viernes, 22 de agosto de 2008

Una reflexión sobre la pérdida de valores


La diferencia entre una sociedad sana y una podrida no está necesariamente en que la primera sea más virtuosa en los hechos que la segunda, sino en que tiene clara conciencia de lo que está bien y de lo que está mal.


La sociedad española de finales del siglo XX y principios del XXI está podrida y enferma precisamente por eso, porque ha perdido completamente los valores que un día sirvieron para constituir a España como nación, y ahora esos valores ni se respetan ni se reconocen siquiera.


Lo peor no es comportarse mal, sino no saber si el comportamiento de uno está bien o está mal, e incluso aún peor: considerar que hay derecho a comportarse mal. Esa es la mayor tragedia de la España de hoy, y por ello queremos transcribir un artículo muy interesante que hemos encontrado en un blog de internet (ponemos el enlace también) y que refleja perfectamente -diríamos más bien que de forma magistral- lo que queremos decir:


Pecar como Dios manda



Cuando veo los cambios sociales acontecidos en menos de un cuarto de siglo, me asusto. Me aterro.


Hubo un tiempo en que los amigos salíamos de fiesta. ¡Y vaya si nos gustaba la farra! A veces bebíamos en exceso y acabábamos más “cargados” de lo que deberíamos. Pero nunca se nos pasó por la cabeza salir a emborracharnos. ¿Alcohol por alcohol? ¿Borrachera por borrachera? No, gracias.


Hubo un tiempo en que todos éramos absolutamente vírgenes en el tema de la droga. Y lo fuimos por muchos benditos años. Ni un porro. Nada. Despreciábamos instintivamente el formidable desprecio a la razón que es la droga. ¡Y leíamos con fruición a los griegos en nuestra adolescencia! Nunca se nos pasó por la cabeza aturdirnos por puro placer (¿qué placer, por cierto?), por ponernos como motos (ya nos bastábamos a nosotros mismos) o por el mero hecho de aturdirse (¡vaya gilipollez!).


Hubo un tiempo en que sabíamos estar en nuestro sitio. Y si nos teníamos que defender, claro que nos defendíamos. Es más: generalmente defendíamos ideas y principios. A puñetazo limpio, sin duda. A fe que nunca se nos pasó por la cabeza salir a buscar pelea por el mero hecho de buscar pelea. ¡Qué aburrimiento pelearse por asuntos nimios de fútbol o por mero gusto por la violencia! Ahora bien, ¡qué gustazo partirse la cara bien partida cuando eran cosas de ideas o de honor las que motivaban dicha violencia!


Es más. A veces llegábamos a hacer amistad y a perdonar a nuestros enemigos, a los mismos con los que habíamos tenido una trifulca de las de Dios es Cristo. Tampoco nunca se nos pasó por la cabeza el jurar odio eterno a nadie, ni la venganza taimada, ni el rencor cainita. Hasta en la violencia había algo más que un mero fair-play. Aquello era cuestión de principios teológicos: no odiar.


Hubo un tiempo en que nos gustaban mucho las chicas. Mucho (¡a Dios gracias! … habría que añadir en los tiempos que corren). Te encariñabas con una y a veces un “sexceso” biológico te llevaba a algo ciertamente indebido. Pero nunca nos pasó a alguno de nosotros que se acostase con una chica desconocida de la cual por la mañana no supiera ni el nombre. Sin algo de cariño, de conocimiento mutuo, de cierta pasión y chispa que sólo daba una cierta amistad, era casi imposible pensar en lo otro.


Hubo un tiempo en que los chicos jóvenes salíamos de “caza”. Y las chicas nos ponían en nuestro sitio. Alguna chica te enviaba un mensaje o una señal especial. Pero nunca nos pasó que una chica fuera abiertamente explícita en esta materia. ¡Y esa feminidad siempre misteriosa e insinuante era algo formidable así!


Hubo un tiempo en que ni el más depravado de los depravados hubiese aprobado el aborto. Daba pavor tal asesinato criminal de un inocente. La asunción implícita era que los niños eran maravillosos y un poco sagrados si cabe. Nunca, absolutamente nunca, se nos pasó por la cabeza que el aborto fuese una “opción”. No ya que estuviéramos a favor del aborto, sino considerar siquiera su licitud. Era, y es, algo abominable.


