto empezó a sospechar, no le salían las cuentas, entraba más gente de la que salía, claro está, que no tardo en denunciar. Allí se presentaron las milicias y pusieron todo patas arriba pero nada encontraron por lo que se fueron con las manos vacías. La portera no quedo contenta y volvió a denunciar, esta vez tanto descaro tuvo, que ella misma participo en el registro, inmediatamente se dio cuenta de que faltaba una puerta a la calle y así lo manifestó, los milicianos aparte de robar lo que les dio la gana, hicieron un registro mas minucioso y mucho se alegraron cuando vieron la puerta detrás del armario que mi abuelo había dejado allí intencionadamente.
A Don Vicente se le hubiera saltado la risa si eso no fuera peligroso, habían caído en su trampa, cuando retiraron el armario no descubrieron si no un apartamento vacío y otra puerta a la calle pero sin gente ni huellas de que allí hubiera estado alguien. No cejaron en sus inspecciones y registros durante toda la guerra, pero al final yo creo que era mas por el hurto que porque creyeran ya a la portera que a esas alturas pasaba por loca.También le tendieron trampas, haciendo pasar a milicianos por refugiados en su consulta, pero la quinta columna funciono muy bien toda la guerra y Don Vicente no presto oídos a nadie, que no viniera de sus contactos.Se preguntaran vds. Que se hacia con los refugiados, muy sencillo como el 99,99% de los rojos son corruptos y la portera era un ejemplar con pedigrí. Basto con un pequeño soborno que consistía en productos del mercado negro a cambio de sacar de paseo a mi madre y mi tía, momento en el que aprovechaba la quinta columna para sacar a los refugiados y conducirlos a la salvación.
 
Vaya esta historia por ti abuelo Vicente, que desde hace tiempo estas en el cielo de los justos, historia, que por primera vez sale a la luz fuera de la familia, pero tu historia es la de un héroe y debe de ser contada.
 
 
 

martes, 27 de diciembre de 2011

Un lema de caballeros

 

Nuestro pasado nos aguarda para crear el porvenir. El porvenir perdido lo volveremos a hallar en el pasado. La historia señala el porvenir. En el pasado está la huella de los ideales que íbamos a realizar dentro de diez mil años. El pasado español es una procesión que abandonamos, los más de nosotros, para seguir con los ojos las de países extranjeros o para soñar con un orden natural de formaciones revolucionarias, en que los analfabetos y los desconocidos se pusieran a guiar a los hombres de rango y de cultura. Pero la antigua procesión no ha cesado del todo. Aún nos aguarda. Por su camino avanzan los muertos y los vivos. Llevan por estandarte las glorias nacionales. Y nuestra vida verdadera, en cuanto posible en este mundo, consiste en volver a entrar en fila. "¿Decíamos ayer?..." Precisamente. De lo que se trata es de recordar con precisión lo que decíamos ayer, cuando teníamos algo que decir. Esta precisión, en general, sólo la alcanzan los poetas. Si tenemos razón los españoles historicistas, han de venir en auxilio nuestro los poetas. Si la plenitud de la vida de los españoles y de los hispánicos está en la Hispanidad y de la Hispanidad en el recobro de su conciencia histórica, tendrán que surgir los poetas que nos orienten con sus palabras mágicas.

¿Acaso no fue un poeta el que asoció por vez primera las tres palabras de Dios, Patria y Rey? La divisa fue, sin embargo, insuperable, aunque tampoco lo era inferior la que decía: Dios, Patria, Fueros, Rey. Nuestros guerreros de la Edad Media crearon otra que fue talismán de la victoria: "¡Santiago y cierra, España!". En el siglo XVI pudo crearse, como lema del esfuerzo hispánico, la de: "La fe y las obras". Era la puerta al reino de los Cielos. ¿No podría fundarse en ella el acceso a la ciudadanía, el día en que deje de creerse en los derechos políticos del hombre natural? Los caballeros de la Hispanidad tendrían que forjarse su propia divisa. Para ello pido el auxilio de los poetas. Las palabras mágicas están todavía por decir. Los conceptos, en cambio, pueden darse ya por conocidos: servicio, jerarquía y hermandad, el lema antagónico al revolucionario del libertad, igualdad, fraternidad. Hemos de proponernos una obra de servicio. Para hacerla efectiva nos hemos de insertar en alguna organización jerárquica. Y la finalidad del servicio y de la jerarquía no ha de consistir únicamente en acrecentar el valer de algunos hombres, sino que ha de aumentar la caridad, la hermandad entre los humanos.

El servicio es la virtud aristocrática por excelencia. Ich dien, yo sirvo, dice en tudesco el escudo de los reyes de Inglaterra. El de los Papas dice más: Servus servorum, siervo de los siervos. Es el lema de toda alma distinguida. Si se le contrapone al de libertad se observará que el de servicio incluye la libertad, porque libremente se adopta como lema, pero el de libertad no incluye el de servicio: "Mejor reinar en el infierno que servir en el cielo", dice el Satán de Milton. La jerarquía es la condición de la eficacia, lo específico de la civilización, lo genérico de la vida, que parece aborrecer toda igualdad. Toda obra social implica división del trabajo: gobernantes y gobernados, caudillos y secuaces. Disciplina y jerarquía son palabras sinónimas. La jerarquía legítima es la que se funda en el servicio. Jerarquía y servicio son los lemas de toda aristocracia. Una aristocracia hispánica ha de añadir a su lema el de hermandad. Los grandes españoles fueron los paladines de la hermandad humana. Frente a los judíos, que se consideraban el pueblo elegido, frente a los pueblos nórdicos de Europa, que se juzgaban los predestinados para la salvación, San Francisco Javier estaba cierto de que podían ir al Cielo los hijos de la India, y no sólo los brahmanes orgullosos, sino también, y sobre todo, los patrias intocables.

Esta es una idea que ningún otro pueblo ha sentido con tanta fuerza como el nuestro. Y como creo en la Humanidad, como abrigo la fe de que todo el género humano debe acabar por constituir una sola familia, estimo necesario que la Hispanidad crezca y florezca y persevere en su ser y en sus caracteres esenciales, porque sólo ella ha demostrado vocación para servir este ideal.

DEFENSA DE LA HISPANIDAD, Ramiro de Maeztu

lunes, 12 de diciembre de 2011

‎12 DE DICIEMBRE


 Esta sí que es bella, camarada,
porque la buscas tú
y te impones con voluntad.

Mueres bajo el sol o bajo las estrellas,
Pero mueres en combate
y tu sangre se hace fértil
como una primavera

Nadie dice nada.
Sólo tus camaradas alzan el brazo
y escriben tu nombre en letras de oro
y gritan: ¡Presente!
Tienen los ojos brillantes y no lloran,
porque han de honrarte
con fiesta de pólvora y asalto.

Media hora después cantan un himno.
Y en las estrofas del himno estás tú:
¡Presente!
Dos horas después están encarcelados,
Y tú con ellos: ¡Presente!
Y siempre tú: ¡Presente!
Con tu último gesto: ¡Presente!
Con tu última y eterna sangre: ¡Presente!

jueves, 8 de diciembre de 2011

7 de diciembre de 1585: Tiene lugar el milagro de Empel.

El 7 de diciembre de 1585, el Tercio del Maestre de Campo Francisco de Bobadilla combatía por España y la Fe católica en Holanda. La isla de Bommel, situada entre los ríos Mosa y Waal, era el reducto defendido por el Tercio Viejo, bloqueado por completo por la escuadra del Almirante Holak. Cinco mil hombres guarnecían la isla, “cinco mil españoles que eran a la vez cinco mil infantes, y cinco mil caballos ligeros y cinco mil gastadores y cinco mil diablos “, como dijera de ellos un almirante francés.
El bloqueo se estrecha cada día más; ya no quedan víveres, ni pertrechos de guerra, ni ropas secas. Sólo frío y agua y barro y desesperanza. Alejandro Farnesio, el gobernador de los Países Bajos, envía unos refuerzos que nunca llegan. Los maestres Carlos Mansfeld y Juan del Águila tratan, en vano, de socorrer a los sitiados; no hay esperanzas de auxilio.

