jueves, 23 de septiembre de 2010

CARTAS A MIS HIJOS (IV): FRANCO


Queridos capitanes:



Aunque compañeros vuestros, con un entorno similar y una edad idéntica a la vuestra no sepan quién fue Franco o, con suerte, lo confundan con algún personaje histórico, sé que vosotros al menos tendréis una vaga idea sobre su figura.

Lo sé, porque algo habréis oído, seguro, en sobremesas y conversaciones más próximas a la jaula de grillos que a la tertulia, que se dan tras las comidas o cenas con la familia. Y, aun cuando vuestro oído no fuera ágil, o simplemente no sintonizaráis nuestra frecuencia en esos momentos, en mi despacho tenéis abundantes biografías, que es un género que sabéis me apasiona, y de entre ellas más de una, y más de diez, sobre Franco.

No os pido que los leáis todos (¡ojalá!) pues sé de la bibliofobia que envuelve a vuestra generación, pero sí os recomendaría que al menos tomaráis dos o tres, y de enfoques encontrados, que malo es no leer pero casi peor leer sólo lo escrito en una faceta del prisma de la vida: Dios os libre de los lectores de un único libro. Veréis tras ese ejercicio cómo Franco ora aparece como un demonio emplumado, ora como el salvador de occidente, una suerte de nuevo mesías. Y ni calvo, ni siete pelucas.



Mi propósito es que el día de mañana, cuando seáis adultos y el tiempo haga pesar la losa de la historia sobre el personaje, podáis saber qué pensaba yo sobre él, pues sé que de fragmentos aislados de vuestros recuerdos igual os puede dar la idea de que yo fuera un antifranquista contumaz o un hagiógrafo del Caudillo. Los retales no componen buenos trajes, así que trataré de daros una pieza más entera para el futuro, que es vuestro presente.

La pregunta de partida debería ser, parafraseando a ese monstruo de las letras que fue Jardiel un: pero… ¿existió alguna vez Francisco Franco? Y es que en los momentos en que esto escribo su figura se ha convertido en un pim pam pum de propios y extraños. Incluso no ya hijos de altos cargos suyos, sino los mismo que ejercieron esos altos cargos se llenan la boca de acusada fe antifranquista. Hace poco, recuerdo haber escuchado una memez de ésas que parece que no quepan en una boca, de labios de quien fue un ministro suyo, y hoy aparece como un padre de la democracia (sobre lo que es la democracia en realidad ya hablaremos en otra carta, que la palabreja se las trae, dependiendo de sus apellidos: popular, orgánica, representativa...), diciendo que él lo que hizo fue luchar contra el franquismo desde dentro. Manuel Fraga se llama ese esperpento, para que lo sepáis por si la justicia ha provocado que los vientos de la historia sepulten su nombre en el lugar que le corresponde, en letra pequeña a orillas de un manual. Y si eso hacen los que se supone fueron sus colaboradores, imaginad sus adversarios. Como ejemplo, un gran amigo mío nunca hace referencia por su nombre, le llama “el innombrable”. No hará falta que os advierta que éste es comunista por convicción y acción, y que cree a pies juntillas que su postura es la única plausible.



Este batiburrillo desemboca en las actitudes y acciones del presidente de gobierno que rige nuestra vieja piel de toro en los momentos de esta redacción, José Luís Rodríguez Zapatero, quien no me extrañaría nada que prohibiera mencionar a Franco, o que estableciera como historia oficial que entre Negrín y Suárez, o incluso hasta Felipe González, los españoles tuvieron un episodio de narcolepsia colectiva, despertando como Rip Van Winkle. Y es que eso de borrar la historia es algo antiguo, no invención de este iletrado que nos malgobierna, ya Stalin hizo sus pinitos borrando de las fotos a quien no le interesaba y reescribiendo continuamente los libros de historia. Hasta los romanos tuvieron su “damnatio memoriae”.

En este tema, os veréis desbordados por las dicotomías, no sólo en cuanto al general, sino a sus seguidores y adversarios, catalogables por unos y por otros como franquistas impenitentes, nostálgicos de un pasado dictatorial y cruel, o como republicanos feroces que creen que la historia oficial es parca y benévola con el personaje. Yo lo siento, pero en este festival de insultos establecidos entre tirios y troyanos, busco la puerta de salida y discretamente me aparto.