Hubo un tiempo donde nuestro tema prevalente de conversación era la justicia, la justicia social. Nos preocupábamos de los pobres, pensábamos en los más humildes. Y hacíamos cosas por ellos sin alarde alguno. Nos conformábamos con poco y aún lo poco que teníamos lo compartíamos entre nosotros. Tampoco nunca se nos pasó entonces el hacer del consumismo, del materialismo y del olvido del necesitado los ejes de nuestra vida. Una vida a base de puros clichés y puras marcas no entraba en nuestras coordenadas.


Si hubiéramos presenciado el ataque de hordas urbanas a mendigos, agresiones a mujeres u otros episodios similares con los que se desayuna uno a diario en los periódicos, hubiéramos acabado malparados … o quizás hubieran acabado malparados ellos. Nunca se nos pasó el permanecer impávidos ante la injusticia, sea fuera ésta del pelaje que fuera. Y estoy orgulloso, mucho, de que nuestra juventud tuviera este distingo.


Hubo un tiempo en que nos sentábamos en una peña, o en el banco de un parque, o en una esquina cualquiera y estábamos charlando allí hasta altísimas horas de la madrugada. Y nunca se nos pasó por la cabeza el tener que gastar dinero sin parar para podernos divertir. Nuestra diversión era la compañía y la amistad. Hablar de lo divino y humano. Éramos animales, pero animales sociales.


Hubo un tiempo cuando cualquier viso no ya de conducta homosexual sino incluso de comportamiento amariconado era mal visto. Y conozco a algún excelente padre de familia hoy día que, dada la sanción social que existía sobre el tema, y posiblemente con este tipo de inclinaciones, acabó más que curado de dicha tendencia (pecando como Dios manda) en los cariñosos, cariñosísimos, brazos de alguna mujer. Nunca llegamos siquiera a imaginar lo de los “comportamientos sexuales alternativos”. Cuestión de derecho natural.


Hubo un tiempo en que el mismo que acababa de echar una blasfemia atronadora a renglón seguido era capaz de invitarnos a entrar en una iglesia a rezar a la Santísima Virgen. ¿Contradictorio? … ¿Brutal incluso? Sí, sin duda. Pero nunca tuvimos el corazón tibio. Mejor contradictorio y brutal que tibio. Con los primeros puede haber perdón; con los segundos –dice Dios- que quiere vomitarlos de su boca.


Hubo un tiempo cuando no nos gloriábamos de nuestros pecados. Y hasta nos faltaba tiempo para irnos a confesar por los mismos. Dios bendiga a aquellos viejos Sacerdotes que aguardaban a las 7 ó 7:30 de la mañana en sus confesionarios cuando uno venía de vuelta a casa de noches cuasi-infinitas y le ponían a uno las pilas y le enderezaban. Pero nunca se nos pasó el considerar el pecado como algo aceptable, loable o siquiera tolerable.


Hubo un tiempo y un lugar donde todavía brillaba la luz de Dios sobre nuestras cabezas y nuestras almas. Cuando sí que pensábamos en Dios, incluso alguno de los amigos con ánimo de denostarle. Cuando la Santísima Virgen era lo más precioso y más bonito del mundo y era puerto seguro, alma de Madre: refugio de pecadores. Cuando al levantarnos, ya frisando el mundo adulto, rezábamos al Ángel de la Guarda la misma oración que aprendimos de los labios de nuestra madre en la más tierna infancia.


Hubo un tiempo en que, creo, pecábamos como Dios manda. Y éramos más felices así. No por pecar, claro está, sino por hacerlo como Dios manda.


¿Me atreveré a proponer –para disgusto de puritanos, escarnio de jansenistas, incomprensión de parvos y escándalo de meapilas- que no pequemos, pero que si hemos de pecar tengamos la decencia de hacerlo como Dios manda (incluida la Confesión, el mucho arrepentimiento y el no menor propósito de enmienda)?


Rafael Castela Santos


jueves, 21 de agosto de 2008

miércoles, 13 de agosto de 2008

Buen viaje, Alexandr



En los albores de 1975, se vio en una plaza de toros a José María Iñigo, entonces en la cumbre de su popularidad por “Estudio Abierto”, con un acompañante barbudo. Alexandr Soljenitsin.