El jefe enemigo propone entonces una rendición honrosa. La respuesta de Bobadilla es inmediata:Los infantes españoles prefieren la muerte a la deshonra. Ya hablaremos de capitulación después de muertos“. Ante tal respuesta, Holak recurre a un método infalible para acabar con la resistencia española.

Como las aguas del Mosa discurrían por un canal más alto que el terreno ocupado por los soldados, abre una enorme brecha en el dique y las aguas se precipitan sobre el campamento del Tercio, que pronto se ve rodeado de ellas por todas partes. No queda más tierra firme que el montecillo (apenas cincuenta metros) de Empel, donde, abandonando impedimenta y pertrechos, han de refugiarse los soldados, so pena de perecer ahogados.

En esta situación, un soldado del Tercio cavaba una trinchera “más para tumba que para guarecerse“, cuando tropezó con un objeto de madera allí enterrado. Era una tabla flamenca en la que estaba pintada, en vivos colores, la Inmaculada Concepción.
Comenzó el soldado a gritar y acudieron sus compañeros que, colocando el cuadro sobre la bandera española, a modo de improvisado altar, cayeron todos de rodillas entonando la Salve.

El Maestre Bobadilla, considerando el hecho como señal cierta de la protección divina, arengó así a sus soldados. “¡Soldados! El hambre y el frío nos llevan a la derrota, pero la Virgen Inmaculada viene a salvarnos. ¿Queréis que se quemen las banderas, que se inutilice la artillería y que abordemos esta noche las galeras enemigas?” “¡Si queremos!”, fue la respuesta unánime de aquellos españoles.

Un viento huracanado e intensamente frío se desató aquella tarde helando las aguas del Mosa. Los españoles, marchando sobre el hielo en plena noche, atacan por sorpresa a la escuadra enemiga al amanecer del día 8 de diciembre y alcanzan una victoria tan completa que hace decir al almirante Holak: “Tal parece que Dios es español al obrar, para mí, tan grande milagro“.

Aquel mismo día, entre vítores y aclamaciones, la Inmaculada Concepción es proclamada patrona de los Tercios de Flandes e Italia, la flor y nata del ejército español.
 
 
Extraido de: LA INMACULADA CONCEPCIÓN
 
 
http://www.geocities.com/Pentagon/8745/infanteria/inmaculada.htm

lunes, 28 de noviembre de 2011

Okupando a Góngora

Varias veces les he hablado en esta página del barrio de las letras de Madrid, donde hace tres siglos se cruzaban cada mañana, camino de comprar el pan, los periódicos o lo que se comprase entonces, Quevedo, Lope de Vega, Calderón de la Barca, Góngora y el buen don Miguel de Cervantes, entre otros. Cada cual, como españoles de fina casta que eran, con sus fobias, envidias, desprecios y descalificaciones mutuas a punto de nieve. También comenté en alguna ocasión que si un barrio con semejante pedigrí hubiera estado en Londres o París, todo el lugar sería hoy un inmenso museo al aire libre cuajado de bibliotecas, placas conmemorativas, monumentos y autobuses con turistas. Pero donde está es en Madrid, a ver si me entienden. Capital de España, o de lo que sea este puticlub de carretera. Así que pueden imaginar la diferencia.

Una de esas diferencias ocurrió hace unos días. Y lo más simpático no es la anécdota, sino su desarrollo y posterior tratamiento mediático. Un grupo de okupas se había instalado, mediante el procedimiento tradicional de patada a la puerta y de aquí no me saca ni Kristo bendito, en una casa de la calle Huertas en la que vivió Góngora después de que su enemigo mortal Francisco de Quevedo comprase su anterior vivienda, a fin de darse el gustazo de echarlo a la calle. La casa -ya hemos precisado que hablamos de Madrid- estaba hecha una piltrafa, decrépita y llena de escombros. Así que los okupas se instalaron tan ricamente con su parafernalia habitual, también llamada ajuar perroflauta de toda la vida. Con la seguridad, por otra parte, que a cualquier okupa bien informado le da saber con certeza absoluta que en España, líder mundial en libertades y derechos del hombre y la mujer, si te metes por el morro en una casa ajena, es seguro que entre el hecho, la demanda del propietario, la decisión judicial y la ejecución de la sentencia de desalojo, si llega a producirse, y dependiendo de que el juez sea compañero de carrera o colega de universidad del abogado de una parte o de la otra, pueden transcurrir veinte años. O más.

El caso es que esos inquilinos por la kara estaban instalados en la antaño gongorina y ahora ruinosa morada, gozando de pleno derecho las innumerables facilidades que la Justicia española en general y el Ayuntamiento de Madrid en particular prestan a esta suerte de bonitas iniciativas populares. Pero siempre hay un pelo en la sopa. En ésas, algún propietario desesperado, impaciente, y si rascamos un poco seguro que fascista, racista, machista, violento, homófobo y misógino -etiquetas que en España suelen atribuirse en bloque a cualquiera que no se baje los calzones y ofrezca el ojete sin rechistar- debió decidir que aquella situación la solucionaba él a título personal, por el artículo catorce. Así que cuatro individuos fornidos tiraron la puerta, cogieron a los okupas en brazos y los sacaron a la calle. Acto reprobable, éste, que acogiéndome a la retórica al uso me apresuro a calificar -conste en acta para que no haya dudas sobre mi punto de vista ético- de terrorismo urbano. Incluso de genocidio perroflauta. De mi opinión debieron ser también los desalojados; pues en seguida pidieron apoyo a través de las redes sociales, y al poco se congregaron tres docenas de presuntos representantes del 15-M exigiendo reparación aún más indignados si cabe; pues la policía, que acabó presentándose, no actuó contra los malvados desalojadores ni devolvió las cosas al statu quo ante. Como si no estuviera clarísimo y consagrado por el uso hispano que, entre patada a la puerta de un okupa y patada a la puerta de un propietario, el segundo es quien actúa al margen de la ley, y el primero es la verdadera víctima del asunto. Por favor. A estas alturas.

Por cierto: escalofriante testimonio sobre la demencial pesadilla sufrida por los desalojados -algunos periodistas parecían compartir su asombro y justa indignación- fue el de una joven que afirmó, aún nerviosa del soponcio, que lo había pasado muy mal al verse sacada así a la calle, de sopetón, y que lo que había hecho el propietario de la casa era una infamia social de las que no tenían nombre, ni apellidos. Tras cuyo pertinente telediario, supongo, el Ayuntamiento y la Comunidad de Madrid enviaron con suma urgencia un equipo de psicólogos y psicólogas para aliviarle el trauma. Eso me lleva a sugerir sin reservas que en las próximas okupaciones, tanto si son en las casas ruinosas de Góngora, Quevedo o Cervantes como en la del Payaso Fofó -que también tiene calles en España, y posiblemente en mayor número y con la placa más grande-, la policía abandone esa vergonzosa pasividad que me atrevo a calificar de filonazi y proteja de propietarios y otros energúmenos a quienes debe proteger. Que para eso cobra, la muy perra.

Arturo Pérez-Reverte
http://www.perezreverte.com/articulo/patentes-corso/649/okupando-a-gongora/

domingo, 27 de noviembre de 2011

sábado, 19 de noviembre de 2011

JOSÉ ANTONIO ¡¡¡SIEMPRE PRESENTE!!!




"La gravedad profunda de la muerte
era, para tu sangre, vencimiento,
para tu juventud, desasimiento
de hacer arquitectura el polvo inerte.


Vino luego el dolor de recogerte
en tierra que cumplió tu mandamiento.
¡Tu voz, que dio contorno al sentimiento,
se dobla ante el mandato de la suerte!


Pero España clamó, desarbolada,
por convertir en fuerza su impotencia
y unir el pensamiento con la espada.


Y por hacer más corto su camino,
cambiaste por la gloria la existencia
y Dios elevó a norma tu destino."


PEDRO LAÍN ENTRALGO
(Tomado de Corona de Sonetos...)

jueves, 17 de noviembre de 2011

¡Ganado el recurso! Autorizado el acto en Génova y marcha al Valle


Nos complace comunicar que finalmente, esta misma mañana el Tribunal Superior de Justicia de la Comunidad de Madrid ha dado la razón al equipo jurídico de La Falange. Lo han hecho, eso si, tratando de causar el mayor prejuicio, retrasando su sentencia hasta un límite en que casi nos resulte imposible anunciar y organizar nuestro acto político como nos gustaría y como se merece.