Particularmente siempre he dicho que proclamarse franquista es un grave error, más allá de las ideologías. Franco era un hombre, sólo un hombre o todo un hombre, como queráis verlo… y los hombres pasan y la historia queda. El río de la vida sigue su curso y es estúpido intentar aferrarse a un pasado que para bien o para mal, no volverá, a no ser que pretendamos jugar una partida de rol un tanto estúpida. Curiosamente, los franquistas más contumaces son, desde mi criterio, los que se hacen llamar a sí mismos antifranquistas (los que se hacen llamar hoy así, claro, que con Franco vivo algunos de ellos se desgañitaban dando vítores a su paso y otros, los más, se escondían bajo el colchón de su abuela). Y digo que son muy, muy franquistas, porque lo necesitan, porque se pasan la vida invocándolo, culpabilizándole de todo lo malo que sucede en España, cuando ha pasado más tiempo desde su muerte que el periodo, largo, en que tuvo las riendas del país. Recuerdo a un tonto con ventanas a la calle, que alcanzó cierto nombre en la política como independentista, Carod Rovira (entre vosotros y yo, un charnego), que acusaba a Franco del hundimiento de un barrio en Barcelona, el Carmelo, ¡unos treinta años después de muerto Franco!. Sirva esto para afirmar, pues, que si ser franquista es un error, ser antifranquista es del género estúpido. Y no me busquéis las costuras, que nunca defendí al personaje, antes al contrario.

Tampoco trato de hacer un alarde de bonhomía y denunciar a los que ahora se envalentonan al alancear al moro muerto. No. Se trata quizá, simplemente, de practicar un pequeño exorcismo en mi mente y expulsar de una vez por todas esos demonios que me reconcomen por no cantar las cuarenta en bastos cuando toca, que sería ahora, pero sóis muy pequeños aún para entenderme.

En lo particular, no coincido con Unamuno, uno de los últimos rectores que recibieron el título de Magnífico, mereciéndolo, cuando opinaba sobre Franco que “personalmente (es) un buen hombre, víctima y juguete de la jauría de hienas”. No, una víctima y un juguete no me parecen dos etiquetas adecuadas para él. Si en algo coinciden sus biógrafos, tanto los que le odian como los que le aman, es que Franco controlaba, cuando no manipulaba, a su entorno y a las personas que le rodeaban, no al revés. Puede, que no quiero ser más sabio que Unamuno, que cuando don Miguel lo dijera tuviera su parte, o su todo, de razón. Creo, eso sí, que en su fuero interior, cuando llegó el momento crucial en el 36 de decidirse por sumarse a un bando u otro de los que ya hacía tiempo se estaban blindando en España, creyó, como anota Luis de Llera, que “la legalidad es una utopía y la civil convivencia imposible”. Y es que Franco era un militar cuyo nombre era conocido por todos, admirado por quien fue Rey hasta 1931, Alfonso XIII, y católico a machamartillo, que ante la alternativa de una revolución proclamada por socialistas y comunistas durante meses, y viendo ahora el poder en manos de quienes iban a llevarla a cabo, no dudó un ápice: el comunismo no era para Franco una ideología legítima, era la destrucción de todo lo que amaba, el enemigo de la civilización y del catolicismo, si es que éstos se pueden separar. Su toma de posición estaba clara pues.



No juzgo aquí, y no por falta de ganas, sino de espacio, lo que fueron sus circunstancias históricas, la II República, la propia marcha de la guerra civil o, lo que es más determinante, pero mucho menos estudiado, su vida anterior, en concreto su paso por África. Pero sí os dejo con una idea: cuando estalla la guerra, todos, amigos o enemigos, saben que él es la figura más destacada en su bando. Eso provocará su encumbramiento durante una guerra que sucedió a lo que debió ser un golpe de estado y, de rebote, que fuera el gobernante con más poder efectivo en España de los últimos siglos, hasta su muerte. Muerte en su cama, recordadlo, no fusilado o exiliado.