Iñigo había recabado de las autoridades pertinentes los permisos para entrevistarle, y el premio Nobel a su vez se mostró encantado con una única condición inexcusable: ver una corrida de toros. Iñigo cumplió lo pactado para poder llevarle a TVE en medio del juego del escondite al que, de hotel en hotel, se veía obligado a seguir Alexandr para evitar que los amigos del materialismo histórico le colocasen una bala entre ceja y ceja.

La entrevista, de cerca de una hora de duración, tuvo un impacto mediático formidable. Hay unos cuantos párrafos que, de hecho, aun siguen escociendo en muchos oídos que, esperando escuchar otra cosa, se encontraron con esto.

El antiguo inquilino del gulag, preso ocho años por llamar a Stalin “el bigotudo” en una carta privada a un amigo, le dijo a Iñigo, en aquellos momentos finales del régimen del 18 de julio:

“¿Y ustedes se quejan de dictadura?. Hace sesenta años que no tenemos las libertades que ustedes disfrutan aquí en España. He viajado por España, por donde he querido. He visitado lo que me ha dado la gana y nadie me ha puesto ningún impedimento. Nosotros íbamos a las cárceles para morir en ellas y hemos sido muy pocos los que hemos tenido la suerte de salir con vida. Ustedes no conocen el significado de la palabra “dictadura”. En mi país reina la “esclavitud””.

A razón de esto, Umbral le llamó payaso, Forges se mofaría de él, y todo, recordémoslo, con Franco vivo, con lo que ello implicaba. Anecdóticamente, el mismísimo Franco, mostró su interés por el programa, por lo que, en aquellos años aun sin magnetoscópios caseros, TVE decidió repetir el programa para que éste pudiera verlo.

Aun con la dureza del párrafo antes reseñado, mi impresión es que lo que cabreó a la giliprogresía de la época fueron sus referencias al “ateismo de la juventud” y su lapidaria “sólo en Dios está la libertad”. Sus palabras exudaban un cristianismo que ya empezaba a no ser políticamente correcto.

No son estas, sin embargo, las palabras de Soljenitsin que considero mejores para recordar hoy al escribir esta especie de obituario. En esa misma ocasión, dijo: “España será tan democrática como el resto de Europa, pero ¿tendrá pasado mañana la fuerza necesaria para mantener esa democracia y defenderse del totalitarismo?. Aquél que además de la libertad quiera a España debe pensar en el pasado mañana”. Cada vez que he releído esta sentencia lapidaria que parece cumplirse inexorablemente, veo más agigantada la figura de Alexander, que, desgraciadamente, tras luchar contra la guerra, el gulag, la marginación, el cáncer y otras enfermedades graves, duerme ya el sueño de los justos con Anichkova, fusilada en 1942, con Palchinski, con Anichkov, con Svechin, con Shtrobinder, con…

De la gran obra de Soljenitsin, es obvia la recomendación de su Archipélago Gulag. Para su visita a España, resultan impagables las memorias de José María Iñigo, “Ahora hablo yo”.

Descansa en paz, Alexandr, testigo de cargo.
Escrito por mi camarada Juan

sábado, 9 de agosto de 2008

Soneto a Zetapé


Zorro astuto y hábil de la progresía,

adornen tu gracia pitos y timbales,

padre de las patrias multiculturales,

adalid valiente de la sodomía.


Te aclaman oscuras razas ancestrales

en grandes pateras a España venidas.

Rapsodas prisaicos, en negras tenidas,

ordenan los medios de los que te vales.


Con sana alegría y con alborozo

aplauden unidos moros y masones,

banqueros y etarras, maricas y hembras.


Repican ateas campanas de gozo:

orgullosa, al hilo de tus subvenciones,

nace una amalgama de miembros y miembras.


Nota.- Si eres progre, no leas verticalmente la primera letra de cada verso.
Extraido del blog: http://antorchanegra.blogspot.com/

miércoles, 6 de agosto de 2008

¿En qué Iglesia creo yo?


Creo en la Iglesia que es una santa, católica y apostólica. Creo en la Iglesia de las viejecitas enlutadas que rezan el rosario en una esquina de la iglesia, y creo en la Iglesia de las comunidades africanas que danzan y danzan y cantan a pleno pulmón y dan palmadas y mueven los brazos levantados.


