jueves, 15 de mayo de 2008

A Juan Manuel Piñuel



Una vez más, un amargo despertar. He notado el mordisco de una boca invisible en la nuca, las propias uñas clavadas en la palma de la mano a fuerza de apretar los puños crispados. Dolor y furia, aunados y desatados al tiempo, como un Padre Nuestro disparado detrás de un fuerte puñetazo en la mesa.


ETA, ese grupo salvaje, esos escombros de la sociedad, jaleados por unos cuantos estúpidos desaseados, tolerados por una clase política que no sabe, o lo que sería peor y por eso no quiero creer, no quiere plantarle cara. ETA, ese grupo abominable que meneando el árbol de las nueces da réditos políticos a unos cuantos miserables que, misterios de la democracia, no son ajusticiados en plaza pública por una muchedumbre airada. ETA, ha vuelto a matar. No debería ser noticia, y no lo es. Es, simplemente, una vergüenza.


No tuve el honor de conocer a Juan Manuel Piñuel, pero si me cabe el goce de poder llamar amigos a otros compañeros de su benemérito cuerpo, y llevo como una medalla el hecho de contar en mi familia con unos cuantos caballeros de verde, desde hace casi un siglo.


No conozco a su esposa, ni he jugado con su hijo, aunque tengo amigas, mujeres de guardias civiles, con un valor y unos principios que no llegan ni a rozar la mayor parte de nuestra clase política, y tengo muy claro como vive un niño en una casa cuartel.


No podré ir a su entierro, aunque he tenido desgraciadamente el amargo honor de acudir a algún otro, y tener que tragarme las emociones que me provocaban ver a una mujer rota en un mar de lágrimas, y a unos hijos que tenían que soportar que un grupo de miserables les insultaran y les corearan, sin comerlo ni beberlo, aquella rima maléfica de la transición: “vosotros, fascistas, sois los terroristas”


No, Juan Manuel. Ni te conocí a ti, ni a tu esposa, ni mis hijos han jugado con el tuyo en el patio de la casa cuartel. Pero tu muerte me ha rozado el alma, me ha golpeado el corazón. Hoy no he salido del despacho, pero he estado en Legutiano, en la Málaga donde vivías y en la Melilla españolísima donde naciste. Y por supuesto, en Valencia, donde cumpliste con el Todo por la Patria del que hoy has pagado el último plazo. Me has acompañado en el trabajo, en mis clases, hasta en el más recóndito de mis pensamientos.


Se que me disculparás que no guardase los cinco minutos de silencio que por ti pedían las instituciones. Como decía el maestro Rafael García Serrano, los minutos de silencio son los Padrenuestros de los cobardes. Y hoy, hoy he rezado mucho.


Se que desear que tu muerte sea la última que estos perversos imbéciles provocan, es pedir un imposible. Pero si deseo que nuestra clase política se conmueva solo un poco, lo suficiente como para dejar de emplear palabras vanas, de condenar por enésima vez lo ya condenado, y actúe. Eso, y que tu mujer tenga fuerzas un día para contarle a tu hijo como moriste por España. Él crecerá a la sombra de un gigante: la tuya.


Honor y Gloria a la Guardia Civil.


Escrita por mi amigo y camarada.-

2 comentarios:

Alvaro Romero Ferreiro dijo...

Emocionante.Enhorabuena

Javier Ayanotna dijo...

Y sigue la indiferencia. Mientras la bestia separatista sigue segando vidas de inocentes, la opinión pública sigue distraída con el chiquilicuatre de turno, con los bailes africanos de la vicepresidenta o con los detalles morbosos del último pederasta vienés. Y no pasa nada.