Existen, claro, leyendas en torno al personaje. Dejando de lado algunas absurdas, como la de que quiso ser masón (algo extendido, claro, por los propios masones, nihil novum sub sole), hasta la de los “muertos providenciales”, achacando a su ya cargada mano las muertes de Sanjurjo, Mola, José Antonio, Ramiro o la de su propio hermano Ramón, olvidando intencionalmente cosas como que las balas que fusilaron a José Antonio salieron de fusiles republicanos o que Sanjurjo murió víctima de su propia cabezonería. No vale la pena ni entrar al trapo. Más patética aun es aquella historia que dice que su hija Carmen en realidad era hija de su hermano Ramón, y que no sólo su muerte fue provocada para poder adoptarla, sino que él era impotente a resultas de una herida de guerra. Sería para reír durante unas cuantas semanas... son cosas que se desmontan solas, con el mínimo esfuerzo de comprobar que en su hoja de servicios solo aparece una herida... y en el estómago. Cuando no se puede vencer a alguien de otra forma, el ser humano tiende a empozoñarlo o ridiculizarlo. Con Franco han intentado las dos cosas.



Y es que en la petición de lectura que os hacía, va la esperanza de que sepáis separar el grano de la paja, que de todo hay en ambas partes. Veréis repetido que era un tipo frío como un pescado, que firmaba penas de muerte mientras desayunaba chocolate con picatostes (olvidando intencionalmente que las penas de muerte, con el código vigente en la época, no se firmaban, lo que se firmaba eran los indultos, las conmutaciones, y es que la historia es muy elástica), y por otra parte que fue una persona libre de errores, que nunca se equivocó, dándole un áurea de santo (¡que incluso algunos quisieron oficializar, algo más ridículo que el intento que hubo de hacerle Cardenal!). Si empezaba diciéndoos que Franco fue sólo un hombre, también, con lo que ello implica, lo fueron quienes lo amaron u odiaron, a veces sentimientos alternativos en la misma persona, por lo que intentaron proyectar sobre él sus pasiones, filias y fobias íntimas, personales.

Un ejemplo, de tantos que podría tomar para ilustrar esto, lo tenemos en Haro Tecglen, respetadísimo columnista de izquierdas, que en Gloria pudra. El mismo que describía a Franco como “el viejo siniestro” fue quien, con unos años menos y con Franco en la jefatura del Estado, no desde una cárcel o montando guerrilla en una cordillera, sino cómodo en su despacho, le regaló estas líneas: “se nos murió un Capitán, pero el Dios Misericordioso nos dejó otro. Y hoy, ante la tumba de José Antonio, hemos visto la figura egregia del Caudillo Franco. El mensaje recto de destino y enderezador de historia que José Antonio traía es fecundo y genial en el cerebro y en la mano del Generalísimo”. También abundan peloteos y ditirambos con tanto azucar que son capaces de ocasionar un coma diabético, como ese almibarado “Nadie lanza la pelota (de golf) tan lejos como Su Excelencia”, de Tico Medina. Y es que el poder es lo que tiene: atrae tanto a odios infinitos, como bufones serviles.



Sí, me diréis que la gente cambia y que yo mismo soy un ejemplo de ello. Pero cambiar justo hacia donde sopla el viento, y no en su contra, no me negaréis que deja el regusto de la duda en todo espectador. Y yo más que duda creo encontrar la certeza de lo acomodaticio en ello.

El problema viene cuando no sólo se intenta olvidar la historia, sino torcerla para que sus tesis sean las correctas, que el papel es muy sufrido y lo acepta todo. Así, existe hoy una corriente dispuesta a cargarle a las espaldas de Franco la responsabilidad de la represión a la revolución de Asturias en el 34 (el verdadero inicio de la guerra civil, según mi criterio, por otra parte). Fusilamientos y violencia que van a engrosar sus cargos con la historia, sin considerar que cuando la represión se desató fue después de que sus tropas volvieran a los cuarteles. Es más: en la prensa de la época no se le menciona nunca como responsable. Ahí están las hemerotecas, y ya hoy, imagino que cuando leáis esto muchas más, están disponibles fuentes coetáneas a tiro de ordenador, desde casa y sin molestarse.

Y voy acabando, que el espacio apremia y creo que si lo alargo más de la cuenta sólo conseguiré que dejéis de leer. Resumiré de forma precipitada, como en juego de niños, lo que puedo ver bien o mal en el personaje, el estado contable de sus acciones según mi muy particular perspectiva.



