sábado, 28 de enero de 2012

Adiós a un héroe sencillo. Adiós al “león de Possad”.

Resulta difícil, muy difícil, acostumbrarse a pronunciar un adiós y despedirse hasta el cielo, a musitar una oración e invocar un viejo y nostálgico “¡Presente!” mientras inconscientemente, como un susurro, entonamos un “si-la-sol…re-sol-la-si” clandestino, simplemente porque nos sale del corazón y porque muchos seguimos creyendo que es la mejor despedida para aquellos que hicieron de su vida una lección de servicio y sacrificio. ¡Qué difícil resulta decir adiós a uno de nuestros héroes sencillos y olvidados en los pliegues de la historia! ¡Qué duro es saber que poco a poco, aquellos hijos de estirpe hispana a los que hemos admirado, por razón de calendario, nos abandonan para formar el pequeño rosario de cuentas que con sus nombres conformamos cuando acudimos a rezar por ellos cada diez de febrero!
 
 
En silencio, como tantos otros, sin más reseña que la dolorosa llamada del amigo que te dice con voz entrecortada “Chano se ha ido”, se ha marchado un héroe. Se llamaba y, para los que le conocimos, se llama Juan Carreras Barceló, rebautizado por nosotros como “el león de Possad”. Estoy seguro que sus viejos camaradas, entre ellos Vicente Mas, también recientemente fallecido, habrán formado para recibirle en sus filas; a buen seguro que con un ramo de flores y con una sonrisa le esperaba para con paso firme acompañarle en su nueva singladura Amelia, su esposa y compañera, fallecida hace unos meses. Siempre les había visto juntos en los actos en recuerdo de los caídos de la División Azul que cada año se realizan en Alicante. Ella se desvivía por él cuando la vista primero y la memoria después comenzaban a fallarle. Frente al Alzheimer ella era su brazo y su aliento, la que compartía con él su pasión divisionaria, y Chano, valiente hasta el final, fiel a su compromiso, se ha dejado llevar para unirse a ella en esa eternidad para la que Amelia había vuelto a bordar con hilos rojos, en una camisa azul, un yugo y unas flechas . No hubiera podido, fiel a su cita, estar sin ella este año con nosotros. Todos echaremos en falta una presencia que lo era todo. En mi archivo guardo una colección de fotos de los jóvenes que pugnaban por retratarse con el héroe y la sonrisa con la que los atendía.
 
 
Recuerdo con la gracia con la que Chano nos contaba sus aventuras y desventuras en el Alicante republicano tras afiliarse a la Falange. Un adolescente que supo lo que era la violencia política de quienes hacían de la “caza del fascista” un deporte. Se libró de la muerte pero decenas de sus camaradas fueron asesinados en el Alicante rojo dominado por los anarquistas. En 1941, como tantos otros, se alistó en la División Azul. Con gracia solía contar, como si tal cosa, como si no fuera con él, su particular campaña de Rusia. Aquel muchacho -caprichos del destino- acabó filiado en la 2ª Compañía de Antitanques, donde estaban la mayor parte de los falangistas más conocidos (Ridruejo, Aznar, los Vernacci, los García Noblejas, Sotomayor…): “yo estaba un poquito acomplejado entre tanta gente importante. Allí estaba yo codeándome con los jefes”. Una compañía pletórica de falangistas, de hombres que estaban allí por idealismo como el azul sargento Patiño que tenía otros cuatro hermanos en la División Azul. Todavía, hace unos años, Chano recordaba la imponente nevada que les recibió en Novaja-Mjelnitza: “mira que hacía frío”. Con la 2ª de Antitanques cruzó el Voljov para llegar hasta Sitno y Chano hizo alguna peligrosa excursión hasta el poblado de Russa. El avance paralelo al río se paralizó. Los alemanes ordenaron a Muñoz Grandes que con sus hombres acudiera a cubrir las posiciones de Otensky y Possad. Mantenerlas era vital para asegurar las comunicaciones propias e impedir el avance ruso sobre las posiciones alemanas. Allá fue la 2ª de Antitanques y allí, Chano se portó como un héroe. Era imposible frenar a los tanques rusos. Su blindaje hacía que rebotaran los proyectiles y las granadas, pero allí estaba Chano. Contaba su hazaña desde la más absoluta humildad. Descubrió que tirando las granadas con efecto conseguía acertar al tanque y a esos se dedicó Chano. Lo que, tal y como lo contaba, parece muy fácil y nada peligroso, pero… Así ganó la Cruz de Hierro que orgullosamente siempre lucía en el ojal de su chaqueta. Chano era un ejemplo de aquellos muchachos, valientes a la locura, pero ni locos ni desquiciados, que allí entre Otensky y Possad cantaban:
 
 
Los rusos creían, creían
 
 
Que con alemanes se tropezarían.
 
