lunes, 8 de septiembre de 2014

Cuando los padres son «moralmente» educados por sus hijos

Si se acepta que la «posmodernidad» se inicia en los años sesenta del siglo pasado, señalamos como aconteceres fundantes de la realidad actual: el pensamiento del Mayo Francés (1968), la dictadura del relativismo, la imposición «dogmática» de la democracia liberal y el pensamiento débil (descompromiso). La conjunción de todo ello, en occidente sobre todo, unido, en el caso de la catolicidad, al triunfo de la apostasía silenciosa (o sea el modernismo teológico en el seno de la Iglesia), ha dado como sorprendente resultado, a nivel sociológico y ético, una impresionante inversión de valores en el ámbito educativo: ¡las generaciones se han dado la vuelta!....o sea, son los hijos los que han educado a los padres, y no al contrario. Y me explico:
 
La generación de los nacidos a partir de los años 60 se ha visto imbuida de la nueva ideología individualista, amoral, meramente humanista y sobre todo relativista. Cuando los «niños nacidos en los 60» han crecido, en su inmensa mayoría han despreciado los valores morales en los que sus padres los formaron, y ello desde una cierta justificación basada en el cambio de los tiempos que exige, al menos, una variación de las formas en que se expresen esos valores. Pero la realidad es que el mismo FONDO MORAL (no solo las formas) se vino abajo por completo y, ante la rebeldía de los «receptores» de la educación, sobrevino la «capitulación» de los portadores de la misma. Y, ¿qué sucedió después?, pues, que en una sensible mayoría, los «valores» imperantes de la ideología posmoderna (asumidos perfectamente por los jóvenes ya que los mismos «liberaban» de toda responsabilidad moral) fueron «recibidos» ahora por los mayores ante la imposibilidad de llevar adelante la educación moral (y religiosa) de los más jóvenes. ¿Es eso un juego de palabras?: en absoluto. Vamos a verlo con un ejemplo muy típico:
 
Los padres, en los años 70, educaban a sus hijos en la necesidad del respeto moral que llevaba consigo no vivir juntos(siendo novios) antes de casarse. Los hijos se rebelaron contra esta «idea superada por los tiempos». Si en un primer momento los padres hacen frente a esta rebeldía, pronto....muy pronto, cederán y se rendirán....y lo aceptarán. Pero ahora bien el segundo paso: el efecto de la capitulación anterior supondrá asumir la nueva tendencia en introducirla en la misma vida del matrimonio a través de la separación y divorcio que ya se viven como «opción normal». Y, desde ahí, el tercer paso «vergonzante» que incluye el pesar por la formación recibida y el elogio de las nuevas generaciones por el camino liberal que han tomado. Y todo este proceso...en España...en apenas 15 o 20 años (coincidiendo sobre todo con la transición política). Hay una frase que en los años 90 se hizo muy popular en España, cuando padres ya entrados en años decían: «si yo hubiera tenido la libertad que tiene hoy mi hijo.....»; y otra expresión más elaborada muy típica de muchas madres, también entradas en años y de esa década, que ante cualquier género de recuerdo de la doctrina moral de la Iglesia, reaccionaban con inusitada agresividad contra la misma asegurando que lo que importa de los hijos es que sean buenas personas humanamente hablando y todo lo demás es secundario; sinceramente: ¿a que les suena mucho?.....
 
La abdicación de muchos padres, en su tarea de formación moral, frente a sus hijos nacidos a partir de la década de los 60, es un botón de muestra sensible de la decadencia de la civilización cristiana. Si cae la familia en su ordenación educativa (de padres a hijos), cae no sólo la moral de los hijos sino también la de los padres. Y fruto de todo lo anterior, si miramos ahora a la moral de los «nietos» (o sea la siguiente generación: jóvenes de HOY), ya no observamos meramente una moral desaparecida sino una amoralidad construida desde la frivolidad y la indiferencia cuyos efectos a medio plazo, creo yo, aún no nos los podemos ni imaginar pero que supondrán, si Dios no lo remedia por medio de alguna intervención extraordinaria, en el final (al menos en occidente) de la familia como tal y, como consecuencia, de la práctica desaparición de la misma Iglesia o bien reducción de la misma a una minoría de personas muy comprometidas frente al desierto general.
 
P. Santiago González, sacerdote