La circunstancia peculiar de la presente convocatoria era la coincidencia con la pantomima electoral y el "día de reflexión". Sin embargo, en las pasadas elecciones municipales de mayo ya vimos como la misma Delegación de Gobierno y la misma Junta Electoral que ahora pretendía silenciar a La Falange, entonces tenían manga ancha con el 15M. Sin irnos tan lejos, en esta misma cita electoral la Delegación del Gobierno en Madrid y la Junta Electoral conocen y va a permitir las diferentes protestas que por internet has promovido los indignados. Incluso han autorizado para el mismo dia de las elecciones a un grupo de provocadores para que se concentren ante el Valle de los Caídos e insulten a quienes quieren acudir el domingo a misa o tienen allí a sus difuntos.
Bien, pues esa Delegación de Gobierno y esa Junta Electoral, son las que han querido prohibir los actos de La Falange. Queda claro por lo tanto por donde se pasan estas instituciones el "día de reflexión". Ni respetan la democracia, ni las reglas, ni el sufragio, ni a los ciudadanos. No han hecho mas que utilizarlas de nuevo contra aquellos a los que nos consideran enemigos. Se trata de un caso sangrante de discriminación política y de arbitrariedad por parte de las instituciones. Nosotros tenemos que pelear el doble y sortear mil obstáculos. Para La Falange hay "día de reflexión", pero para los convocantes de extrema izquierda no.

Con todo y con eso nuestros actos políticos y nuestra manifestación reivindicativa y de conmemoración del 75 aniversario del asesinato de José Antonio Primo de Rivera, fundador de nuestra formación política, se celebrarán este año como todos: con toda normalidad pues cuentan como siempre con todos los permisos legales.

El próximo sábado a las 21:30 horas en la calle Génova, frente a la casa en la que nació José Antonio Primo de Rivera, tendrá lugar un acto político. Desde allí partirá una manifestación hasta Moncloa, donde se despedirá la tradicional Marcha de la Corona, que transcurrirá durante toda la noche y a pie hasta el Valle de los Caídos.

lunes, 14 de noviembre de 2011

Que nunca se nos olvide.


"Prefiero la bala marxista a la palmadita derechoide, pues es cien veces mejor morir de bala que morir de náuseas”...

viernes, 11 de noviembre de 2011

CARTA DIRIGIDA A SIMPATIZANTES Y AFILIADOS DEL NPe....Y A QUIEN QUIERA ESCUCHAR

Estimados camaradas,

Os dirigimos esta carta a fin de convocaros al acto público que se celebrará el próximo 27 de Noviembre en la Plaza de Oriente de Madrid a las 12 horas con el lema “FRANCO: UN HEROE. JOSE ANTONIO: UN MARTIR. OTRA POLITICA ES POSIBLE” para rendir homenaje a estos dos héroes de España.

Este acto es convocado por el Nudo Patriota Español y otras organizaciones patriotas que se están aglutinando para el mismo y cuya relación aún no podemos facilitar por no estar cerrada. La colaboración del NPe es total en coherencia con nuestro trabajo por la unidad de todos los patriotas de España y por la defensa de todo nuestro pasado político frente a la Ley de Memoria Histórica.

El NPe entiende que el inicio de la reaparición de nuestro sector ideológico en la vida política española llegará de un 20N en el que los patriotas de España nos esforcemos en movilizar al máximo de asistentes posibles y comuniquemos allí que hemos sido capaces de construir una alternativa unida que nos represente con fuerza.

Este trabajo no podemos hacerlo solos. Necesitamos manos, ayuda, colaboración, apoyo. Los vuestros. La de quienes recibís esta carta. Para unir a los patriotas, y en tanto en cuanto lo conseguimos, para seguir luchando por nuestros principios y defendiendo nuestra tradición y orígenes políticos os pedimos vuestra afiliación al NPe.

Este 27 de Noviembre necesitamos vuestra presencia en la Plaza de Oriente. Sabemos que nos toca volver a empezar y que partimos de casi nada. Que ese casi nada no sea tan pequeño depende de cuantos os suméis a este nuevo principio.






¡ARRIBA ESPAÑA!

Fdo: Eduardo Arias Hijas

Presidente del Nudo Patriota Español

jueves, 10 de noviembre de 2011

martes, 1 de noviembre de 2011

Bienvenidos al pasado

Debo ser de los pocos que no habla de las elecciones y su resultado; la razón de ello es que no me importan un pimiento. En este país, antes llamado España, aproximandamente la mitad de la población cree que si gana el PSOE de nuevo nos hundimos, y la otra mitad, que si gana el PP nos vamos al carajo. Lo triste, grave y preocupante, es que todos tienen razón.
Y la tienen no sólo porque nadie parece votar a favor, sino a la contra. “No quiero que salgan los mios, sino que no salgan los otros” parece ser la reflexión común. Muy triste para alguien como yo, que ya no sabe ni si soy “de los mios”.
Decía que no sólo tienen razón por eso, que puede ser incluso accesorio, sino porque aquí no son los políticos quienes gobiernan, sino los bancos. Y hay tantas pruebas de ello que enumerarlas me provoca excesivo hastío. Simplemente, fijémonos en quien es el candidato al que Botín presta su avión particular: es quien gana las elecciones. Es un suceso que se ha repetido durante más tiempo del que un ministrable sobrio podría recordar.
Esos bancos, tan refractarios a una posible socialización de las ganancias, pero que en cuanto vienen las cosas mal son los primeros en socializar las pérdidas, condonan deudas fantásticas a los partidos políticos, pero no dudan en tirar a la calle a muchos españolitos, cada vez más, son los nuevos amos, dueños de esas nuevas generaciones de esclavos que estamos forjando entre todos. Esclavos que se verán sin su casa, una casa que tasaron los bancos como quisieron, prestaron dinero con intereses imposibles (y que no salga el tonto útil de turno a decir que ellos se lo buscaron: ellos no tenían otro remedio, el alquiler en España es incluso más caro que una hipoteca, y nos pongamos como nos pongamos, el servicio de préstamo sigue siendo un oligopolio en España). Esclavos que al no poder pagar sus deudas por la situación que les zurra, no solo dan las llaves de su hogar, sino su alma, al seguir pagando sine die una cantidad imposible, mientras el banco se hace por miseria y compañía con lo que siempre fue suyo, y lo reutiliza como cebo para pescar a más incautos que también les darán su vida y alma. Pisos manchados de sangre y sudor que seguirán marcando el lomo de nuevos esclavos.
Dicen que volvemos al siglo XIX. Qué ilusos, ojalá fuera así. El problema no es que vayamos a volver a las condiciones del XIX, sino que en el XIX estaban mejor de lo que estaremos nosotros, con todas las cargas del “progreso” y con una regresión absoluta de la justicia social, desaparecida en las alcantarillas del gran capitalismo. Si tienes un problema y no lo soluciona el mercado, estás frito. ¿Tienes un niño enfermo? ¡Tonto!, te llamarán desde sus tribunas forradas en euros. La culpa es tuya por no abortar. ¿Tu madre no puede comer con su pensión? ¡Oiga! ¿ha oído hablar de la eutanasia?. Si no produces, es más, si no produces mucho y barato, por un cuenco de arroz mejor que por unos billetes, no sirves para nada. Y ya no existe familia posible que ampare la caída, pues la família es lo primero que este perverso sistema se ha encargado de destruir.
Por eso no hablo de elecciones. Porque al margen de la prensa, en la calle de verdad, la Patria, la política, el terrorismo… pasa desapercibido. Es fácil hablar de España, de la libertad y la democracia cuando conduces un mercedes y tienes un sueldo seguro. Pero cuando tus hijos pasan hambre y el banco intenta expulsarte de tu casa, todo es más mundano, y los grandes eventos te importan una higa. Llegamos poco a poco al momento en que parezca que todo sea peligro y la calle muerda. Entonces, es cuando la mirada de los españolitos de a pie se giraran y nos buscarán a los apestados por ser políticamente incorrectos, con la esperanza de que tengamos solución. Y será demasiado tarde.
Antes quería que se fueran, estos políticos y banqueros. Ahora no. Quiero que se queden. Algún día tendremos que juzgarles y ellos tendrán que calentar el banquillo con sus podridas nalgas.

sábado, 29 de octubre de 2011

29 de octubre de 1933


Nada de un párrafo de gracias. Escuetamente, gracias, como corresponde al laconismo militar de nuestro estilo.