 
Eran españoles los que allí habían…

A su vuelta Chano no quiso la tranquilidad, y ese es el ejemplo que nos brindó a cuantos le conocimos. Siguió fiel a los ideales que le llevaron a Rusia y hasta hace muy poco ha estado al frente de la Hermandad de la División Azul alicantina, porque él quiso ser hasta el final aquel joven jabato que peleaba como nadie en las trincheras del frente ruso. Con estas sentidas líneas quiero despedirle y que, al menos, un puñado de españoles tengan noticia de la muerte de un valiente español.

Francisco Torres

viernes, 13 de enero de 2012

Combate de Edchera


 Fue el 13 de enero de 1958, donde intervino la XIII Bandera y dentro de ella la 2ª Compañía en el ataque frontal y la 3ª en el envolvimiento que hizo por el flanco izquierdo (norte). En el mismo perdieron la vida o fueron heridos en combate varios legionarios de los que habían venido de Larache con la 3ª Cía de la VII Bandera, como es el caso, entre otros, del Tte. Gamborino de esta Compañía. Así nos describe el combate de Edchera el General Mariñas:
"El día 13 de enero de 1958, la XIII Bandera al mando del Comandante Rivas Nadal, salió de El Aaiún a las 7 de la mañana, ahora por la orilla derecha de la Saguia, en dirección a Edchera, con la misión de ejecutar un reconocimiento sobre esta zona y obtener información de contacto. En vanguardia marchaba la 2ª Compañía, al mando del Capitán Jáuregui, con la misión de alcanzar rápidamente el paso de Edchera por el este. La Compañía, mandada por el Teniente Vizcaíno, progresaba por el mismo borde de la Saguia cubriendo el flanco derecho del dispositivo. La 1ª Compañía, del Capitán Girón Mainar, en reserva, vigilaba el flanco este. La 5ª Compañía, de apoyo, mandada por el Capitán Villar, contaba con 1 pelotón de ametralladoras y 1 Sección de morteros de 81, ya que el resto de las armas habían sido asignada a las Compañías de fusiles.

La Bandera progresaba rápidamente por los llanos de Ammat Amasir y tras rebasar el pozo de Bujcheibia y encontrándose a unos 2.000 metros de Edchera, recibió los primeros disparos de un enemigo que ocupando bastante frente estaba perfectamente cubierto de vistas y fuegos aprovechando las trincheras y oquedades en el borde este de la Saguia. En la otra orilla, en la zona del Meseied había otro grupo que intervino con posterioridad. La Compañía de vanguardia avanzó para establecer contacto con el enemigo y fijarlo, por lo que la Sección del Teniente Gamborino marchaba en primer escalón y estaba dotada de vehículos ligeros, se lanzó a toda velocidad sobre el adversario, siendo detenida enseguida por el intenso fuego que recibió a resultas del cual fue muerto su Teniente.

La Bandera inició un movimiento de envolvimiento por el sur que llevó a cabo la 1ª Compañía, mientras la 2ª y 3ª fijaban al adversario. Estas, a pesar de la fortísima resistencia que encontraron, avanzaron hasta alcanzar una línea jalonada por el borde de la Saguia a unos 100 ó 300 m de las posiciones enemigas. No obstante, el Capitán Jáuregui, con la Sección del Teniente Carrillo, logró adelantarse y alcanzar el paso, llegando hasta el fondo de la Saguia en una zona en que su lecho estaba salpicado de numerosos y pequeños montículos, mientras que la otra Sección de la Compañía, mandada por el Teniente Ochoa, intentaba sin éxito el asalto sobre una de las pequeñas alturas al oeste de la entrada del paso.