Creo en la Iglesia del órgano y el incienso, y en la Iglesia de la guitarra y del predicador un poco exaltado. Creo en la Iglesia de la que forma parte el cura de pelo largo, pero de la que también forma parte el monje tonsurado.

Creo en la Iglesia de la Congregación para la Doctrina de la Fe, creo en la Iglesia de Rouco Varela, en la del padre Emiliano Tardiff, en la de los obispos corruptos de la Edad Media, en la de los patriarcas venerables del siglo III y en la de los Padres del Desierto.

Creo en la Iglesia que condenó a Galileo y en la de las catacumbas. Creo en la Iglesia triunfante medieval y en la Iglesia perseguida en China.


Creo en la Iglesia que habla latín, en la que habló siriaco y la de un loco esquizofrénico al que no se le entiende, pero que también es parte de la Iglesia. La Iglesia también es ese loco. Beda el Venerable y el pobre paranoico que cree que le persiguen son parte de esa misma barca. La Iglesia también es una Iglesia de deficientes mentales y de madres solteras. La Barca de Cristo no pertenece más a los intelectuales que a ellos. Todos son parte y no pertenece a nadie, salvo a Aquél que dictó las reglas. Sólo Él dice mi Iglesia en un sentido distinto del que yo digo mi Iglesia.

Creo en una Iglesia que me pide que no coma carne los viernes, y en una Iglesia con un Papa tan poco fotogénico como el actual.

Creo en la Iglesia de los monseñores con fajín que piensan en ascender y en la de la viuda de la India que pone un billete para el óbolo de San Pedro.También creo en la misma Iglesia en la que cree una viuda católica india que es muy mala y lenguaraz, y en la que cree el joven monseñor que sirve al Creador con puro corazón, enamorado de Dios.

Creo en la Iglesia de los archiveros e historiadores, y en la de las niñas vestidas de blanco de la primera comunión.

Creo en la Iglesia del Vaticano y en la de mi abuelo marchante de mulas, porque ambas son la misma Iglesia.

Creo en la Iglesia de La Misión y en la de Un hombre para la eternidad.

Creo en una Iglesia que me predica una verdad absoluta, creo en la Iglesia del Denzinger, y en una Iglesia cuyo Papa abraza al patriarca ortodoxo y ora con el primado anglicano y reconoce que al Cielo puede ir gente muy rara.

No creo en la Inquisición, no creo en los curas pederastas, no creo en hombres ambiciosos y mundanos que ocupan puestos en la Iglesia que deberían ser para los discípulos de Jesús. No creo en los hombres que se creen iluminados. No creo en los que tienen una idea torcida de lo que es la posesión de la verdad. No creo en seres humanos que se creen semidioses. No creo en hombres que creen estar por encima de otros hombres por el hecho de saber mucha teología o de tener cargos. No creo en hacer sufrir bajo el pretexto de que hay una buena razón para ello. No creo en no hacer el bien so capa de una visión de conjunto superior. No creo en una Iglesia que predica que todo da lo mismo. No creo en una Iglesia que predica un mensaje vago y etéreo, y no una verdad concreta. Creo en la Iglesia pero no gracias a los horribles carteles parroquiales de las Obras Misionales Pontificias, ni gracias a los fríos sermones filosóficos con que algunos nos castigan. No creo en la Iglesia por el gran esfuerzo que han hecho algunos en parecer modernos y tolerantes. Tampoco creo en el tradicionalismo que me parece una nueva forma de fariseísmo cristiano. Pero tampoco creo en una Iglesia de los pobres, porque la Iglesia no es de nadie: ni de los pobres, ni de los tradicionalistas, ni de los canonistas. La Iglesia es de Dios.

Yo creo en la Iglesia real formada por pecadores y justos. No creo en un ideal, sino en un rebaño concreto vivificado por el mensaje y la sangre de Jesús hijo de María.

Creo y obedezco, cuando me gusta y cuando no me gusta. Creo e inclino mi cabeza, incluso cuando no lo entiendo y digo: Señor, no lo comprendo, pero me someto, someto mi voluntad.

Creo que los Apóstoles dejaron unos sucesores, a los cuales me someto. Creo que la Iglesia tiene una cabeza en la Sede de Pedro, a la que me someto. Aunque me parezca, insisto, la cabeza menos fotogénica en muchos decenios.


Amén, amén, amén