Cuando, en marzo de 1762, un hombre nefasto, que se llamaba Juan Jacobo Rousseau, publicó El contrato social, dejó de ser la verdad política una entidad permanente. Antes, en otras épocas más profundas, los Estados, que eran ejecutores de misiones históricas, tenían inscritas sobre sus frentes, y aun sobre los astros, la justicia y la verdad. Juan Jacobo Rousseau vino a decirnos que la justicia y la verdad no eran categorías permanentes de razón, sino que eran, en cada instante, decisiones de voluntad.

Juan Jacobo Rousseau suponía que el conjunto de los que vivimos en un pueblo tiene un alma superior, de jerarquía diferente a cada una de nuestras almas, y que ese yo superior está dotado de una voluntad infalible, capaz de definir en cada instante lo justo y lo injusto, el bien y el mal. Y como esa voluntad colectiva, esa voluntad soberana, sólo se expresa por medio del sufragio –conjetura de los más que triunfa sobre la de los menos en la adivinación de la voluntad superior–, venía a resultar que el sufragio, esa farsa de las papeletas entradas en una urna de cristal, tenía la virtud de decirnos en cada instante si Dios existía o no existía, si la verdad era la verdad o no era la verdad, si la Patria debía permanecer o si era mejor que, en un momento, se suicidase.

Como el Estado liberal fue un servidor de esa doctrina, vino a constituirse no ya en el ejecutor resuelto de los destinos patrios, sino en el espectador de las luchas electorales. Para el Estado liberal sólo era lo importante que en las mesas de votación hubiera sentado un determinado número de señores; que las elecciones empezaran a las ocho y acabaran a las cuatro; que no se rompieran las urnas. Cuando el ser rotas es el más noble destino de todas las urnas. Después, a respetar tranquilamente lo que de las urnas saliera, como si a él no le importase nada. Es decir, que los gobernantes liberales no creían ni siquiera en su misión propia; no creían que ellos mismos estuviesen allí cumpliendo un respetable deber, sino que todo el que pensara lo contrario y se propusiera asaltar el Estado, por las buenas o por las malas, tenía igual derecho a decirlo y a intentarlo que los, guardianes del Estado mismo a defenderlo.

De ahí vino el sistema democrático, que es, en primer lugar, el más ruinoso sistema de derroche de energías. Un hombre dotado para la altísima función de gobernar, que es tal vez la más noble de las funciones humanas, tenía que dedicar el ochenta, el noventa o el noventa y cinco por ciento de su energía a sustanciar reclamaciones formularias, a hacer propaganda electoral, a dormitar en los escaños del Congreso, a adular a los electores, a aguantar sus impertinencias, porque de los electores iba a recibir el Poder; a soportar humillaciones y vejámenes de los que, precisamente por la función casi divina de gobernar, estaban llamados a obedecerle; y si, después de todo eso, le quedaba un sobrante de algunas horas en la madrugada, o de algunos minutos robados a un descanso intranquilo, en ese mínimo sobrante es cuando el hombre dotado para gobernar podía pensar seriamente en las funciones sustantivas de Gobierno.

Vino después la pérdida de la unidad espiritual de los pueblos, porque como el sistema funcionaba sobre el logro de las mayorías, todo aquel que aspiraba a ganar el sistema ,tenía que procurarse la mayoría de los sufragios. Y tenía que procurárselos robándolos, si era preciso, a los otros partidos, y para ello no tenía que vacilar en calumniarlos, en verter sobre ellos las peores injurias, en faltar deliberadamente a la verdad, en no desperdiciar un solo resorte de mentira y de envilecimiento. Y así, siendo la fraternidad uno de los postulados que el Estado liberal nos mostraba en su frontispicio, no hubo nunca situación de vida colectiva donde los hombres injuriados, enemigos unos de otros, se sintieran menos hermanos que en la vida turbulenta y desagradable del Estado liberal.

Y, por último, el Estado liberal vino a depararnos la esclavitud económica, porque a los obreros, con trágico sarcasmo, se les decía: “Sois libres de trabajar lo que queráis; nadie puede compeleros a que aceptéis unas u otras condiciones; ahora bien: como nosotros somos los ricos, os ofrecemos las condiciones que nos parecen; vosotros, ciudadanos libres, si no queréis, no estáis obligados a aceptarlas; pero vosotros, ciudadanos pobres, si no aceptáis las condiciones que nosotros os impongamos, moriréis de hambre, rodeados de la máxima dignidad liberal”. Y así veríais cómo en los países donde se ha llegado a tener Parlamentos más brillantes e instituciones democráticas más finas, no teníais más que separamos unos cientos de metros de los barrios lujosos para encontramos con tugurios infectos donde vivían hacinados los obreros y sus familias, en un límite de decoro casi infrahumano. Y os encontraríais trabajadores de los campos que de sol a sol se doblaban sobre la tierra, abrasadas las costillas, y que ganaban en todo el año, gracias al libre juego de la economía liberal, setenta u ochenta jornales de tres pesetas.

Por eso tuvo que nacer, y fue justo su nacimiento (nosotros no recatamos ninguna verdad), el socialismo. Los obreros tuvieron que defenderse contra aquel sistema, que sólo les daba promesas de derechos, pero no se cuidaba de proporcionarles una vida justa.

Ahora, que el socialismo, que fue una reacción legítima contra aquella esclavitud liberal, vino a descarriarse, porque dio, primero, en la interpretación materialista de la vida y de la Historia; segundo, en un sentido de represalia; tercero, en una proclamación del dogma de la lucha de clases.

El socialismo, sobre todo el socialismo que construyeron, impasibles en la frialdad de sus gabinetes, los apóstoles socialistas, en quienes creen los pobres obreros, y que ya nos ha descubierto tal como eran Alfonso García Valdecasas; el socialismo así entendido, no ve en la Historia sino un juego de resortes económicos: lo espiritual se suprime; la Religión es un opio del pueblo; la Patria es un mito para explotar a los desgraciados. Todo eso dice el socialismo. No hay más que producción, organización económica. Así es que los obreros tienen que estrujar bien sus almas para que no quede dentro de ellas la menor gota de espiritualidad.

No aspira el socialismo a restablecer una justicia social rota por el mal funcionamiento de los Estados liberales, sino que aspira a la represalia; aspira a llegar en la injusticia a tantos grados más allá cuantos más acá llegaran en la injusticia los sistemas liberales.

Por último, el socialismo proclama el dogma monstruoso de la lucha de clases; proclama el dogma de que las luchas entre las clases son indispensables, y se producen naturalmente en la vida, porque no puede haber nunca nada que las aplaque. Y el socialismo, que vino a ser una crítica justa del liberalismo económico, nos trajo, por otro camino, lo mismo que el liberalismo económico: la disgregación, el odio, la separación, el olvido de todo vínculo de hermandad y de solidaridad entre los hombres.

Así resulta que cuando nosotros, los hombres de nuestra generación, abrimos los ojos, nos encontramos con un mundo en ruina moral, un mundo escindido en toda suerte de diferencias; y por lo que nos toca de cerca, nos encontramos en una España en ruina moral, una España dividida por todos los odios y por todas las pugnas. Y así, nosotros hemos tenido que llorar en el fondo de nuestra alma cuando recorríamos los pueblos de esa España maravillosa, esos pueblos en donde todavía, bajo la capa más humilde, se descubren gentes dotadas de una elegancia rústica que no tienen un gesto excesivo ni una palabra ociosa, gentes que viven sobre una tierra seca en apariencia, con sequedad exterior, pero que nos asombra con la fecundidad que estalla en el triunfo de los pámpanos y los trigos. Cuando recorríamos esas tierras y veíamos esas gentes, y las sabíamos torturadas por pequeños caciques, olvidadas por todos los grupos, divididas, envenenadas por predicaciones tortuosas, teníamos que pensar de todo ese pueblo lo que él mismo cantaba del Cid al verle errar por campos de Castilla, desterrado de Burgos: ¡Dios, qué buen vasallo si oviera buen señor!