El Capitán Jáuregui, llevado de un enorme espíritu de acometividad y tratando de impedir el posible repliegue del contrario a través del cauce hacia Tafudart, siguió avanzando con sus legionarios, teniendo que sostener un violentísimo combate a corta distancia con un núcleo que los envolvió al que se añadió otro muy numeroso que descendió del Meseied, muriendo él y todos los hombres que le seguían.

Mientras tanto la 3ª Compañía que, como dijimos anteriormente, marchaba flanqueando por el mismo borde este de la Saguia, al alcanzar un gran espolón que se adentraba sobre su cauce, recibió un fuego muy nutrido del enemigo, resultando muerto el Teniente Gómez Vizcaíno y herido el Teniente Lafuente. A continuación, el adversario intentó desbordar a la Compañía por el norte, por lo que se decidió sacar a la 1ª Compañía de la posición alcanzada al sur de Edchera, dándole la misión de reforzar a la 3ª al mismo tiempo que una de sus Secciones, la del Brigada Fadrique, fue asignada a la Compañía del Capitán Jáuregui. El enemigo, cuyos efectivos se estimaron en unos 500 hombres, rompió el contacto durante la noche debido al enorme quebranto sufrido, retirando el armamento de sus bajas.

En el reconocimiento efectuado al amanecer se evacuaron a nuestros muertos y se encontraron unos 50 cadáveres del adversario estimándose que sufrió otras 200 bajas más. Por nuestra parte hubo que lamentar las muertes del Capitán Jáuregui, Tenientes Gómez Vizcaíno y Martín Gamborino, Brigada Fadrique, Sargentos Simón González, Arroyo y Fernández Valverde, 4 Cabos primeros, 4 Cabos y 22 legionarios, en total 37 muertos. Heridos: 2 Tenientes, 2 Sargentos, 3 Cabos primeros, 6 Cabos y 37 legionarios, en total 50. A estas bajas hay que sumar las de 1 Cabo primero muerto y un Cabo herido de la 2ª Compañía de la IV Bandera que había acudido a reforzar a la XIII. Por esta acción les sería concedida la Cruz Laureada de San Fernando al Brigada Francisco Fadrique Castromonte (un veterano del 3er Tercio) y al legionario Juan Maderal Oleaga".

Por su parte, el Comandante Cruz, que entonces era Sargento y conocía personalmente a muchos de los procedentes del 3er Tercio que combatieron en Edchera, nos aporta la siguiente información de esta acción:

"El 13 de enero de 1.958 fue la 3ª Sección de la 1ª Compañía de la XIII Bandera la que padeció el mayor número de bajas. La mandaba el luego laureado Brigada Fadrique y a ella pertenecía el también laureado en la misma acción Maderal Oleaga. En ese combate murieron, además de los dos citados, mi Cabo 1º instructor Germán Hevia Vallina, el Cabo 1º Jaime, una institución de la VII Bandera, y otros 32 hombres más, amén de otros tantos heridos. Incluso también murió el perro Disciplina, cedido a la 3ª por mi Compañía (la 5ª de máquinas). El Teniente Martín Gamborino, también procedente del 3er Tercio, participó en el combate, al igual que otros muchos, como observador impotente y su muerte se produjo de forma fortuita, un rebote. En el combate de Edchera tomaron parte amigos míos con experiencia en acciones de nuestra Guerra Civil y en la División Azul".

Por último, del libro La última Guerra de Africa del General Casas de la Vega, que ha estudiado con rigor y escrito mucho sobre ésta y otras operaciones en lo que fue el África Occidental española, extraemos la siguiente síntesis:
"La operación era necesaria. La Bandera no llevaba Artillería; su base de fuego era, pues, inconsistente. La reacción de la 2ª Cía ante los primeros disparos fue atacar en una zona donde al final todas las ventajas fueron para la defensa con un enemigo más superior y preparado de lo previsto y muy difícil de descubrir, y, por tanto, de batir. La maniobra de envolvimiento fue finalmente contrarrestada y acabó prácticamente toda la Bandera empeñada en línea.

