jueves, 20 de noviembre de 2008

HOY, LA ORACIÓN. (por Rafael C. Estremera)


Hoy, que es un día como cualquier otro, pero es un día diferente a cualquier otro. Hoy, que es un día de duelo y un día de alegría. Hoy.
Que para las personas decentes no hay que explicar más, y para la mugre sociópata ninguna explicación sirve porque -Longanessi lo dijo- no tienen ideas, sino antipatías.
Iba a escribir llamando a la unidad como casi siempre y -lógico- con el mismo resultado de siempre. Iba a evocar a las dos figuras más grandes de los últimos cuatro siglos de la Historia de España, extrañamente unidos en la fecha de la muerte.
Iba a explicar a los necios que esa refundación del capitalismo de que hablan no puede tener más camino que el nacionalsindicalista, y la llamada socialdemocracia de los chavinos, zapatiesteros y evolitas no tiene más futuro que la conversión en polvo, como el fenecido muro de Berlín que se cayó a patadas, ni siquiera hizo falta maquinaria pesada. Polvo de rencor, de inferioridad, de zafiedad y de odio pequeñito, como de niño malcriado y llorón.
Pero no voy a hacer nada de eso. No lo voy a hacer, porque este año lo que me pide la dignidad es maldecir, y este no es día de maldiciones.
Hoy es día de oraciones, y mañana lo será para lo que haga falta. Hoy es día para rezar por nuestros Caídos, en desagravio por los marranos que pretenden ensuciar su memoria. Mañana será día para pensar en la limpieza que hace falta, en comenzar la reconquista, en -Dios me perdone, si hay de qué- odiar al enemigo, aunque en la más bella oración jamás escrita se nos enseñe que no hay que hacerlo.
El odio, la ira, la venganza, mañana. Hoy, la oración:


ORACIÓN POR LOS CAÍDOS.
Señor:
Acoge con piedad en Tu seno a los que mueren por España, y consérvanos siempre el santo orgullo de que solamente en nuestras filas se muera por España, y de que solamente a nosotros honre el enemigo con sus mejores armas.


Víctimas del odio, los nuestros no cayeron por odio, sino por amor; y el último secreto de sus corazones, era la alegría con que fueron a dar sus vidas por la Patria. Ni ellos ni nosotros hemos conseguido jamás entristecernos de rencor, ni odiar al enemigo.


Y Tú sabes, Señor, que todos estos caídos mueren para libertar con su sacrificio generoso a los mismos que les asesinaron; para cimentar con su sangre fértil, las primeras piedras en la reedificación de una Patria libre, fuerte y entera. Ante los cadáveres de nuestros hermanos, a quienes la muerte ha cerrado los ojos antes de ver la luz de la victoria, aparta, Señor, de nuestros oídos, las voces sempiternas de los fariseos, a quienes el misterio de toda redención ciega y entenebrece, y hoy vienen a pedir con vergonzosa indulgencia delitos contra los delitos, y asesinatos por la espalda a los que nos pusimos a combatir de frente.
Tú no nos elegiste para que fuéramos delincuentes contra los delincuentes, sino soldados ejemplares, custodios de valores augustos, números ordenados de una guardia, puesta a servir con honor y con valentía la suprema defensa de una Patria.


Esta ley moral es nuestra fuerza. Con ella venceremos dos veces al enemigo, porque acabaremos por destruir, no sólo su potencia, sino su odio.


A la victoria que no sea clara, caballeresca y generosa, preferimos la derrota. Porque es necesario que mientras cada golpe del enemigo sea horrendo y cobarde, cada acción nuestra sea la afirmación de un valor y de una moral superior.


Aparta, así, Señor, de nosotros, todo lo que otros quisieran que hiciésemos, y lo que se ha solido hacer en nombre de vencedor impotente de clase, de partido o de secta. Y danos heroísmo para cumplir lo que se ha hecho siempre en nombre de una Patria, en nombre de un Estado futuro, en nombre de una Cristiandad civilizada y civilizadora.


Sólo Tú sabes, con palabra de profecía, para qué deben estar aguzadas las flechas y tendidos los arcos.


Danos ante los hermanos muertos por la Patria, perseverancia en este amor, perseverancia en este valor, perseverancia en este menosprecio hacia las voces farisaicas y oscuras, peores que voces de mujeres necias. Haz que la sangre de los nuestros, Señor, sea el brote primero de la redención de esta España en la unidad nacional de sus tierras, en la unidad social de sus clases, en la unidad espiritual en el hombre, y entre los hombres.


Y haz también que la victoria final sea en nosotros una entera estrofa española del canto universal de Tu Gloria.


Rafael Sánchez Mazas
(Oración por los muertos de la Falange)

1 comentario:

Javier Ayanotna dijo...

Hermoso artículo, camarada. La escoria materialista de uno y otro signo nunca podrá tener una ética y una estética como la nuestra. Nunca podrán vencernos porque nuestra fuerza no reside en lo material, sino en la superioridad espiritual.