Eso vinimos a encontrar nosotros en el movimiento que empieza en ese día: ese legítimo soñar de España; pero un señor como el de San Francisco de Borja, un señor que no se nos muera. Y para que no se nos muera, ha de ser un señor que no sea, al propio tiempo, esclavo de un interés de grupo ni de un interés de clase.

El movimiento de hoy, que no es de partido, sino que es un movimiento, casi podríamos decir un antipartido, sépase desde ahora, no es de derechas ni de izquierdas. Porque en el fondo, la derecha es la aspiración a mantener una organización económica, aunque sea injusta, y la izquierda es, en el fondo, el deseo de subvertir una organización económica, aunque al subvertiría se arrastren muchas cosas buenas. Luego, esto se decora en unos y otros con una serie de consideraciones espirituales. Sepan todos los que nos escuchan de buena fe que estas consideraciones espirituales caben todas en nuestro movimiento; pero que nuestro movimiento por nada atará sus destinos al interés de grupo o al interés de clase que anida bajo la división superficial de derechas e izquierdas.

La Patria es una unidad total, en que se integran todos los individuos y todas las clases; la Patria no puede estar en manos de la clase más fuerte ni del partido mejor organizado. La Patria es una síntesis trascendente, una síntesis indivisible, con fines propios que cumplir; y nosotros lo que queremos es que el movimiento de este día, y el Estado que cree, sea el instrumento eficaz, autoritario, al servicio de una unidad indiscutible, de esa unidad permanente, de esa unidad irrevocable que se llama Patria.

Y con eso ya tenemos todo el motor de nuestros actos futuros y de nuestra conducta presente, porque nosotros seríamos un partido más si viniéramos a enunciar un programa de soluciones concretas. Tales programas tienen la ventaja de que nunca se cumplen. En cambio, cuando se tiene un sentido permanente ante la Historia y ante la vida, ese propio sentido nos da las soluciones ante lo concreto, como el amor nos dice en qué caso debemos reñir y en qué caso nos debemos abrazar, sin que un verdadero amor tenga hecho un mínimo programa de abrazos y de riñas.

He aquí lo que exige nuestro sentido total de la Patria y del Estado que ha de servirla.

Que todos los pueblos de España, por diversos que sean, se sientan armonizados en una irrevocable unidad de destino.

Que desaparezcan los partidos políticos. Nadie ha nacido nunca miembro de un partido político; en cambio, nacemos todos miembros de una familia; somos todos vecinos de un Municipio; nos afanamos todos en el ejercicio de un trabajo. Pues si ésas son nuestras unidades naturales, si la familia y el Municipio y la corporación es en lo que de veras vivimos, ¿para qué necesitamos el instrumento intermediario y pernicioso de los partidos políticos, que, para unimos en grupos artificiales, empiezan por desunimos en nuestras realidades auténticas?

Queremos menos palabrería liberal y más respeto a la libertad profunda del hombre. Porque sólo se respeta la libertad del hombre cuando se le estima, como nosotros le estimamos, portador de valores eternos; cuando se le estima envoltura corporal de un alma que es capaz de condenarse y de salvarse. Sólo cuando al hombre se le considera así, se puede decir que se respeta de veras su libertad, y más todavía si esa libertad se conjuga, como nosotros pretendemos, en un sistema de autoridad, de jerarquía y de orden.

Queremos que todos se sientan miembros de una comunidad seria y completa; es decir, que las funciones a realizar son muchas: unos, con el trabajo manual; otros, con el trabajo del espíritu; algunos, con un magisterio de costumbres y refinamientos. Pero que en una comunidad tal como la que nosotros apetecernos, sépase desde ahora, no debe haber convidados ni debe haber zánganos.

Queremos que no se canten derechos individuales de los que no pueden cumplirse nunca en casa de los famélicos, sino que se dé a todo hombre, a todo miembro de la comunidad política, por el hecho de serio, la manera de ganarse con su trabajo una vida humana, justa y digna.

Queremos que el espíritu religioso, clave de los mejores arcos de nuestra Historia, sea respetado y amparado como merece, sin que por eso el Estado se inmiscuya en funciones que no le son propias ni comparta –como lo hacía, tal vez por otros intereses que los de la verdadera Religión– funciones que sí le corresponde realizar por sí mismo.

Queremos que España recobre resueltamente el sentido universal de su cultura y de su Historia.

Y queremos, por último, que si esto ha de lograrse en algún caso por la violencia, no nos detengamos ante la violencia. Porque, ¿quién ha dicho –al hablar de “todo menos la violencia”– que la suprema jerarquía de los valores morales reside en la amabilidad? ¿Quién ha dicho que cuando insultan nuestros sentimientos, antes que reaccionar como hombres, estamos obligados a ser amables? Bien está, sí, la dialéctica como primer instrumento de comunicación. Pero no hay más dialéctica admisible que la dialéctica de los puños y de las pistolas cuando se ofende a la justicia o a la Patria.

Esto es lo que pensamos nosotros del Estado futuro que hemos de afanamos en edificar.

Pero nuestro movimiento no estaría del todo entendido si se creyera que es una manera de pensar tan sólo; no es una manera de pensar: es una manera de ser. No debemos proponemos sólo la construcción, la arquitectura política. Tenemos que adoptar, ante la vida entera, en cada uno de nuestros actos, una actitud humana, profunda y completa. Esta actitud es el espíritu de servicio y de sacrificio, el sentido ascético y militar de la vida. Así, pues, no imagine nadie que aquí se recluta para ofrecer prebendas; no imagine nadie que aquí nos reunimos para defender privilegios. Yo quisiera que este micrófono que tengo delante llevara mi voz hasta los últimos rincones de los hogares obreros, para decirles: sí, nosotros llevamos corbata; sí, de nosotros podéis decir que somos señoritos. Pero traemos el espíritu de lucha precisamente por aquello que no nos interesa como señoritos; venimos a luchar porque a muchos de nuestras clases se les impongan sacrificios duros y justos, y venimos a luchar por que un Estado totalitario alcance con sus bienes lo mismo a los poderosos que a los humildes. Y así somos, porque así lo fueron siempre en la Historia los señoritos de España. Así lograron alcanzar la jerarquía verdadera de señores, porque en tierras lejanas, y en nuestra Patria misma, supieron arrostrar la muerte y cargar con las misiones más duras, por aquello que precisamente, como a tales señoritos, no les importaba nada.

Y0 creo que está alzada la bandera. Ahora vamos a defenderla alegremente, poéticamente. Porque hay algunos que frente a la marcha de la revolución creen que para aunar voluntades conviene ofrecer las soluciones más tibias; creen que se debe ocultar en la propaganda todo lo que pueda despertar una emoción o señalar una actitud enérgica y extrema. ¡Qué equivocación! A los pueblos no los han movido nunca más que los poetas, y ¡ay del que no sepa levantar, frente a la poesía que destruye, la poesía que promete!