 
El repliegue ordenado ni se cumplió, probablemente debido a fallos en las transmisiones, ni tampoco podía cumplirse por la precisión del fuego enemigo. Sin embargo, el espíritu de fuego, de combatividad, de sacrificio y de muerte sí que se llevó en toda plenitud. No fue este sacrificio legionario estéril. A partir de Edchera supieron el Gobierno, las Fuerzas Armadas y las unidades allí destacadas contra qué enemigo combatíamos, su calidad y cantidad y, sobre todo, qué medios y qué articulación táctica se precisaba para su aniquilamiento. Dos laureadas individuales, en las personas del Brigada Fadrique y del legionario Maderal, enriquecieron la historia de la Legión. En total se produjeron 107 bajas, 43 muertos y 64 heridos".

martes, 10 de enero de 2012

Un marino decente

Hace tiempo que no tecleo en plan abuelito Cebolleta, contando alguna peripecia histórica. Así que refrescaré una que, en realidad, es epílogo de otra que ya referí hace tres años -Un gudari de Cartagena- sobre el combate del pesquero armado republicano Nabarra con el crucero nacional Canarias durante la Guerra Civil. La acción tuvo lugar cerca del cabo Machichaco; y como señalé en su momento, es mi episodio favorito de la historia naval española del siglo XX. Lo que voy a contarles quizá contribuya a aclarar por qué.

El 5 de marzo de 1937, durante una acción contra un pequeño convoy republicano, las 13.000 toneladas y las cuatro torres dobles del Canarias, capaces de disparar proyectiles de 113 kilos, se enfrentaron a un humilde bacaladero de la Euzkadiko Gudontzidia -ikurriña en la proa y bandera española con franja morada a popa- armado con sólo dos cañones de 101.6 milímetros. El combate fue brutal y sangriento: durante una hora, maniobrando con tenacidad suicida entre una fuerte marejada, el comandante del Nabarra, Enrique Moreno Plaza, un murciano al que la Enciclopedia Auñamendi llama «marino vasco nacido en la Unión» -confirmando, como dice mi amigo el marino y escritor Luis Jar, que los vascos nacen donde les da la gana-, y los cuarenta y ocho hombres de la dotación, lograron arrimarse lo bastante al crucero enemigo para sostener un combate que sus propios adversarios, en el parte oficial, calificarían de «eficaz y admirable». Y al fin, en llamas, sin arriar bandera, el pequeño Nabarra se hundió con treinta hombres a bordo -imposible compararlos con los miserables que hoy se llaman a sí mismos gudaris-, incluido el comandante. Con ellos murió también el cocinero, Pedro Elguezábal, que mientras se iban a pique, animado por una botella de coñac, enseñaba al Canarias un cuchillo desde la borda gritando: «Venid si tenéis huevos, cabrones».

Ésa es la historia que conté hace tres años, aunque en folio y medio no me cabía el epílogo. Uno de esos adversarios que calificaron de eficaz y admirable la hazaña del humilde Nabarra fue el tercer comandante del Canarias, Manuel Calderón. Y ese marino de la escuadra nacional demostró, con su comportamiento tras el combate, una admiración por la valentía del enemigo derrotado, una compasión y una calidad humana que situaron en el mismo plano de grandeza moral, quizá por única vez en la sucia historia de nuestra Guerra Civil, a vencedores y vencidos; sobre todo en lo que se refiere al aspecto naval del conflicto, donde la saña de unos y otros desbordó la infamia, con asesinatos masivos de oficiales en la zona republicana y con una despiadada aplicación de la pena de muerte por parte de los tribunales franquistas a los marinos, mercantes o de guerra, capturados al bando enemigo. Ése fue el caso de los diecinueve supervivientes del Nabarra, que fueron condenados a muerte tras su desembarco y prisión. Y si no se cumplió la sentencia fue gracias a los esfuerzos del comandante del Canarias, capitán de navío Moreno, y sobre todo al tesón de su tercero, el capitán de corbeta Calderón, que removió cielo y tierra para salvar la vida de los vencidos. Calderón llegó al extremo de pedir una entrevista con el general Franco, en la que argumentó: «Esos hombres son unos héroes, y los héroes merecen vivir». Tanto insistió una y otra vez en alabar el valor de aquellos diecinueve marinos, que para quitárselo de encima Franco acabó concediendo el indulto y la liberación inmediata de todos ellos. «Sáquelos de la cárcel -fueron sus palabras exactas-. Y luego invítelos a comer chipirones. Pero pague usted de su bolsillo».