En lo positivo, analizado el hilo de los acontecimientos, y sin querer jugar demasiado a futuribles, Franco nos libró de caer tras el telón de acero. Que comunistas y socialistas (Largo Caballero, el “Lenin español” y Prieto, con fama de moderado pero unos puntos a la izquierda de lo que hoy serían los comunistas entre ellos) es lo que intentaban, no sólo lo dicen historiadores de “derecha”, sino también “de izquierda”. En los cuarteles muchos militares, en particular suboficiales, tenían ya hasta órdenes repartidas con tal fin. Frente a este hecho, que se creara una clase media, que España pasara de ser un pueblo de alpargata y suelo de tierra pisada, a utilitario y segunda residencia, e incluso que se pusieran las bases para un Estado que asegure educación, sanidad y seguridad laboral, casi pasan a segundo plano.



En lo negativo, los errores. Algunos que arrastramos hoy, como fue la elección de su sucesor (nada no previsible, pues Franco era un general monárquico. GeCé, mi admirado Giménez Caballero, decía que Franco fue un hombre del pueblo que ejerció de Rey para dejar paso a un Rey que ejerce de hombre del pueblo); otros de los que nos libramos ya hace unos años, como una estúpida censura o el dar un poder desmedido a la Iglesia, olvidando intencionalmente que lo que es del César debe ser del César; y otros errores u horrores que, sin poder adjudicárselos directamente a él, convengamos en que no logró solucionar, de ellos, el principal, la división entre los españoles. Es más: sus propias “familias”, por ejemplo el Opus y la Falange, anduvieron a golpes entre ellas. Veréis que no hago referencia a la represión, condenas derivadas de la guerra civil y más derramamiento de sangre. Y no es que no me apene, no sufra, por la muerte y cárcel de tantos españoles, es que conceptualmente lo sitúo no sólo como consecuencia de la guerra civil, sino parte de la guerra civil misma, retazos del conflicto que se extendieron al periodo de paz. ¿Pudo Franco perdonar más de lo que hizo? ¿Fue un asesino sanguinario o como en su época alguno acusaba, un generalote en exceso magnánimo que condonaba demasiado?. No tengo luces para discernir en un campo tan lleno de dolor, prefiero que vosotros mismos lo juzguéis, con un mayor alejamiento en el tiempo. Quizá yo en su piel hubiera sido más duro, o más blando, no lo sé. Afortunadamente, yo no estaba en su piel.



Sí, durante su mandato, pareció que sólo unos pocos tenían ganas, en lo que fueron los rescoldos de uno y otro bando, de seguir atizándose. Que la Paz por fin había llegado a España para quedarse. Pero eso no lo considero un logro de Franco, sino de la simple memoria de los que vieron y vivieron ese horror, que deseaban, con todas las fuerzas, alejarlo de ellos y de sus hijos. De aquellos que defendieron lealmente sus ideas, a uno y a otro lado de la trinchera, y que supieron perdonar con la misma valentía con la que sus hermanos supieron morir. Ése fue el mayor logro de los años, no de Franco, no del franquismo, sino de los españoles. Rojos o nacionales. Comunistas, anarquistas, carlistas, falangistas, socialistas... que quisieron una España mejor por sus hijos y lucharon por imponerla, y después se dieron cuenta del horror de la guerra, y de que eso, justo eso, era lo que menos querían para sus hijos.



Sea como fuere, a favor o en contra, Franco ya es sólo mera historia. Espero que así os llegue a vosotros, y lo estudiéis con la misma pasión, ni más ni menos, que la que pondríais al leer cosas de Espartero, Fernando el Católico, Felipe V, Lincoln o Bolívar. Es sólo historia. Nada más. Y nada menos. Ésa es la idea que os trato de transmitir: que intentéis ser espectadores imparciales, que no os cerréis a ninguna fuente... pero que sepáis valorarla. Y, sobre todo, que no proyectéis el presente sobre el pasado, que es cronocentrismo, ni el pasado sobre el presente, que es nostalgia, salpicada de estupidez.

Os quiere: papá.

Juan V. OLTRA

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