En un movimiento poético, nosotros levantaremos este fervoroso afán de España; nosotros nos sacrificaremos; nosotros renunciaremos, y de nosotros será el triunfo, triunfo que –¿para qué os lo voy a decir?– no vamos a lograr en las elecciones próximas. En estas elecciones votad lo que os parezca menos malo. Pero no saldrá de ahí vuestra España, ni está ahí nuestro marco. Esa es una atmósfera turbia, ya cansada, como de taberna al final de una noche crapulosa. No está ahí nuestro sitio. Yo creo, sí, que soy candidato; pero lo soy sin fe y sin respeto. Y esto lo digo ahora, cuando ello puede hacer que se me retraigan todos los votos. No me importa nada. Nosotros no vamos a ir a disputar a los habituales los restos desabridos de un banquete sucio. Nuestro sitio está fuera, aunque tal vez transitemos, de paso, por el otro. Nuestro sitio está al aire libre, bajo la noche clara, arma al brazo, y en lo alto, las estrellas, Que sigan los demás con sus festines. Nosotros fuera, en vigilancia tensa, fervorosa y segura, ya presentimos el amanecer en la alegría de nuestras entrañas.

jueves, 27 de octubre de 2011

Camarada - Rafael García Serrano

Las palabras, como casi todo lo que el hombre usa, unas veces están de moda y otras no; el valor de una palabra sufre las mismas oscilaciones que los cotizados en la Bolsa, y sube y baja con tanta frecuencia, ligereza y capricho como la altura de la falda de las mujeres respecto del suelo. Quien esté situado ente los cuarenta y los cincuenta años ha conocido en este último terreno todo lo que hay que conocer, desde el tobillo poco menos que parcela acotada para la pura observación erótica, hasta el muslo como zona sin misterio. Ya en mi adolescencia se cantaba aquello de que la tobillera acabaría en muslera, y aún insinuaba el ingenio del autor de la copleja:
…al paso que tú vas
de fijo acabarás siendo muslera…
¡Muslera y algo más!
Con la palabra camarada pasa que no está de moda. Tampoco están de moda muchas otras vinculadas con el uso de la palabra y, en general, un clima bastante insolidario hace que ni siquiera la camaradería esté en boga.
Es, sin embargo, palabra antigua y hermosa, más bien de uso literario en los finales del siglo XIX, y resucitó a la vida popular —que casi siempre arranca en la milicia— allá por los tiempos de la clasificada como G.M.I. Calculo que a la gente de mi generación le llegó a través de la novela pacifista. (No hay nada que provoque tanto gusto por la guerra como una novela profesionalmente pacifista, y tengo para mí que mucha culpa de las exaltaciones belicistas de los veinte y los treinta la tuvieron los Remarque, los Barbusse, los Zweig, los Yale Harrison y gente por el estilo.)
Camarada era el título de un libro escolar que no nos caía demasiado en gracia a los que hicimos la primaria en tiempos del charlestón, y también encontramos el vocablo en aquel enternecido Corazón de Edmundo d'Amicis. Pero nuestro enamoramiento con el uso de la palabracamarada vino a través de Sin novedad en el frente, y me refiero no sólo a la novela, sino también a su versión cinematográfica.
Por entonces ya andábamos en los años mayores del Bachillerato, y nos tocó asistir en corporación a la apertura de un Hogar del Soldado en el cuartel de uno de los Regimientos que guarnecían Pamplona. Jamás supe por qué, me designaron a mí para decir unas palabras en nombre de los estudiantes a la vez que se entregaban unos pocos libros, regalo de las letras a las armas. Cumplí como pude, pero lo que sí es seguro es que causé una cierta sensación al comenzar la lectura de mi par de cuartillas así:
— Camaradas soldados…
Uno de los capitanes —mandaba ametralladoras— me premió sentándome en el sillón de una máquina y haciéndome tirar un peine de fogueo. Fue la primera vez que olí la pólvora. Ese capitán, tres o cuatro años después, mandaría la primera Centuria de Navarra en Somosierra, y más de una vez fui a su puesto de mando llevando un enlace y olfateando la pólvora en serio.
El Diccionario de Almirante dará al curioso lector todas las necesarias precisiones —y aun imprecisiones— sobre el origen del vocablo. Parece que en el nacimiento de la artillería, o poco más, significó algo así como batería. “Por la parte de tierra —escribe Carnero, citado por Almirante—se había plantado otra camarada de otras doce piezas, que ambas a dos hicieron gran batería”.
De lo que no hay ni la menor duda es que el vocablo es de origen militar, lo cual atestigua, entre otros, nuestro padre Covarrubias. De cámara y de cama puede derivarse camarada, y antes de significar amigo entrañable, compañero de armas y aventura, vino a ser algo así como república o imperio, es decir, fraterna administración militar para asuntos de rancho y vida en común. Unas Ordenanzas del siglo XVII cantan “la buena y loable costumbre que solía haber de que los soldados viviesen en camaradas…, que son las que han conservado a la nación española”.
Ni más ni menos.
La palabra está en las arengas de los grandes capitanes de Flandes e Italia, que a su gente calificaban de magníficos señores, soldados y camaradas.
Fue una generación totalmente politizada la que volvió a usar, con un regusto entre militar e ideológico, tan hermoso vocablo. Esta generación es la que los escasos cursis que sobreviven dentro del Plan de Desarrollo llaman de “los cainitas”, es decir, la generación que aceptó la guerra con honor, tanto de una como de otra parte. Recuerdo como dos grandes impresiones de mi juventud la primera vez que me oí llamarcamarada en el palacete de Riscal y la primera vez que canté —casi sin conocer la letra— el Yo tenía un camarada; fue en un entierro falangista que acabó como el rosario de la aurora, allá por el camino de las Sacramentales viejas. Esta canción sería a finales del 37, junto a las murallas de Ávila, una de las que primaban a la hora de marchar los cadetes de la primera promoción de aquella Academia de Infantería.
La palabra tropezó con resistencias reaccionarias, tanto en el mundo de las derechas como en el de las izquierdas, que para mí siguen siendo bastante parecidas en gustos. A los socialistas les complacía más decir compañero, y cuando los de derechas se referían a los falangistas pronunciaban la palabra camarada con el mismo “retantán” que los socialistas al hablar de los comunistas y de los rusos.
Gabriel de Araceli cuenta en Valencia 1936, refiriéndose a los que rusos que pilotaban la guerra desde el lado rojo: “Mangoneaban bastante. Iban vestidos de paisano, a lo más con uniforme caqui abierto, pero sin insignias ni distintivo alguno. Los intérpretes eran casi siempre muchachas, algunas guapas y casi todas judías polacas que fumaban como carreteros. Entraban y salían mucho; nadie parecía mandar en ellos, y utilizaban el teléfono durante largos minutos, gritando con el receptor al oído como demonios. Se les llamaba «los camaradas», y con ese eufemismo se les conocía.”
Al eufemismo se apuntaban, también con su mijita de sorna, los comunistas indígenas.
En zona nacional también tropezó la palabra con muchos inconvenientes, tan respetables como injustos. Fue Pedro Laín quien mejor defendió el vocablo, verdadera bandera dialéctica de mi generación, en un artículo publicado en Arriba España de Pamplona, primer diario falangista, el 18 de abril de 1937, en plena ofensiva de Vizcaya. “Viene hoy en busca de esclarecimiento esta palabra de «camarada», que —para escándalo de viejos y débiles— sale con gozo y brío nuevos de los labios nacionalsindicalistas. Todos hemos oído la objeción pacata. Acaso muchos de entre nosotros lo hayamos sentido un poco, porque venimos de una sociedad radicalmente burguesa, y nada hay que conserve huella tan honda como las blanduras.”
Era un artículo estupendo, preciso, riguroso. Decía que la palabra camarada tenía “solera de Tercio viejo”, lo cual es cierto, y también que la Falange “bautizó al camarada para hacerle hermano”, lo cual, al menos entonces, era verdad. Acaso nos hemos olvidado ya de lo que aquel vocablo significó para todos y también de todo aquello a que nos comprometía.
La palabra adquirió un aire generacional, definitorio, de tal modo que en el Frente de Madrid de Neville, en agente nacional de información que pasa las líneas hacia la capital a través de una mina, convoyado por otro agente nacional que allí trabaja, lo hace notar sobre la marcha:
“— Que descanséis, camaradas —les dijo al dejarles pasar.
«Siguieron unos pasos en silencio. Luego dijo Javier:
«— Resulta curioso oír decir camarada a los rojos.
«— Eso llevan aprendido para después.”
Hace algún tiempo asistí a una reunión de antiguos combatientes de la guerra más política del mundo, reunión ya tan despolitizada que con tal de eludir el uso de la palabra camarada —precisamente por la significación que tuvo en la guerra y en la postguerra—, muchos de los asistentes caían en el uso y abuso del “compañero”, con lo cual todo sonaba como a Saborit, Carrillo o Llopis. Menos mal que uno de los allí presentes tuvo la ocurrencia de referirse a sus camaradas de una bandera de la Legión diciendo:
— Como recordarán mis colegas de bandera…
La palabra camarada aún significa para muchos españoles el hermano del 18 de Julio. Y esto, pase lo que pase, tiene fuerza y tira a peso de la cabeza y el corazón. Cosa, a mi modo de entender, que un día u otro ha de verse.
Rafael García Serrano
(tomado de “Diccionario para un macuto”)

sábado, 22 de octubre de 2011

NI OLVIDO NI PERDÓN

Ante la alegría generalizada de "LA MASA" social española por el último "comunicado" de los etarras, NOSOTROS tenemos mucho que decir.
Os invito a que colgéis en vuestros blogs nuestro "PERMANENTE" comunicado en forma de imagen, la que ilustra esta entrada. ¡DIFÚNDELO!