Hubo algo más que chipirones. Porque Manuel Calderón siguió velando el resto de su vida por los supervivientes del Nabarra. Buscó trabajo a unos, recomendó a otros y protegió a todos para que no sufrieran represalias. Al marinero Lahoz le avaló un crédito bancario, al segundo oficial Olaveaga lo ayudó a obtener el título de capitán de la marina mercante, y cuando supo que al telegrafista Cahué le negaban trabajo en Baracaldo por sus antecedentes políticos, se presentó allí de uniforme, convocó al alcalde y al comandante de la Guardia Civil, y dijo que al día siguiente quería ver a Cahué trabajando. Fue Manuel Calderón, en suma, un marino decente y un hombre de honor. Con más gente como él, la suerte de la infeliz España habría sido entonces, y aún ahora, más afortunada de lo que fue y de lo que es. La prueba de que los hombres del Nabarra le profesaron idéntica lealtad y aprecio es que cuando Calderón, soltero y sin hijos, murió en 1979 en una residencia de ancianos, sus antiguos enemigos en el combate de cabo Machichaco lo habían hecho padrino de treinta y dos hijos y nietos.

ARTURO PÉREZ REVERTE

viernes, 6 de enero de 2012

Envío: A los que fueron a la guerra.

(Publicado en el Diario "Córdoba" el 6 de enero de 1959)

 Con el tiempo de Navidad florece la nieve y florecen los recuerdos. Con el tiempo de Navidad uno vuelve a ser niño y en el corazón se agolpan, como un torrente de dulces melancolías, las horas inmensas de nuestra lejana infancia. Y como las horas de mi lejana infancia están encuadradas en los altísimos paisajes que van desde 1936 a 1939, a mi no me queda más remedio que regresar hoy a una época floreciente y hermosa en la que, más allá de los dulces horizontes navideños, las balas cruzaban como gatos perseguidos las agudas esquinas del frente.

Con el tiempo de Navidad, en esta Navidad que se nos va de las manos, los hombres que hoy bordeamos por arriba la treintena, recordamos cosas tremendas. Yo, por ejemplo, en la Epifanía que llega, recuerdo al Benavides. Habrá quien, sin duda, recordará cualquier empingorotado cotillón que por Reyes dio el último descendiente de Prim o el quinto Marqués de la Ensaimada. A mí me parece justo que así sea. Cada cual que recuerde lo suyo. Yo, por eso, recuerdo al Benavides.

