miércoles, 16 de abril de 2008

Sociedad atea


Esperando a que la psicóloga de la escuela infantil donde intentan desasnar a mi hijo pequeño me enumerara las visitas que tendría que hacer para visitarlo dentro de unos años a Alcalá-Meco, de seguir por ese camino mi pequeño almogávar, ese vándalo en potencia que llamamos Luis, aburrido y acostumbrado a devorar todo aquello que lleve letras impresas, me detuve ante un folio pegado en la pared.
El papel traía un encabezamiento que decía “Alergias y otras enfermedades”, lo que me alertó lo suficiente como para buscar a mi gamberrillo en ella, más allá del interés en verificar que sus innumerables alergias estaban incorporadas, por la duda que se me desató sobre si el liarse a patadas con los niños y emprenderla a golpes con los objetos más inusuales estaba clasificado como enfermedad por las autoridades sanitarias competentes.
Y ¡oh, sorpresa!, me topé con una línea en la que, junto a un nombre decididamente con pocos ecos autóctonos, aparecía la leyenda “no come carne de cerdo”.
La curiosidad me hizo darle vueltas al asunto. Descarté la posibilidad de que fuera una alergia, pues esta palabra no aparecía, cuando si figuraba en todos los casos en que un alimento estaba vedado. Eso, y el nombre que parecía sacado de las mil y una noches, me hizo concluir, quizá equivocadamente, que respondía a una imposibilidad de carácter religioso.
Una circunstancia tremenda dado el contexto: el centro posee un ideario católico del que presume y hace gala, que, al menos se supone, nos impulsa a los padres a matricular a los niños allí y no en lugares más económicos. ¿Se podrá profesar dos religiones a la vez?. Yo sin enterarme, y mira que eso de la poligamia siempre me había llamado la atención.
Pero el impacto duró poco. Tardé segundos en asociarlo a algunas charlas con padres y madres, decididamente ateos o, con una variante más suave, agnósticos, que soportan las visitas a la Virgen y otros actos similares con estoicismo en busca de una mejor atención educativa que no encuentran en escuelas más laicas y progres. Es más: no debía ser nada chocante para un centro que guarda su catolicismo en una cesta durante los meses de noviembre para olvidar a los fieles difuntos y festejar ese carnaval extemporáneo que resulta ser el Halloween importado del país de la Coca Cola.
Coincide (y si tenemos en cuenta que no creo en el azar, esta coincidencia si es dolorosa) en el tiempo con los preparativos para la Primera Comunión de mi hijo mayor. Comunión que recibirá en el colegio, de la mano de sus sacerdotes, y formado con un grupo de catequistas dirigidos teológicamente desde el centro. El sacerdote que les dirige nos pidió a los padres que hiciéramos catequesis diaria y uno, que ingenuamente quizá, cree en el ideario católico del colegio, intenta hacerlo con las pocas artes con las que para ello está dotado. Entre otras cosas, le expliqué que la Sagrada Forma, por razones de reverencia y devoción, debía ser recibida en la boca. Ojiplático me quedé cuando mi hijo me replicó que no, que la catequista le había dicho que debía recibirla con la mano.
Y ojo, esto no es una carga de profundidad contra los centros religiosos, que bastante soportan ya del laicismo rampante. Al menos mi colegio, hasta donde yo se, no emplea libros de un grupo editorial que se permite cocinar a un Cristo y quedarse más ancho que Pancho. Es una carga contra esto que estamos creando entre todos, en boca del checo Vaclav Havel, “la primera civilización atea en la historia de la humanidad”.
Ningún tribunal ni gobierno ha ordenado a sacerdote alguno a rescribir sus oraciones, e incluso la Biblia, para adaptarse al nuevo catecismo secular. Lo han hecho ellos por la más humana de las razones: muchos curas jóvenes han dejado de creer en la infalibilidad de las verdades que les habían enseñado y no querían quedarse solos con ellas, así que intentaron conciliar el catecismo con la “kultura” (con k). Con ello solo hicieron el ridículo y cumplieron la última voluntad de Voltaire, quien en su lecho de muerte dijo “No he rogado más que una cosa a Dios. ¡Oh Señor, haz que mis enemigos hagan el ridículo”. Ahondan en el mal, en lugar de sanarlo.
Hay momentos en que uno echa de menos a los corsarios de Cristo, a esos guerrilleros de la caridad cristiana que llevaban hábito negro y sobre él una cruz blanca y luminosa. Aunque no sean políticamente correctos, vaya.


Juan V. Oltra

1 comentario:

Javier Ayanotna dijo...

La tradicional capacidad de la cúpula eclesiástica para templar gaitas y quedar bien con el poder de turno, hace que muchas veces, los peores enemigos de la civilización cristiana , vistan sotana. Con desaliento, ya que no con sorpresa, me entero de que cierta asociación de padres católicos está a favor del lavado de cerebro que supone la asignatura de Educación para la ciudadanía. "Si la sal se vuelve sosa..."
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