TODOS A UNA CONTRA EL TERRORISMO SOCIALISTA Y SEPARATISTA DE ETA.
¡SERÉIS VENCIDOS!

lunes, 10 de octubre de 2011

Estimada Rahola

He leído con atención el artículo que amablemente me brindas en La Vanguardia y no puedo resistirme a la respuesta, en principio, tan amable como tu invectiva. Todo nace de mi resuelta oposición a la prohibición a los toros en Cataluña, esta magnífica tierra de la que los nacionalistas/independentistas tenéis un sentido absolutamente patrimonial, como si Cataluña fuera vuestra y solo vuestra, y nadie que quisiera nada de ella pudiera conseguir aprobación alguna si no se plegara a los dictados que defendéis como indiscutibles (os pasáis la vida exigiendo una España plural, pero luego sois incapaces de reconocer más de una versión de vuestro propio territorio).

Partamos desde el principio: yo no califico de ‘chusma’ a aquellos a los que no les gusta la fiesta de los toros: nadie está obligado a nada, ni siquiera a que le guste la sardana, los castellers, las sevillanas o los fandangos de Huelva, todos muy respetables, pero no siempre comunes. ‘Chusma’ es la colección de ‘antitaurinos’ que, semanalmente, se aglomera ante la puerta de la Monumental de Barcelona para llamar «asesinos» a honrados ciudadanos que van a ejercer un derecho hasta ahora respetable como acudir a un festejo taurino. Que a un sencillo trabajador de Cornellá que jamás ha faltado a nadie le asalte un puñado de sujetos acusándolo de algo de lo que han sido, por otra parte, incapaces de acusar a los asesinos de verdad me parece propio de chusma. Lo siento si alguna vez has estado entre ellos, pero eso es propio de individuos con desajuste social. En cuanto a la «miserable basura del nacionalismo catalán» que cito en mi artículo de ABC, créeme que lo hago desde la más pura ansia descriptiva: no me interesan los nacionalismos, ni el catalán, ni el vasco, ni el alemán, ni el chino ni ninguno, por la sencilla razón de que creo que jamás han aportado a la ciudadanía más que argumentos intestinales, demagógicos y baratos. Lo siento, la pluralidad tiene estas cosas, y hasta en una tierra tan preñada de fiebre identitaria como nuestra Cataluña común el derecho a disentir contundentemente de sectarismos colindantes con el concepto ‘afrikáner’ de la política –basta escuchar a la familia Pujol– es un derecho irrenunciable. Me he pasado la vida defendiendo la realidad que describe Cataluña como una tierra repleta de ciudadanos normales, sin rabo ni cuerno, que brindan lo mejor de sí mismos al recién llegado, de lo cual mi familia fue testigo: es por ello que me resulta especialmente ofensivo que se pretenda tergiversar mi interpretación de una tierra que, en principio, es tan tuya como mía. Me duele, por ello, que los nacionalistas/independentistas como tú hagáis de toda aseveración crítica de un fragmento del pensamiento político una afrenta a las esencias patrias. La patria, lamentablemente, no eres tú. Las patrias son tantas como ciudadanos habitan una comunidad, incluidos los que acuden a una corrida de toros. El resto de los españoles tienen el mismo derecho que vosotros a considerarse inviolables y, sin embargo, tienen que asistir impertérritos al espectáculo desabrido de unos administradores de la cosa pública que a diario los acusan de imperialistas, gandules, aprovechados o saprofitas. No, estimada Rahola, en mi bella Sevilla no nos pasamos el día pensando en nuestra querida Cataluña; bastante tiene el personal con salir adelante por sí mismo. Cataluña, desgraciadamente, cada día interesa menos, cosa que, por otra parte, al nacionalismo/independentismo no le puede hacer más feliz.
Y en cuanto a Artur Mas, por quien tengo aprecio personal, solo puedo decirte que ha sido entrevistado por mí con la contundencia que creo que el periodismo debe mostrar en defensa de valores esenciales. Si tú no lo has hecho, solo a ti te corresponde saber por qué. El periodismo, como bien sabes cuando has defendido cuestiones en las que coincidimos –como la que hace referencia al conflicto de Oriente Medio–, debe ser combativo y resuelto. Y, sobre todas las cosas, reflejo de una dignidad que está más allá de las patrias menores o mayores.
Dices que los catalanes tienen la piel gruesa y la memoria –creo recordar– muy activa: si con ello pretendes amenazarme con supuestas reacciones de repudio colectivo muy al estilo de los regímenes que sé que detestas, debo decirte muy serenamente que ni tú ni nadie podrá jamás acobardar a aquel niño que se crio y se educó en una casa modesta de Mataró de la que guarda un recuerdo conmovedor. Tenedlo en cuenta tú y todos los que pensáis como tú.

Carlos Herrera

martes, 4 de octubre de 2011

Si... (Hoy más que nunca)


Si puedes mantener en su lugar tu cabeza cuando todos a tu alrededor,
han perdido la suya y te culpan de ello.

Si crees en ti mismo cuando todo el mundo duda de ti,
pero también dejas lugar a sus dudas.

Si puedes esperar y no cansarte de la espera;
o si, siendo engañado, no respondes con engaños,
o si, siendo odiado, no te domina el odio
Y aún así no pareces demasiado bueno o demasiado sabio.

Si puedes soñar y no hacer de los sueños tu amo;
Si puedes pensar y no hacer de tus pensamientos tu único objetivo;
Si puedes conocer al triunfo y la derrota,
y tratar de la misma manera a esos dos impostores.
Si puedes soportar oír toda la verdad que has dicho,
tergiversada por malhechores para engañar a los necios.
O ver cómo se rompe todo lo que has creado en tu vida,
y agacharte para reconstruírlo con herramientas maltrechas.

Si puedes amontonar todo lo que has ganado
y arriesgarlo todo a un sólo lanzamiento ;
y perderlo, y empezar de nuevo desde el principio
y no decir ni una palabra sobre tu pérdida.
Si puedes forzar tu corazón y tus nervios y tus tendones,
para seguir adelante mucho después de haberlos perdido,
y resistir cuando no haya nada en ti
salvo la voluntad que te dice: "Resiste!".

Si puedes hablar a las masas y conservar tu virtud.
o caminar junto a reyes, y no distanciarte de los demás.
Si ni amigos ni enemigos pueden herirte.
Si todos cuentan contigo, pero ninguno demasiado.
Si puedes llenar el inexorable minuto,
con sesenta segundos que valieron la pena recorrer...

Tuya es la Tierra y todo lo que hay en ella,

y lo que es más: serás un hombre, hijo mío

domingo, 25 de septiembre de 2011

sábado, 17 de septiembre de 2011

La historia de la canción de Nino Bravo "Libre"

La canción habla del primer alemán que murió intentando atravesar el muro de Berlín.
Peter Fechter, un obrero de la construcción de 18 años, intentó huir junto con un amigo y compañero de trabajo, Helmut Kulbeik. Tenían pensado esconderse en el taller de un carpintero, cerca del muro, y, tras observar a los guardias de la "frontera" alejándose, saltar por una ventana hacia el llamado "corredor de la muerte", atravesarlo corriendo y saltar por el muro cerca del Checkpoint Charlie, a Berlín Oeste.