El Benavides no era ni senador, ni banquero, ni diputado. El Benavides no era ni siquiera dueño de una cafetería. El Benavides era un legionario gallego que antes de morir fue muchas cosas en su vida. Fue estudiante de cura, cazador furtivo, poeta, novillero, escultor y hasta me parece que, por tres o cuatro veces, polizón de varios barcos que hacían las Américas. El Benavides tenía cara de pirata y corazón de arcángel. Tenía, también, un dulce aire de doncel antiguo, un generoso aire soñador que encandilaba el corazón de las mujeres. Al tío se le quedaban muertas nada más mirarlas. La que resistía la prueba quedaba ya sin genio de por vida. Vamos, perita en dulce para los restos. El Benavides además de enamorar a las mujeres a salto de mata, era un fabuloso jugador de mus que salvó, en más de una ocasión, de la muerte por aburrimiento, a sus más íntimos camaradas de chabola. El Benavides era un fenómeno, uno de esos tremendos ejemplares humanos que lo mismo se ganan la Laureada que el paredón de fusilamiento. Tremendo en la vida y tremendo en la muerte. Maravilloso contando un chiste; si era verde, mejor; maravilloso inventándose la mejor trampa a la garrafiña; maravilloso logrando quebrantar la fama de todas las venteras del camino -¡y había muchas!-. El Benavides era maravilloso apuntándose para él todos los cuartos de guardia de su escuadra, era maravilloso jugándose el tipo para rescatar de las alambradas enemigas el cuerpo herido de un camarada; maravilloso haciendo un poema al primer lucero de la tarde... El Benavides era un tipo casi inmortal. Un cruzado de la héjira del 36. Que ya es decir... De haber vivido hoy no sé qué hubiera sido el Benavides. Acaso se hubiera graduado de legionario perpetuo o, tal vez, de marino mercante con olor a brea y a juramentos y a sal antigua saboreada con unción en los más novísimos puertos de la esperanza. Porque, desde luego, lo que no hubiera sido jamás el Benavides es senador, dueño de cafetería o portero de un ministerio. El Benavides estaba apuntado para ángel desde el día que nació y su destino era volar. Voló a la eternidad el 6 de enero de 1938. Sobre la dura nieve de Teruel le pegaron un tiro en el corazón, que le hizo pasar de un salto a la difícil lista de los Elegidos. Palmó como un cruzado de rompe y rasga, como un bendito franciscano: Montando un Nacimiento en su pozo de tirador. Porque el Benavides también sabía hacer el amor a Dios. Faltaría más. Más allá de su tremenda pasión por las venteras del camino, nacía de sus ojos un lejano eco místico, entrañable, abrumador. El Benavides amaba a Dios y a toda su corte celestial con un ingenuo aire de monaguillo. Si ajustaba, de vez en cuando, las cuentas a las venteras que salían a los caminos a dar pan y vino a los cruzados, lo hacía más bien por un exceso de humanidad, de temple vigoroso, por regalar algo de aquel hermoso aire de conquista que soplaba nuestras banderas. El pecado en Benavides se humanizaba hasta las más hondas raíces. Era capaz de rezar a las ánimas al tiempo que le regateaba la mujer al ventero. Eran un pozo de hermosura las entrañas del Benavides. Palabra. Era él, como si dijéramos, un ángel un poco "offside". Se salía fuera de juego en cuanto se le olvidaba que el corazón también necesita bridas. Pero poseía, sobre todo, el maravilloso don de la ingenuidad. Esto le salvó. El buen Dios lo citó con la eternidad en su propio pozo de tirador. Se había empeñado el Benavides en hacer un Nacimiento a cincuenta metros del enemigo. Con la nieve que bordeaba el pozo modelaba tiernamente las figuras del Belén. Durante su cuarto de guardia dio vida a San José y al asno. Con los cuartos restantes, que le regalaron amorosamente sus camaradas de escuadra, de sus manos nacieron la Virgen y luego la vaca, y después un pesebre de la corteza de un abedul cercano. El Niño, fue el último en salir de las manos de aquel celta bravío que se llamó Benavides. Terminándolo estaba ya, cuando una ráfaga enemiga cruzó la tarde de la Epifanía. La nieve salpicó con furia el pozo de tirador. La segunda ráfaga sorprendió el corazón de Benavides colocando a Jesús en el pesebre. Una angustia infinita quebrantó las entrañas del legionario, mientras depositaba dulcemente en su cuna al Niño de Nieve...

Cuando sus camaradas llegaron, el corazón de Benavides chorreaba sangre, chorreaba gloria bendita en aquella tremenda tarde de Reyes...

  * * *

  Luego, pasó el tiempo. Un millón de Benavides se fueron camino de los celestes espacios y las gentes de mi raza, ya en paz, volvieron a organizar cotillones en la Epifanía del Señor. Y yo, que soy algo como hermano del Benavides, me acuerdo de él, me acuerdo de los que fueron a la guerra, me acuerdo del rito del aceite y la sal que mantenía la luz amorosa de las chabolas, me acuerdo del garbo airoso de las madrinas de guerra, me acuerdo de los aguinaldos bulliciosos, me acuerdo de un cruzado con cara de pirata y corazón del arcángel que ni fue senador, ni fue diputado, ni siquiera dueño de una cafetería. Me acuerdo del Benavides. Y esto, para que su memoria nos dignifique. Y nos haga continuar en pie según el viejo rito de los caminantes. Porque recordarle es tanto como no olvidar la muerte de los mil cruzados que trajeron con su esfuerzo la paz de mi gran Patria, donde los españoles de esta hora harán el honor al último cotillón de Reyes sin excesivas preocupaciones.
Recuerdo al Benavides por ley de honor, por ley de sangre, por la imponderable razón de que con él llegó la Navidad de España.