Hasta llegar al muro las cosas salieron bien, pero cuando se encontraban arriba, a punto ya de pasar al otro lado, los soldados les dieron el alto, y a continuación dispararon. Helmut tuvo suerte, Peter resultó alcanzado por varios disparos en la pelvis, cayó hacia atrás, y quedó tendido en el suelo en la "tierra de nadie", durante cincuenta angustiosos minutos, moribundo, desangrándose, a la vista de todos, y sin que nadie hiciera nada.
Gritó pidiendo auxilio, pero los soldados soviéticos que le habían disparado no se acercaron, y lo único que pudieron hacer los soldados americanos fue tirarle un botiquín, que no le sirvió de ayuda, ya que sus graves heridas internas le impedían moverse, y poco a poco fue perdiendo la consciencia. Durante casi una hora, los ciudadanos de ambos lados de Berlín contemplaron impotentes su agonía, gritando a los soldados de ambos lados para que le ayudasen.
Pero ambos bandos tenían miedo de que los del otro lado les disparasen, como había pasado en otras ocasiones anteriores; aunque ninguna en una circunstancia tan perentoria como esta y a las dos del mediodía, con tantos testigos presentes, incluyendo periodistas en el lado occidental.
Los soldados del lado oriental, zona a la que pertenecía en realidad la "tierra de nadie", tampoco le ayudaron, y no se acercaron hasta pasados 50 minutos, seguramente para que sirviera de ejemplo para cualquier otro que pensase huir.
(Aún así, entre 1961 y 1989 murieron más de 260 personas, sólo intentando cruzar el Muro; además de los que murieron al querer cruzar la frontera entre las dos Alemanias, y ya no hablemos de los que estuvieron en la cárcel por intentarlo, o por ayudar a otros).
Cuando por fin se acercaron los soldados de la RDA y se lo llevaron, los ciudadanos de ambos lados gritaron repetidamente "¡asesinos, asesinos!". En el lado occidental, se sucedieron las protestas y las manifestaciones los días siguientes, y los habitantes del Berlín Oeste comprendieron claramente lo difícil que sería para sus familiares y amigos del Berlín Este el intentar escapar. Asimismo, también se dieron cuenta, decepcionados, de que los soldados americanos, en pleno auge de la Guerra Fría, no harían nada para ayudarles en circunstancias similares. Fue un duro golpe para la esperanza de los berlineses.


TIENE CASI VEINTE AÑOS y ya está
cansado de soñar;
pero TRAS LA FRONTERA está su hogar,
su mundo y SU CIUDAD.

Piensa que la ALAMBRADA sólo es
un trozo de metal
algo que nunca puede detener
sus ansias de volar.

Libre,
como el sol cuando amanece yo soy libre,
como el mar.
Libre,
como el ave que escapó de su PRISIÓN
y puede al fin volar.
Libre,
como el viento que recoge MI LAMENTO Y MI PESAR,
camino sin cesar,
detrás de la verdad,
y SABRÉ LO QUE ES AL FIN LA LIBERTAD.

Con su amor por bandera se marchó
cantando una canción;
marchaba tan feliz que NO ESCUCHÓ
LA VOZ QUE LE LLAMÓ.
Y TENDIDO EN EL SUELO SE QUEDÓ,
SONRIENDO Y SIN HABLAR;
SOBRE SU PECHO, FLORES CARMÉSÍ
BROTABAN SIN CESAR.

Libre,
como el sol cuando amanece yo soy libre,
como el mar.
Libre,
como el ave que escapó de su PRISIÓN
y puede al fin volar.
Libre,
como el viento que recoge MI LAMENTO Y MI PESAR,
camino sin cesar,
detrás de la verdad,
y SABRÉ LO QUE ES AL FIN LA LIBERTAD.


La canción, escrita diez años después de los hechos, recoge una historia y unas fotos que dieron la vuelta al mundo, y que todavía hoy son símbolo de la crueldad humana. En el lugar donde murió Peter Fechter, se levantó en 1990 un monumento.

jueves, 8 de septiembre de 2011

Sobre imbéciles y malvados




No quiero, señor presidente, que se quite de en medio sin dedicarle un recuerdo con marca de la casa. En esta España desmemoriada e infeliz estamos acostumbrados a que la gente se vaya de rositas después del estropicio. No es su caso, pues llevan tiempo diciéndole de todo menos guapo. Hasta sus más conspicuos sicarios a sueldo o por la cara, esos golfos oportunistas -gentuza vomitada por la política que ejerce ahora de tertuliana o periodista sin haberse duchado- que babeaban haciéndole succiones entusiastas, dicen si te he visto no me acuerdo mientras acuden, como suelen, en auxilio del vencedor, sea quien sea. Esto de hoy también toca esa tecla, aunque ningún lector habitual lo tomará por lanzada a moro muerto. Si me permite cierta chulería retrospectiva, señor presidente, lo mío es de mucho antes. Ya le llamé imbécil en esta misma página el 23 de diciembre de 2007, en un artículo que terminaba: «Más miedo me da un imbécil que un malvado». Pero tampoco hacía falta ser profeta, oiga. Bastaba con observarle la sonrisa, sabiendo que, con dedicación y ejercicio, un imbécil puede convertirse en el peor de los malvados. Precisamente por imbécil.

Agradezco muchos de sus esfuerzos. Casi todas las intenciones y algunos logros me hicieron creer que algo sacaríamos en limpio. Pienso en la ampliación de los derechos sociales, el freno a la mafia conservadora y trincona en materia de educación escolar, los esfuerzos por dignificar el papel social de la mujer y su defensa frente a la violencia machista, la reivindicación de los derechos de los homosexuales o el reconocimiento de la memoria debida a las víctimas de la Guerra Civil. Incluso su campaña para acabar con el terrorismo vasco, señor presidente, merece más elogios de los que dejan oír las protestas de la derecha radical. El problema es que buena parte del trabajo a realizar, que por lo delicado habría correspondido a personas de talla intelectual y solvencia política, lo puso usted, con la ligereza formal que caracterizó sus siete años de gobierno, en manos de una pandilla de irresponsables de ambos sexos: demagogos cantamañanas y frívolas tontas del culo que, como usted mismo, no leyeron un libro jamás. Eso, cuando no en sinvergüenzas que, pese a que su competencia los hacía conscientes de lo real y lo justo, secundaron, sumisos, auténticos disparates. Y así, rodeado de esa corte de esbirros, cobardes y analfabetos, vivió usted su Disneylandia durante dos legislaturas en las que corrompió muchas causas nobles, hizo imposibles otras, y con la soberbia del rey desnudo llegó a creer que la mayor parte de los españoles -y españolas, que añadirían sus Bibianas y sus Leires- somos tan gilipollas como usted. Lo que no le recrimino del todo; pues en las últimas elecciones, con toda España sabiendo lo que ocurría y lo que iba a ocurrir, usted fue reelegido presidente. Por la mitad, supongo, de cada diez de los que hoy hacen cola en las oficinas del paro.

Pero no sólo eso, señor presidente. El paso de imbécil a malvado lo dio usted en otros aspectos que en su partido conocen de sobra, aunque hasta hace poco silbaran mirando a otro lado. Sin el menor respeto por la verdad ni la lealtad, usted mintió y traicionó a todos. Empecinado en sus errores, terco en ignorar la realidad, trituró a los críticos y a los sensatos, destrozando un partido imprescindible para España. Y ahora, cuando se va usted a hacer puñetas, deja un Estado desmantelado, indigente, y tal vez en manos de la derecha conservadora para un par de legislaturas. Con monseñor Rouco y la España negra de mantilla, peineta y agua bendita, que tanto nos había costado meter a empujones en el convento, retirando las bolitas de naftalina, radiante, mientras se frota las manos.

Ojalá la peña se lo recuerde durante el resto de su vida, si tiene los santos huevos de entrar en un bar a tomar ese café que, estoy seguro, sigue sin tener ni puta idea de lo que vale. Usted, señor presidente, ha convertido la mentira en deber patriótico, comprado a los sindicatos, sobornado con claudicaciones infames al nacionalismo más desvergonzado, envilecido la Justicia, penalizado como delito el uso correcto de la lengua española, envenenado la convivencia al utilizar, a falta de ideología propia, viejos rencores históricos como factor de coherencia interna y propaganda pública. Ha sido un gobernante patético, de asombrosa indigencia cultural, incompetente, traidor y embustero hasta el último minuto; pues hasta en lo de irse o no irse mintió también, como en todo. Ha sido el payaso de Europa y la vergüenza del telediario, haciéndonos sonrojar cada vez que aparecía junto a Sarkozy, Merkel y hasta Berlusconi, que ya es el colmo. Con intérprete de por medio, naturalmente. Ni inglés ha sido capaz de aprender, maldita sea su estampa, en estos siete años.

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